No nos engañemos: el clima siempre ha cambiado. Lo que nunca cambia es la vocación de ciertos poderes por convertir cualquier variación natural en pretexto para ampliar el control sobre nuestras vidas. Hoy, el relato oficial nos vende el calentamiento antropogénico como una amenaza existencial que justifica impuestos, prohibiciones, planes quinquenales verdes y una burocracia cada vez más densa. Mientras tanto, los incendios arrasan bosques, se ruralizan las ciudades y se empobrece a quien trabaja. Es prioritario mirar de frente qué está ocurriendo en realidad.
A lo largo de cientos de millones de años, la Tierra ha conocido periodos mucho más cálidos y con concentraciones de CO₂ muy superiores a las actuales. Estamos, de hecho, cerca de mínimos históricos en ambos. Los núcleos de hielo antártico no muestran una correlación lineal y simple entre dióxido de carbono y temperatura a largas escalas. El CO₂ es el gas de la vida; sin él, las plantas no pueden llevar a cabo la fotosíntesis. Los óptimos climáticos medieval y romano fueron más cálidos que los presentes, y aun así, las civilizaciones prosperaron. La Pequeña Edad de Hielo trajo hambre y retroceso. El clima varía. Siempre ha variado. Atribuir al hombre el papel de responsable del termostato planetario es una exageración que no resiste el escrutinio histórico ni el geológico.
Lo que sí resiste el escrutinio es el uso político de esa exageración. Desde Estocolmo 1972 hasta la Agenda 2030, la alarma climática ha servido para construir un aparato de regulación, subvención y control que nunca devuelve las libertades que conquista. La fórmula siempre es la misma: “temporal”, “urgente”, “científico”. Y, sin embargo, el monstruo continúa creciendo. Se demoniza la energía barata, se encarece el transporte, se multiplica la carga fiscal bajo la bandera verde y se aumenta el control estatal sobre el ciudadano y sus derechos. El agricultor paga la factura, la familia apaga la calefacción, el autónomo cierra. Las élites políticas, entretanto, viajan en jet privado y ofrecen lecciones de moral desde Davos o Bruselas.
Aquí está el núcleo del engaño. La prosperidad no es enemiga del medio ambiente: es su mejor aliada. Los países ricos son los que pueden investigar, adaptarse, innovar y solucionar. La pobreza obliga a talar, contaminar y sobrevivir al día. El decrecimiento que algunos erigen en virtud moral es, en la práctica, una condena para los más vulnerables. La Escuela Austriaca lo explicó hace décadas: ningún comité de expertos posee el conocimiento disperso que generan millones de individuos tomando decisiones a diario. El mercado no es caos: es el proceso de cooperación más sofisticado que conocemos. Cada regulación que lo asfixia genera costes ocultos; cada prohibición reduce nuestra capacidad de adaptarnos, de sobrevivir, de autorregularnos.
Y al tiempo que se predica el sacrificio colectivo, los incendios se multiplican. No porque el planeta se haya vuelto de pronto inhóspito, sino porque se han relegado prácticas de gestión forestal que durante siglos mantuvieron los montes vivos y habitados, en aras de un fundamentalismo ecológico sin sentido. Se prohíben o se dificultan las quemas controladas, se criminaliza la actividad rural, se deja el territorio a merced de la maleza y se confía en que un plan europeo o una declaración de emergencia climática lo arreglen todo. El resultado es previsible: bosques que arden con más virulencia al llegar el calor del verano. No es el CO₂ el que prende la mecha; es la combinación de abandono, ideología y desprecio por el conocimiento práctico de quienes viven en el campo.
No se trata de negar que el clima fluctúa ni de despreciar la ciencia: se trata de no entregar nuestra libertad a quienes afirman poseer la única lectura posible de esa ciencia. El ser humano no controla el clima a escala planetaria. Nunca lo ha hecho. Lo que sí ha hecho, una y otra vez, es aprender de sus variaciones, prevenir y adaptarse. Esa facultad de adaptación se debilita cuando se sustituye la responsabilidad individual por la planificación central: cuando se antepone la propiedad colectiva del relato a la propiedad privada y a la iniciativa.
El siglo XXI no se salvará con más burocracia de Bruselas ni con más intervencionismo que multiplique ministerios y restricciones. Se salvará —si se salva— devolviendo confianza a la inteligencia humana obrando en libertad: permitiendo una respuesta rápida y directa, con eficacia y raciocinio. Porque el recurso más valioso no es el litio ni el viento subsidiado: es la mente creativa del individuo —si no se le encadena— y el aprovechamiento de la experiencia y de la acción. Defender esa libertad no es negacionismo. No. Es el único acto de responsabilidad serio que nos queda si no queremos terminar calcinados por la sinrazón del despacho con aire acondicionado y sueldo obsceno.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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