La aritmética de la Educación Especial: organizar + colaborar = transformar

Durante años hemos intentado responder a los retos de la Educación Especial añadiendo procedimientos, documentos, reuniones, responsabilidades y nuevas exigencias. Cada necesidad parece producir una tarea adicional y cada dificultad, un nuevo proceso que cumplir.

Pero quizás ha llegado el momento de revisar nuestra aritmética.

Porque sumar responsabilidades no siempre produce mejores servicios.

En Educación Especial, el docente se encuentra diariamente en medio de tres realidades que no siempre avanzan en la misma dirección: los procesos administrativos que debe cumplir, las necesidades particulares del estudiante al que debe servir y las expectativas de una cultura escolar que, en ocasiones, interpreta desde la desinformación lo que significa educar a un estudiante con discapacidad.

Entre esas tres realidades está el maestro.

Planifica. Enseña. Documenta. Evalúa. Participa en reuniones. Recopila información. Da seguimiento al progreso. Atiende situaciones inesperadas. Se comunica con las familias. Coordina servicios. Responde a requerimientos administrativos y, mientras realiza todo eso, debe procurar que el estudiante aprenda, participe y progrese.

Entonces surge una pregunta necesaria:

¿Cómo ayudamos al docente a cumplir con sus responsabilidades sin permitir que los procesos terminen alejándolo del propósito por el cual existen?

La respuesta no puede ser simplemente exigir más.

Necesitamos organizar mejor.

Organizar no significa llenar calendarios, producir listas o establecer más controles. La organización educativa comienza cuando somos capaces de distinguir lo urgente de lo importante, establecer prioridades y conectar cada acción con un propósito.

Un documento debe tener un propósito.

Una reunión debe tener un propósito.

Una intervención debe tener un propósito.

Una observación debe tener un propósito.

Y una corrección también debe tenerlo.

Cuando las personas conocen por qué realizan una tarea, pueden comprender mejor cómo esa responsabilidad se conecta con el servicio que recibe el estudiante. Cuando ese propósito se pierde, el trabajo corre el riesgo de convertirse en cumplimiento por cumplimiento.

Ahí comienza uno de los problemas que enfrentamos en Educación Especial.

Podemos completar todos los documentos y todavía no haber atendido adecuadamente una necesidad.

Podemos celebrar una reunión y no haber tomado una decisión significativa.

Podemos recopilar datos y nunca utilizarlos.

Podemos cumplir con un procedimiento sin detenernos a preguntar si ese procedimiento produjo una mejor oportunidad educativa para el estudiante.

Cumplir es necesario, pero cumplir no puede convertirse en el propósito final del servicio.

En mi libro La co-enseñanza: Estrategia educativa y trabajo en equipo en los Programas de Educación Especial, he planteado la importancia de distribuir responsabilidades, establecer funciones y construir espacios donde los profesionales puedan trabajar desde objetivos compartidos. La colaboración no ocurre simplemente porque varias personas participen de un proceso. Requiere organización, comunicación y claridad sobre lo que cada integrante aporta al conjunto.

Por eso propongo una aritmética sencilla:

Organización + colaboración = transformación.

Pero esta ecuación solamente funciona cuando ambos componentes están presentes.

Organización sin colaboración puede convertirse en burocracia.

Colaboración sin organización puede convertirse en buenas intenciones sin dirección.

Cuando ambas se encuentran, comenzamos a transformar el servicio.

Esto adquiere particular importancia frente a otro desafío que muchas veces evitamos discutir: la desinformación dentro de la propia cultura escolar.

No todas las dificultades que enfrenta Educación Especial provienen de falta de recursos o de procedimientos administrativos. Algunas nacen de ideas equivocadas que repetimos hasta convertirlas en parte de la cultura.

“Ese estudiante es de Educación Especial.”

“Eso le corresponde al maestro de Educación Especial.”

“Yo no fui preparado para trabajar con esos estudiantes.”

“Eso siempre se ha hecho así.”

Cada una de estas expresiones puede parecer inofensiva cuando se escucha aisladamente. Sin embargo, cuando se normalizan, crean barreras que ningún formulario puede eliminar.

