Pocas ideas económicas han ejercido una influencia comparable a la de las propuestas de John Maynard Keynes sobre los gobiernos modernos. Desde la Gran Depresión hasta las crisis financieras más recientes, la respuesta de los Estados suele seguir un mismo patrón: aumentar el gasto público, expandir el crédito, aceptar mayores déficits fiscales y confiar en que la intervención estatal reactivará la economía. Cada vez que un país entra en recesión, pocos cuestionan esa receta; por el contrario, se considera prácticamente un deber que el gobierno “haga algo”.
Sin embargo, hace casi cien años, dos economistas de la Escuela Austríaca, Ludwig von Mises y Friedrich Hayek (este último, tan presente en las tendencias colombianas de X), advirtieron que esas políticas no solo eran equivocadas: podían convertirse en el origen de crisis mucho más profundas. Para ellos, el verdadero peligro no era la falta de acción del Estado: era la arrogancia de creer que un grupo de funcionarios podía coordinar mejor millones de decisiones individuales que el propio mercado.
El siglo XX estuvo marcado no únicamente por guerras militares. Fue, además, escenario de una de las mayores batallas intelectuales de la historia económica. En un extremo se encontraba John Maynard Keynes, convencido de que el Estado debía administrar la demanda agregada para estabilizar la economía. En el otro estaban Mises y Hayek, quienes defendían que la prosperidad dependía del ahorro, la inversión, la propiedad privada y el libre funcionamiento del sistema de precios. Cien años después, ese debate continúa definiendo la forma en que los gobiernos responden a las crisis.
A fin de comprender el alcance de la revolución keynesiana, primero es necesario recordar cómo concebían la economía los economistas clásicos. Su punto de partida era sencillo: los mercados tienden a corregir sus desequilibrios siempre que precios y salarios puedan ajustarse libremente. El crecimiento económico depende del ahorro, pues este libera recursos para financiar inversiones en maquinaria, infraestructura, tecnología y capital productivo. La tasa de interés no era vista como una herramienta política, sino como un precio que coordina las elecciones entre consumo presente y consumo futuro. Cuando ese precio refleja las preferencias efectivas de ahorro de la sociedad, empresarios e inversionistas reciben señales adecuadas para asignar los recursos.
Esta visión inspiró las primeras explicaciones del ciclo económico. Diversos economistas observaron que, si la tasa de interés fijada por el sistema bancario se aparta significativamente del nivel compatible con el ahorro de la economía, pueden generarse expansiones artificiales seguidas por crisis inevitables.
Es precisamente contra esa tradición que Keynes construye su teoría durante la Gran Depresión. A su juicio, una economía podía permanecer largos períodos con desempleo elevado porque la demanda agregada era insuficiente. Si familias y empresas decidían ahorrar a la vez, el consumo disminuiría, las empresas venderían menos, reducirían la producción y despedirían trabajadores. En ese contexto, postulaba que el gobierno debía compensar la caída del gasto privado mediante inversión pública, programas de empleo y déficits fiscales temporales. Según Keynes, al retomarse el crecimiento económico, esos déficits podrían corregirse.
La Escuela Austríaca, en cambio, rechazó casi todos esos planteamientos.
Para Ludwig von Mises, las crisis económicas no surgen porque las personas consuman poco: aparecen porque previamente se ha distorsionado la estructura productiva por efecto de la expansión artificial del crédito y la intervención estatal. El ahorro no destruye la demanda; por el contrario, proporciona los recursos necesarios para financiar inversiones sostenibles. El gasto público costeado con deuda o emisión monetaria no crea riqueza nueva; simplemente redistribuye recursos del sector privado al Estado. Mises entendía que el desempleo persistente obedecía a rigideces introducidas por regulaciones o salarios que impiden el ajuste del mercado laboral, más que a una supuesta insuficiencia de demanda. Desde esta perspectiva, las recesiones representan procesos inevitables de corrección después de inversiones equivocadas estimuladas por políticas monetarias expansivas.
