
La historia de las necesidades comerciales del ser humano surge de la búsqueda de la supervivencia. Desde sus orígenes, las personas intercambiaron bienes y servicios para satisfacer sus necesidades. La primera etapa de esta evolución fue el trueque, un sistema de intercambio directo de productos sin utilizar dinero, que se desarrolló durante el período neolítico.
Posteriormente, en la Edad Media, la expansión territorial y el crecimiento de los mercados impulsaron el desarrollo del comercio. Más adelante, los descubrimientos geográficos y la Revolución Industrial transformaron profundamente la actividad comercial mediante la producción en serie, el aumento de la productividad y la ampliación de los mercados.
En la actualidad, el comercio continúa evolucionando gracias a la globalización, el avance de la informática, los sistemas de información y la digitalización de los procesos. Estas transformaciones han permitido una mayor conectividad, eficiencia y alcance de las actividades comerciales a nivel mundial.
La tarjeta de crédito tuvo su origen en 1949, a partir de un incidente protagonizado por Frank McNamara en un restaurante de Nueva York llamado Major’s Cabin Grill, había invitado a un empresario para celebrar el cierre de un importante negocio. En el transcurso de celebración pidieron comidas y bebidas. Al momento de pagar la cuenta, McNamara se dio cuenta de que no llevaba suficiente dinero en efectivo para pagar la cuenta, el empresario invitado le alcanzo a expresar que si le pasaba algo.
Para evitar esta situación tan incomoda McNamara salió del restaurante y llamó a su esposa para que le llevara el dinero que le faltaba. En aquella época no existían los pagos digitales, las transferencias electrónicas ni era habitual utilizar cheques para pagar en restaurantes, por lo que las opciones eran muy limitadas.
La experiencia resultó tan frustrante para McNamara que esa misma noche comenzó a pensar en una solución que permitiera realizar compras sin necesidad de disponer de efectivo en el momento del pago.
Al día siguiente, le comentó lo sucedido a su abogado, Ralph Schneider. Este le sugirió que, si existiera una forma de realizar pagos sin necesidad de utilizar efectivo o cheques, podría tratarse de una gran oportunidad de negocio. Convencidos de que estaban ante una idea con gran potencial, solicitaron un préstamo de 30.000 dólares y se lanzaron a desarrollarla. Su propuesta consistía en que una entidad externa autorizara el pago al establecimiento y, posteriormente, cobrara al cliente el importe de la compra más una comisión del 7 %.
Por esta situación crean la empresa Diners Club (el club de los que van a cenar) El cliente se afiliaba, por lo que técnicamente no era una tarjeta de crédito. Se trataba de un sistema de pago diferido con vencimiento mensual. Durante su primer año se emitieron solo 200 tarjetas, destinadas principalmente a amigos y conocidos de los socios fundadores.
La idea creció rápidamente. Para 1951 ya existían más de 20.000 miembros, y otros negocios comenzaron a aceptar la tarjeta, entre ellos hoteles, floristerías y tiendas. En menos de una década, el modelo se había expandido a Canadá, Europa y América Latina.
Más tarde aparecieron los competidores bancarios con sistemas de pago rotativo, como American Express, que permitían financiar saldos y no exigían el pago total cada mes. Este concepto dio origen a la primera tarjeta de crédito moderna,
Actualmente, las tarjetas de crédito y otros medios de pago electrónicos procesan alrededor de 2.170 millones de transacciones diarias, lo que representa un volumen anual cercano a los 6 billones de dólares. Increíble lo que comenzó como una solución a un problema personal de una necesidad, que terminó transformando para siempre la manera en que compramos, viajamos y vivimos.
“Si quieres conocer el valor del dinero, trata de pedirlo prestado” Benjamín Franklin













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