¿Por qué la mayoría de las personas no roba?

Cada día, millones de personas alrededor del mundo ingresan a distintas tiendas con la posibilidad física de llevarse algo sin pagar. La inmensa mayoría no lo hace. No hay un policía junto a cada estante ni otro que acompañe, simultáneamente, los movimientos de todos los compradores. En muchos de estos establecimientos ni siquiera hay cámaras que registren todas las secuencias. Y, aun así, el robo es la excepción y no la regla.

La respuesta parece sencilla: la gente no roba porque teme al castigo estatal. Si bien esa explicación contiene una parte de la verdad, resulta insuficiente cuando comprendemos la imposibilidad del Estado de punir cada conducta delictiva, lo cual nos conduce a una comprensión más profunda —y más incómoda para los férreos defensores del Estado— sobre el origen real del orden social.

La disuasión y los límites aritméticos

Empecemos por lo obvio: ningún Estado, por más recursos que destine a sus fuerzas represoras, tribunales y cárceles, ni siquiera en sus versiones más totalitarias, tiene capacidad material para vigilar, detectar y sancionar más que una fracción reducida del total de transgresiones posibles. Las tasas de esclarecimiento de delitos contra la propiedad son bajas en la mayoría de los países y, para muchos delitos menores, la probabilidad efectiva de ser descubierto y sancionado es cercana a cero.

Si aplicamos un cálculo utilitario racional de la delincuenciael costo esperado del castigo, multiplicado por la probabilidad de ser descubierto y sancionado, frente al beneficio patrimonial del hurto— bajo un único criterio, deberíamos vivir en un caos permanente de pequeños robos, ya que el balance tendería a favorecer casi siempre al infractor. Pese a ello, no vivimos en ese caos. Por tanto, debe existir algo más allá de la coerción estatal como núcleo del comportamiento honesto.

Si la disuasión penal fuese la variable determinante, el orden debería colapsar en cualquier barrio donde la presencia policial es escasa. Y sin embargo, aunque cueste admitirlo, la mayoría de los vecinos de estas zonas siguen sin robarse entre sí. Continúan fiando en sus almacenes, cuidando de los hijos ajenos en la vereda mientras juegan y alertando a los foráneos sobre posibles peligros cuando se percatan de que no forman parte de esa zona.

El orden espontáneo y la cooperación sin mandato

Si el miedo al castigo estatal no es el núcleo del comportamiento honesto, ¿qué otras variables pueden entrar en escena? Aquí conviene rescatar la tesis central formulada por Friedrich Hayek sobre el origen de las instituciones: el orden espontáneo.

Día a día, millones de individuos interactúan persiguiendo sus propios fines y objetivos, coordinados no por un plan central, sino por una serie de reglas generales de conducta que la humanidad ha forjado a lo largo de su historia —derechos de propiedad, cumplimiento de promesas y reciprocidad—. Ninguna autoridad central las inventó ni puede sostenerlas por sí sola. La honestidad cotidiana no surge de una política pública; es una norma tácita de comportamiento desarrollada espontáneamente.

Esta conclusión no pretende romantizar la bondad humana ni responder a la cuestión filosófica acerca de la naturaleza moral del hombre. Por el contrario, constituye una observación realista sobre el interés propio bien entendido, en línea con lo señalado inicialmente por Adam Smith y, posteriormente, por Tocqueville en sus estudios en torno a la sociedad civil norteamericana. Los individuos cooperan y respetan la propiedad ajena no porque hayan renunciado a su interés, sino porque han comprendido, de manera prácticamente instintiva, que la cooperación sirve mejor a su interés de largo plazo que la depredación.

La estrategia perdedora del delito dentro de la teoría de juegos

La teoría de juegos nos ofrece una herramienta esencial para analizar la tendencia de los individuos a abstenerse de delinquir. Si asumimos que las acciones de los jugadores —cada uno de nosotros— responden a estrategias orientadas a obtener beneficios, la vida en sociedad consiste en un juego repetido: mañana volveré a comprar al mismo almacén que frecuento hoy; coincidiré con mi vecino varias veces durante la semana; veré a mi empleador o a mis empleados todos los días laborales. Robar a cualquiera de ellos hoy destruye el capital de confianza que hace posible cooperar mañana.

