LOGOI – CÍNICO

Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra.

Mauricio Montoya y Fernando Montoya

 

«En una ocasión alguien encontró a Diógenes de Sinope pidiendo limosna a una estatua. Preguntándole por qué lo hacía, este contestó: Me ejercito en fracasar».

Diógenes Laercio. 

En el siglo IV a.C. confluyeron en Atenas pensadores como Platón, Aristóteles, Aristipo, Antístenes, Diógenes de Sinope… Por aquellos tiempos, pululaban las escuelas filosóficas y el Ágora y el Areópago eran hervideros de discusión. Se consolidaban, entonces, las bases de la filosofía Occidental.

Una de las corrientes de pensamiento que más llamaba la atención era la de los cínicos. Antístenes, unos de sus precursores, había sido discípulo del retórico Gorgias y contertulio de Sócrates, como lo reseña un diálogo escrito por Jenofonte titulado El Banquete. Es en dicha reunión, convocada en la casa de Calias, en la que Antístenes postula sus ideas sobre el autogobierno y critica la excesiva ostentación.

El cinismo alcanzó su máxima expresión con la figura de Diógenes de Sinope, de quien sabemos gracias a los detalles recopilados por Diógenes Laercio. Se cuenta que, al igual que muchos de los hombres reconocidos de la época, Diógenes visitó el oráculo para saber qué le deparaba el destino. Ante la inquietud del joven de Sinope, la pitonisa declaró: “has de invalidar la moneda en curso”. Diógenes que era hijo del funcionario que acuñaba las monedas de la ciudad se puso a la tarea de falsificar y distribuir dinero adulterado, lo que le costó ser desterrado de Sinope. Años después, comprendería que los vaticinios del oráculo se referían a la acción de alterar las convenciones de su tiempo (en el griego clásico la palabra moneda y convención solían asociarse con el mismo término Nómisma–). Una curiosa anécdota, relacionada con este tema, cuenta que una vez que alguien lo increpó por su destierro, él respondió: “vine a filosofar gracias a ese motivo, desgraciado”. 

Diógenes fue el primero que asumió con gallardía el apodo de perro, pues sus actitudes y forma de vida así lo reflejaban. Pero no era un perro manso o amaestrado, sino uno sin amo y rabioso. Así lo demuestra la historia que lo sitúa en una conversación con Alejandro Magno en la Ciudad de Corinto.

-Yo Soy Alejandro -dijo el rey.

Y yo soy Diógenes, el perrocontestó el filósofo.

¿Por qué te llaman perro? -preguntó Alejandro.

Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los malos -respondió Diógenes.

-Pídeme lo que quieras y te lo daré.

Una sola cosa te pido le dijo Diógenes, que te corras, porque me estás tapando el sol.

Los cínicos tomaron su nombre del griego kynikos que significaba perruno y se abocaron los comportamientos caninos como los de dormir en cualquier lugar, hacer sus necesidades en público, deambular sin control o “ladrar” contra quienes les generaban recelo. Esto último puede verse bien en un relato en el que se narra la historia de un niño furioso, hijo de una prostituta, que arrojaba piedras contra una multitud. Al verlo Diógenes, se acercó y le dijo: “ten cuidado, muchacho, no vayas a golpear a tu padre”.

Fue de esta manera como la filosofía cínica fundamentó sus principios. El antiintelectualismo, la vida práctica, la austeridad, la valoración de lo natural, la autarquía, la lucha contra las convenciones, la desvergüenza, la franqueza, la recuperación del cuerpo, el control de los deseos y la renaturalización de los espacios públicos; todo esto acompañado de actos desafiantes y de sentencias cargadas de ironía. Una crónica refiere que cierto día Diógenes escuchó a Platón decir que “el hombre era un bípedo sin plumas”. Al otro día, el cínico desplumó un gallo y lo arrojó en la Academia platónica, mientras gritaba: ¡Aquí está el hombre de Platón!”  

Tal vez el acto más representativo de Diógenes haya sido el de salir una mañana a plena luz del sol, caminado por las calles de Atenas, con un candelabro encendido. Los transeúntes a su alrededor, impactados por lo que veían, lo cuestionaban en voz alta:

-¿Qué buscas? -decían.

-Un hombre honesto y virtuoso -contestaba Diógenes. 

La imagen es tan icónica que, muchos siglos después, el filosofo alemán Friedrich Nietzsche replica algo similar en su aforismo 125 de La Gaya Ciencia, pero en esta oportunidad el protagonista es un loco que sale con un farol a plena luz del día buscando a Dios. Tras las burlas de los que concurren al mercado, el hombre grita desesperado:¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!

Otros también siguieron la doctrina Cínica, entre ellos Crates, un personaje noble y rico de la ciudad de Tebas que abandonó su fortuna y resolvió vagar por el mundo como un cínico. Se dice que era apodado el “abrepuertas”, ya que solía ingresar a casas y otros recintos, sin invitación alguna, con el fin de intervenir en discusiones, aconsejar a los que allí vivían o reprenderlos por sus vicios. Crates tuvo por esposa a Hiparquia, una de las pocas mujeres que abrazó el cinismo filosófico, con quien acostumbraba a copular en escenarios públicos. Además, fue maestro de Zenón de Citio, el fundador del estoicismo. Algo que demuestra la importancia de los cínicos para esta escuela y para otras posteriores como el epicureísmo.  

En consecuencia, el cinismo es una enseñanza ética y libertaria que fue más allá de la evolución actual que tenemos del concepto y de las estipulaciones sintomáticas que le atribuye la psicología, pues nada más erróneo que denominar un síndrome con el nombre de Diógenes y adjudicarle características como la acumulación compulsiva de cosas innecesarias. Al parecer, los geriatras que patentaron el nombre del síndrome nunca leyeron la bella historia que cuenta cómo Diógenes al observar a un niño que tomaba agua del río con sus manos, agarró el jarro que llevaba con él y lo desechó. Luego exclamó: Este niño me ha enseñado que todavía conservo cosas inútiles”.

Logoi

Esta columna es un espacio dedicado a la búsqueda del sentido de las palabras. Un ejercicio arqueológico, etimológico y, si se puede decir, biográfico. Cada entrega nos permitirá conocer la historia, el significado, el uso y el sentido de una palabra. Por: Mauricio Montoya y Fernando Montoya

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