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Vivimos en la tiranía de lo inmediato, una era donde la velocidad no es solo una medida física, sino un imperativo moral. Se nos ha adiestrado para producir y consumir con la aceleración de quien huye de un incendio, convencidos de que llegar primero a cualquier lugar —o a ningún lugar— es la prueba definitiva de éxito.
En ese vértigo, la lentitud de los viejos suele recibirse con una impaciencia que raya en la crueldad. Sus pasos cortos, sus pausas largas antes de responder y su caminar demorado desesperan a todos, quienes vemos en su pausa un obstáculo para nuestro ritmo frenético. Sin embargo, nos cuesta entender que esa lentitud no es un síntoma de decadencia, sino la última y más profunda enseñanza que nos quieren heredar.
Apresurarlos es un ejercicio inútil que revela más nuestra ansiedad que su limitación. No es que no puedan ir más rápido; es que, a diferencia de nosotros, ellos ya han descifrado el engaño de la prisa. Lo observo en mi padre, quien se mueve con la parsimonia de quien habita un domingo eterno. Él ya reconoció, con esa lucidez que dan los ochenta y tantos, que ya cruzó la meta. Su tarea está hecha, sus batallas están libradas y su lugar en el mundo está asegurado. ¿Para qué correr hacia un horizonte que ya alcanzó? En su demora hay una dignidad política: es su forma de rebelarse contra un sistema que solo valora lo que se mueve de prisa. Su lentitud es, en realidad, el ejercicio de su libertad.
Detenerse a contemplar, demorarse en un pensamiento o simplemente habitar el silencio no tiene nada de malo; al contrario, es recuperar la capacidad de asombro que la producción nos arrebató. Al caminar a su paso, me doy cuenta de que no soy yo quien lo guía a él, sino él quien intenta rescatarme a mí del torbellino. Con cada paso lento, me enseña que ir más rápido no nos hace más libres ni más felices, solo nos hace llegar más pronto al final sin haber visto el paisaje. Su quietud es el sustento final de nuestra humanidad: la revelación de que la vida, cuando es plena, no necesita ser una carrera, sino una estancia prolongada en el asombro y el agradecimiento.
Quizás, el regalo más grande que nos dejan los viejos antes de partir es el recordatorio de que solo cuando dejamos de correr podemos, finalmente, encontrarnos con nosotros mismos. En esa pausa sagrada, en ese paso que no busca llegar a ninguna parte, es donde realmente aprendemos lo que significa estar vivos.













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