El delincuente ocasional puede ganar una vez. El tramposo sistemático queda excluido de la red de intercambios voluntarios de la que depende su sustento.

La reputación —no la ley formal— es el mecanismo de sanción más constante, inmediato y práctico. Genera en el largo plazo un perjuicio mucho mayor que un tribunal lejano.

En los barrios carenciados, esto es aún más evidente. “Esa familia es de confianza”, “ese electricista hace un trabajo excelente” y “ese hombre es honesto” son afirmaciones que representan el único capital de numerosas personas. Se trata de un activo escaso y valioso que abre oportunidades tanto de trabajo como de crédito informal.

En este escenario, apostar por la delincuencia termina siendo, para la mayoría, una estrategia perdedora dentro del juego cotidiano.

La virtud como interés racional

En cierta medida, la tradición objetivista puede añadir dimensiones más profundas a principios económicos básicos; por ejemplo, el de la paz generada por el comercio. Para Rand, la virtud no es sacrificio ni obediencia a una autoridad externa: es una práctica racional de vivir de acuerdo con la naturaleza humana como ser pensante que sobrevive mediante la producción y no mediante el saqueo.

El hombre honesto no lo es a pesar de su interés: lo es por haber comprendido que se encuentra alineado con conductas éticas —producir, comerciar e intercambiar valores y propiedades—. Robar se convierte en una confesión de la incapacidad de subsistir por los propios medios, lo que conlleva una degradación del respeto por uno mismo.

Rand no fue la primera en plantear esta idea. Aristóteles también afirmó que la virtud no se practica necesariamente por temor a la ley o a las represalias, sino porque el hombre virtuoso alcanza su florecimiento en el actuar correctamente. La ley, para el hombre ético, resulta casi irrelevante, pues describe una conducta que él ya habría elegido respetar por sí mismo.

¿Qué nos enseña esto sobre el Estado?

La conclusión políticamente incómoda para los fanáticos del estatismo es la siguiente: el Estado no crea el orden social; lo presupone.

La cooperación humana no se fundamenta en la ley penal. La existencia de esta aporta un respaldo marginal para aquellos pocos casos en los que ciertos individuos deciden quebrantar su código de conducta moral respecto de sus semejantes.

Cuando los gobiernos y, en especial, sus asesores intelectuales parten de la premisa de que la sociedad es una masa de depredadores contenida únicamente por la amenaza del uso de la fuerza, no solo se equivocan al describir la realidad: terminan erosionándola. Este fenómeno fue correctamente identificado por Bastiat. La sociedad comienza a creer que ley y justicia son sinónimos, por lo que la ley bastaría para impedir el caos. Esa visión acaba por corroer las virtudes, las reputaciones y las redes de confianza que, en última instancia, son las que lo contienen.

Esta conclusión no pretende ser un alegato anarquista ni una negación de la función legítima de la justicia. Los casos límite existen, hay depredadores y una función mínima de protección de los derechos continúa siendo necesaria. No obstante, confundir el margen con el centro constituye un error empírico que subestima la capacidad humana de autogobernarse a través de la razón, el interés propio y la cooperación voluntaria.

La próxima vez que alguien se pregunte por qué la mayoría de las personas no roba, valdría la pena buscar la respuesta fuera del código penal y emprender el sano ejercicio de contemplar la acción humana desarrollarse ante nuestros ojos, donde producir y comerciar dignifican, mientras que robar empobrece.

Ahora bien: entendiendo que la cooperación precede al Estado, quizá ya sea hora de que los políticos abandonen tanta legislación sin sentido y nos #DejenChambear⚙️.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Paola Piotti

Abogada boliviana y libertaria. Staff Writer de El Insubordinado y Líder de LOLA Tarija (Ladies of Liberty Alliance). Escribe sobre filosofía, política y cultura desde una perspectiva individualista. Interesada en las ideas que moldean las instituciones, con especial énfasis en la defensa de la propiedad privada y en el papel de la mujer en la causa de la libertad.

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