Friedrich Hayek desarrolló esa crítica con una explicación más sofisticada del ciclo económico. Argumentó que si los bancos centrales mantienen tasas de interés artificialmente bajas, envían una señal falsa a empresarios e inversionistas, quienes creen que existe un ahorro disponible superior a su respaldo real. En consecuencia, emprenden proyectos de inversión que parecen rentables bajo esas condiciones monetarias, pero que resultan insostenibles cuando el crédito deja de expandirse. El auge económico alimentado por dinero barato termina transformándose en una recesión. Intentar evitar ese ajuste recurriendo a más emisión monetaria o mayor gasto público únicamente prolonga los desequilibrios. Conforme al pensamiento de Hayek, el sistema de precios transmite conocimiento indispensable sobre la escasez relativa de los recursos; al alterar el Estado esas señales, la economía comienza a asignar mal el capital y la productividad se deteriora.
La diferencia entre ambas escuelas puede resumirse en cuatro desacuerdos fundamentales: 1) Para Keynes, el gasto público puede crear actividad económica ante una reducción del consumo privado; para la Escuela Austríaca, no hace más que redistribuir recursos. 2) Keynes contemplaba el ahorro excesivo como un problema durante las recesiones; Mises defendía que el ahorro era precisamente la base de la inversión futura. 3) Keynes consideraba que la tasa de interés podía utilizarse como instrumento de política económica; Hayek replicaba que la tasa de interés es un precio esencial cuya manipulación genera señales falsas. 4) Mientras Keynes proponía combatir las recesiones mediante estímulos fiscales y monetarios, la Escuela Austríaca afirmaba que esas mismas políticas suelen ser el origen de las malas inversiones que desembocan en las crisis.
¿Por qué, entonces, Keynes continúa siendo el economista favorito de los gobiernos? Probablemente porque su teoría ofrece una sólida justificación intelectual para acrecentar el gasto público, incrementar el endeudamiento y extender la intervención estatal. La Escuela Austríaca, por su parte, insiste en que ninguna sociedad puede consolidar prosperidad genuina gastando recursos que previamente no ha producido.
La experiencia latinoamericana ilustra bien este contraste. En los últimos años, Colombia ha experimentado un crecimiento constante del tamaño del Estado. Cada administración ha ampliado el gasto a través de nuevos programas sociales, subsidios, inversión en infraestructura y expansión del aparato administrativo. Paralelamente, el gasto de funcionamiento y el servicio de la deuda absorben una fracción sustancial del presupuesto nacional. Cuando los ingresos no aumentan al mismo ritmo, la respuesta ha sido previsible: reformas tributarias, mayores déficits fiscales y más endeudamiento público.
Desde una perspectiva keynesiana, estas políticas pueden interpretarse en tanto mecanismos para sostener la demanda agregada y evitar desaceleraciones económicas. La Escuela Austríaca, en cambio, sostiene que el Estado no crea riqueza al gastar más; erosiona la capacidad de ahorro e inversión del sector privado por medio de los impuestos, compromete ingresos futuros con cargo a la deuda y convierte déficits que deberían ser excepcionales en una característica permanente de las finanzas públicas.
Argentina ofreció un ejemplo todavía más extremo. Por décadas, el gasto público creció acompañado de déficits fiscales persistentes. Para financiarlos, distintos gobiernos recurrieron sucesivamente al endeudamiento y a la emisión monetaria. El resultado fue un ciclo prolongado de inflación, pérdida del poder adquisitivo, devaluaciones, controles de precios, restricciones cambiarias y un progresivo menoscabo de la confianza en la moneda. En la tradición austríaca, cada nueva intervención buscó corregir los problemas generados por la intervención anterior: el déficit condujo a la emisión; la emisión alimentó la inflación; la inflación dio paso a controles de precios y restricciones económicas; y estos, a su vez, desincentivaron la inversión, redujeron la producción y profundizaron el deterioro económico.
La batalla intelectual entre Keynes y la Escuela Austríaca aún no concluye. Cada crisis revive el mismo interrogante: ¿debe el Estado intervenir para estimular la economía o permitir que el mercado corrija los desequilibrios? Las respuestas siguen dividiendo a economistas y gobiernos. Indiscutiblemente, las ideas tienen consecuencias, y pocas han moldeado de manera tan definitiva las decisiones económicas del último siglo como las surgidas de ese debate.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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