Se acerca el Mundial de Fútbol pero ¿dónde quedó la pasión?

“Este Mundial seguramente va ser también el más elitista de la historia. La gran mayoría de los mexicanos no pueden pagar un boleto para ver un partido en su país.”.


Gianni Infantino ha prometido que el Mundial de Fútbol de 2026 será el más “grande y el mejor de la historia”. La cuenta regresiva para su inauguración está en marcha, ya solo es cuestión de horas pero algo en el ambiente no anda bien.

El presidente de la FIFA no miente cuando dice que será un Mundial diferente, ya que será la primera vez que compitan 48 selecciones y que se disputen 104 partidos en 16 ciudades de tres países diferentes. “Todos los ojos estarán puestos en Norteamérica”, ha dicho.

Pero hay más dudas que certezas. Esta dispersión de partidos y sedes, parece que ha provocado falta de interés entre las selecciones y sus anfitriones.

Que una selección juegue en una ciudad de México un partido y luego tenga que ir a Estados Unidos, no ayuda a crear esa cercanía y amistad con esos equipos, tal como sucedió en los Mundiales pasados en suelo mexicano.

Y tiene razón Infantino cuando dice que este torneo será el “más grande de la historia”, pero esto solo si lo vemos a nivel económico. Según el dirigente de la FIFA, estiman un “impacto económico de 80,000 millones de dólares”.

Además, esperan que se crearán unos “824,000 empleos y aportará más de 40,900 millones de dólares al PIB mundial”. Números impresionantes, pero nada de esto emociona a los aficionados al menos en México.

Y es que este Mundial seguramente va ser también el más elitista de la historia. La gran mayoría de los mexicanos no pueden pagar un boleto para ver un partido en su país.

Además de eso, solo pueden sentir el fervor mundialista si pueden pagar alguna plataforma de streaming para poder ver las transmisiones de los partidos.

Los más afortunados, pueden ir los campamentos de las selecciones que vienen a México, como Sudáfrica en Pachuca o Japón en Monterrey, para buscar una foto o un autógrafo. Ese es el Mundial que van a vivir ellos.

Y contrario a 1970 o 1986, cuando los mexicanos fueron también anfitriones de la justa futbolera, nada ha hecho posible que el ánimo popular se una en torno a un balón. No hay nada que haga que el pueblo sienta que esto es una fiesta.

Porque en realidad no es una fiesta para todos. No es un evento que permita sentirse parte del mismo, que emocione al pueblo y por lo tanto, sientan que es su evento y que es su Mundial. Más bien, es como esas reuniones VIP donde solo unos pueden entrar y la gran mayoría, es rechazada.

México está viviendo momentos muy complicados y a pesar de que somos un país totalmente futbolero y “nacionalista” (porque parece que la selección mexicana es el país completo), en esta ocasión no hay ilusión, no hay encanto, no hay pasión.

Entre malestares por las obras de remodelación de los estadios y las modificaciones en el transporte público y algunas calles principales, todo parece que fue improvisado y a marchas forzadas a pesar de que tuvieron tiempo suficiente para crear una infraestructura duradera, que de verdad fuera útil para toda la comunidad y no solo por el pretexto del Mundial.

A todo esto, hay que sumarle temas extradeportivos como protestas sociales de los maestros congregados en la CNTE, mucho dolor social por secuestros y asesinatos; así como las presiones políticas de Donald Trump y su enardecido desencanto con el mundo.

Seguramente en la medida en que avance el torneo y la selección mexicana obtenga buenos resultados, el ambiente será más festivo, pero mientras eso sucede, todo lo relacionado a esta competencia parece que incomoda más de lo que llega a emocionar.

Todo parece indicar que este Mundial llegó con un fantasma a cuestas y esa sombra se llama dispersión. No hay manera de que atraiga de manera permanente la atención de la gente y al igual que las redes sociales, todo es fragmentado, aleatorio y en reels.

Daniel Higa Alquicira

Nací en México y estudié periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); me encanta el fútbol, la música, el cine, la literatura y los viajes. Además de un buen café, la cerveza, tequila y mezcal (puro sabor mexicano). También me encanta platicar con las personas y descubrir lo que piensan y lo que sienten. Soy un enamorado (y lo digo con todo el romanticismo posible) del poder que tienen los individuos para cambiar su entorno a través de acciones simples y que la mayoría de las veces, pasan desapercibidas. La tarea que me he propuesto es encontrarlas y hacerlas visibles.

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