Un estudiante que recibe servicios de Educación Especial no deja de pertenecer a la escuela.

Su educación no pertenece exclusivamente a un maestro, a un salón o a un programa.

Pertenece al equipo.

Por eso transformar los servicios también requiere transformar las conversaciones que ocurren alrededor de ellos.

Y en ese proceso los líderes educativos tienen una responsabilidad importante.

Guiar no es simplemente señalar lo que está incorrecto.

Un líder debe poder identificar una práctica que necesita mejorar, pero también ayudar a la persona a comprender por qué debe mejorarla, cómo puede hacerlo y qué apoyo tendrá para lograrlo.

Existe una diferencia considerable entre corregir para encontrar una falla y corregir para producir crecimiento.

Cuando la supervisión se concentra exclusivamente en descubrir errores, las personas aprenden a protegerse.

Ocultan dudas.

Evitan preguntar.

Cumplen para no equivocarse.

Y, eventualmente, pueden comenzar a trabajar pensando más en la consecuencia administrativa que en la necesidad educativa.

Pero cuando la corrección tiene propósito, ocurre algo diferente.

La pregunta deja de ser:

“¿Quién cometió el error?”

y comienza a ser:

“¿Qué necesitamos corregir para que esto funcione mejor?”

Eso no significa ignorar responsabilidades ni disminuir las expectativas profesionales. Educación Especial requiere cumplimiento, documentación, seguimiento y responsabilidad. Los derechos de los estudiantes no pueden depender de buenas intenciones.

Precisamente por eso necesitamos procesos rigurosos.

Pero rigor no es sinónimo de castigo.

Supervisión no es sinónimo de persecución.

Corrección no es sinónimo de fracaso.

Un líder puede exigir y apoyar al mismo tiempo.

Puede identificar un error y convertirlo en aprendizaje.

Puede señalar una responsabilidad y explicar su propósito.

Puede establecer expectativas claras sin crear una cultura de temor.

Y puede reconocer que detrás de cada procedimiento existe un profesional que necesita orientación para poder ejecutarlo correctamente.

Cuando el docente entiende el propósito, comienza a apropiarse del proceso.

Cuando se siente acompañado, pregunta.

Cuando puede preguntar, aprende.

Cuando aprende, mejora su práctica.

Y cuando mejora su práctica, aumenta la posibilidad de que el estudiante reciba un mejor servicio.

Ahí la aritmética comienza a producir resultados.

Organizamos para saber hacia dónde vamos.

Colaboramos porque nadie puede llegar solo.

Transformamos cuando ambas acciones producen mejores oportunidades para el estudiante.

Quizás el reto de la Educación Especial no consiste siempre en añadir algo nuevo. En ocasiones necesitamos detenernos y organizar mejor lo que ya tenemos, conectar a las personas que trabajan separadas y devolverle propósito a procesos que la rutina convirtió en tareas.

Porque ninguna transformación educativa ocurre solamente desde una oficina, un salón de clases o un documento.

Ocurre cuando quienes administran, enseñan, apoyan y toman decisiones comprenden que forman parte del mismo conjunto.

En Educación Especial, tal vez necesitemos comenzar a utilizar una aritmética diferente.

Una donde el resultado no se mida únicamente por cuántas tareas completamos, cuántos documentos archivamos o cuántos errores encontramos.

Sino por una pregunta mucho más importante:

¿Nuestra manera de organizarnos y colaborar está haciendo que el estudiante reciba un mejor servicio?

Si la respuesta es sí, estamos transformando.

Si la respuesta es no, quizás no necesitamos sumar más.

Necesitamos organizar mejor, colaborar con propósito y volver a calcular

Jóse L. Santiago Castillo

Educador, autor e investigador puertorriqueño, especialista en Educación Especial, currículo, liderazgo educativo y co-enseñanza. Se desempeña como Coordinador de Escuela Graduada de Caribbean University en Puerto Rico y Facilitador Docente de Educación Especial en el Departamento de Educación de Puerto Rico. Es autor del libro La co-enseñanza: estrategia educativa y trabajo en equipo en los Programas de Educación Especial, obra centrada en la inclusión, el trabajo colaborativo y el fortalecimiento de la práctica docente.

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