Presidente electo

Las cosas por su nombre: el nuevo presidente de Colombia es el señor Abelardo de la Espriella. ¡Ganó por muy poquito! ¡El preconteo no es oficial! ¡Es ficha de Trump! ¡No sabe de gestión pública! ¡Prometió cosas irrealizables! Es el próximo presidente. Así son nuestras reglas de juego y así se define la presidencia en Colombia. Obtuvo la mayor votación en primera y en segunda vuelta. Intentaron torpedear su campaña, pero salió avante. Llevó su discurso hasta el cajón de ropa y propuso un elemento común: la camiseta de la selección. No se lo esperaban y cuando los demás espabilaron, el tigre ya había roto la cerca. También rompió la derecha por dentro.

Los militantes de corazón grande se fueron firmes por la patria y dejaron a la paloma sin tanque de oxígeno, sin libreto, con el ripio de los votos, sin opciones y acorralada por sus propias copartidarias. Con el lastre de Oviedo, que defraudó a sus electores al meter la cabeza en el cerco homofóbico de la derecha. El uribismo no está acabado. Lo que debemos entender es que no le importan los partidos. Le importa el poder. Se despojó de la U sin pudor. Y ahora lo hizo del centro democrático. Se hizo del lado del tigre, porque vio que hay lideresas locales, pero no electores para poner presidenta.

Con la jornada electoral no solo se definía al próximo presidente, sino que terminaba de completarse el próximo Congreso. En desarrollo del estatuto de oposición, se concede la posibilidad de que la fórmula que pierde las elecciones asuma una curul en el Senado y una curul en la Cámara de representantes. Justo con la intención de asegurar contrapeso, tensión y pulso político desde el legislativo en contra de la fórmula presidencial victoriosa. El preconteo no es oficial, pero hay una voz que ya se pronunció y debe respetarse. Es necesario, justo y decente aceptar el mandato de los sufragantes. La democracia y la institucionalidad no deben defenderse solo cuando se gana. En el resultado adverso se requiere valentía y carácter para reconocer al otro y aceptar que ha vencido, aunque el margen de diferencia sea mínimo.

Así que no hay que maquillar la realidad. 21 de junio de 2026, la mayoría de quienes fueron a las urnas inclinaron la balanza. El innecesario voto en blanco ni merece ser analizado. Debe eliminarse esa casilla y dejar las dos que verdaderamente cuentan. En este lugar de definición, ni los símbolos ni los tibios tienen cabida.

Ahora viene lo importante: transitar del tigre candidato al solio presidencial. El candidato del bullerengue, el bochinche, las amenazas, la provocación debe ser consciente que tiene en sus manos la oportunidad de hacer un gobierno diferente. Tiene dos caminos a seguir, el de ultra y el de outsider. Ultra es gobernar con calculadora y proponerse, innecesariamente, repetir las idioteces de la motosierra argentina o construir mega-cárceles para semejar al presidente más cool de toda América. Outsider es transformar instituciones, trasladar el poder a la periferia, desvertebrar a las mafias que cooptaron la salud, no abusar del estado de excepción empoderar a las mujeres y gobernar con ellas [Solo este punto merece una columna aparte. Un outsider tiene la oportunidad de dar un lugar a mujeres valientes, cualificadas, honestas y rigurosas en el gabinete, en la escuela de gobierno para elecciones territoriales, en el banco de la República, en las altas Cortes, en la fuerza pública y en los órganos de control].

Al amanecer de este día de júbilo, el presidente electo debe entender que no gobierna solo para una facción. No necesitamos un mesías, sino un agente público capaz de generar consensos, respetar las instituciones, educar en el cuidado de lo público y ofrecer oportunidades reales para depender menos del Estado. Tareas estas, que no esperamos del tigre, sino de Abelardo, el nuevo presidente de Colombia.

John Fernando Restrepo Tamayo

Abogado y politólogo. Magíster en filosofía y Doctor en derecho.
Profesor de derecho constitucional en la Universidad del Valle.

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