Adictos al arrepentimiento

bairon jaramillo valencia

“El hombre está condenado a ser libre” (Sartre, 1943, p. 545).

Hay personas que parecen equivocarse demasiado para que todos sus errores puedan explicarse como simples accidentes; no porque desconozcan las consecuencias, ni porque carezcan de capacidad para distinguir lo conveniente de lo perjudicial, sino porque —en cierta mediad— sienten una necesidad imperante e inconsciente de equivocarse. Llevan a cabo procederes a sabiendas de que después lamentarán hacerlo, atraviesan nuevamente la puerta que juraron no volver a abrir y repiten la conducta que, una vez consumada, les permitirá decirse: “¿Por qué lo hice otra vez?”.

Nos enseñaron a pensar que primero está el error y después aparece el arrepentimiento y los percibimos como momentos independientes; es decir, hacemos algo incorrecto, reconocemos nuestra equivocación, sentimos culpa y procuramos no repetirla. Pero en el fragor de la batalla, cuando las emociones y los impulsos se mezclan, no siempre actuamos desde la reflexión, ya que algunas personas no son per se adictas al error, sino al arrepentimiento que viene después de este.

La creencia es bastante cómoda y es que nuestras equivocaciones son obstáculos que queremos superar; por lo cual, esos errores siempre se convierten en nuestros refugios; personas que se sienten exultantes y convencidas de que nuevas decisiones podrán cambiar el rumbo de las cosas. Sin embargo, mientras exista eso de qué arrepentirse, en el fondo habrá una explicación para la posible frustración, la tristeza, el fracaso o para esa sensación persistente de que la vida no está tomando el rumbo esperado.

Esto parece una condena, pero también puede funcionar como una respuesta tranquilizadora. Si nuestra insatisfacción tiene un culpable concreto, entonces no necesitamos preguntarnos qué hay detrás de ella. Ejemplo: el problema fue aquella relación, aquella decisión, aquella noche, aquella oportunidad desperdiciada, aquel dinero malgastado, aquella persona, aquella promesa que incumplí, etc. No tenemos margen de maniobra mientras nuestro error ocupa el centro de la escena y, mientras permanezca allí, otras preguntas más incómodas están a la espera.

Desde la psicología se ha estudiado fenómenos relacionados con este tipo de repetición. Freud (1920) planteó, en su teoría de la compulsión a la repetición, que las personas pueden reproducir experiencias o conductas que resultan dolorosas, aun cuando conscientemente deseen evitarlas. No se trata simplemente de querer sufrir; la repetición puede responder a mecanismos psíquicos mucho más complejos, y es por ello que no tenemos por qué secundar el odio entre quienes alguna vez se hicieron daño, ni convertir la culpa y el arrepentimiento en motivos para regresar una y otra vez al mismo conflicto. Es aquí donde aparece una distinción fundamental, puesto que repetir una conducta perjudicial no significa necesariamente querer conscientemente sus consecuencias. Muchas veces la persona sabe que algo le hará daño y, aun así, vuelve hacia ello; es la contradicción que no invalida el fenómeno y precisamente constituye una de sus características más desconcertantes.

Pero podemos llevar el tema un poco más lejos. Si después del error aparece el arrepentimiento y después del arrepentimiento llega una sensación de alivio, de purificación o incluso de renovación moral, ese alivio podría convertirse en parte del problema. El arrepentimiento tiene una función social y psicológica importante, pues permite reconocer una falta, asumir responsabilidad y modificar una conducta. Sin arrepentimiento sería difícil concebir buena parte de nuestras relaciones humanas y esto no es nuevo, ni mucho menos un dato noticiable. El problema es latente cuando arrepentirse deja de ser un puente hacia el cambio y se convierte en un ritual que permite regresar exactamente al mismo lugar: error, culpa, arrepentimiento, promesa, repetición y nuevamente error. Parece una paradoja, pero tiene sentido, ya que mientras pueda atribuir mi situación a mis errores, no tengo que enfrentar completamente la responsabilidad de transformar aquello que me produce insatisfacción. El error se convierte en explicación; el arrepentimiento, en desahogo; y la repetición, en una manera de permanecer en un territorio conocido.

Desde la psicología cognitiva, además, sabemos que las personas no siempre toman decisiones mediante una evaluación perfectamente racional de costos y beneficios. Kahneman (2011) mostró cómo nuestros juicios están atravesados por sesgos, emociones y atajos mentales que pueden conducirnos a decisiones que, observadas retrospectivamente, parecen poco razonables; “si me apetece decir, pues lo digo; si me apetece hacerlo, pues lo hago”. El problema es que juzgamos la decisión desde el presente con información que no necesariamente estaba disponible cuando la tomamos, y así aparece una trampa adicional; el arrepentimiento puede hacernos creer que siempre supimos lo que debíamos haber hecho.

A veces, simplemente elegimos mal y en otras ocasiones lo hacemos bajo miedo, deseo, presión, necesidad, cansancio o desesperación. En determinados casos, quizá elegimos mal porque equivocarnos resulta menos aterrador que cambiar; por consiguiente, desde la filosofía diríamos que existe allí una paradoja de la libertad. Sartre (1943) sostuvo que estamos condenados a ser libres porque incluso frente a circunstancias que no escogemos debemos relacionarnos con ellas mediante nuestras elecciones. Eso no significa que controlemos todo lo que nos ocurre; significa que nuestra existencia no puede reducirse completamente a aquello que nos sucede. “A mí no me vengas con que puedo cambiar; yo ya sé cómo son las cosas y por ahí no paso yo”, podría responder nuestra propia conciencia cuando la libertad comienza a resultar incómoda. Tal vez, eso sea precisamente lo que algunas personas intentan evitar, pues reconocer que todavía pueden elegir las convierte en responsables de lo que harán después, porque aceptar que podemos cambiar es mucho más aterrador que aceptar que estamos condenados a repetirnos.

Podemos elegir entre: si soy víctima permanente de mis errores, puedo lamentarme, o si soy responsable de transformar mi vida, tengo que actuar, y esto segundo implica abandonar algunas excusas, al igual que desprenderse del arrepentimiento para explicar la infelicidad de nuestras vidas.

Finalmente, lo más difícil no es saber por qué nos equivocamos, sino por qué nos resulta tan difícil vivir sin una culpa que podamos señalar, porque llega un momento en que dejar de equivocarse exige algo mucho más difícil que arrepentirse; dejar de tener excusas para no cambiar.

Referencias

Freud, S. (1920). Más allá del principio de placer. Amorrortu Editores.

Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.

Sartre, J. P. (1943). El ser y la nada. Losada S. A.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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