“Una columna diferente a las que suelo escribir. Menos tecnicismo, más reflexiones y reírme de mis privilegiadas tragedias. Por favor, quédese hasta el final si quiere saber cómo podemos ayudar a salvarle la vida a alguien”
Una columna diferente a las que suelo escribir. Menos tecnicismo, más reflexiones y reírme de mis privilegiadas tragedias. Por favor, quédese hasta el final si quiere saber cómo podemos ayudar a salvarle la vida a alguien.
4 de mayo
LinkedIn es un asco. Todo escrito por inteligencias artificiales, poco que no sea impostado y pocas reflexiones de las que uno verdaderamente se lleve algo. Está lleno de nuestras versiones farsantes, con las caretas que nos tenemos que poner para vernos más serios en el mundo corporativo. Pero por esta fecha alguien dejó una que me ha ayudado a transitar la única tusa real que he tenido.
La idea central era: “no confundas el árbol con su sombra”, e invitaba a aprender a separar el negocio, el título, el salario y hasta la relación de pareja del verdadero “yo”. Quiebra tu empresa, sales de un puesto, termina tu relación y es muy fácil pensar que todo se acaba. Pero, en realidad, esa es la sombra; la persona es el árbol. Y el árbol sigue ahí, entero, aunque la sombra cambie de forma.
5 de mayo
Leonel Riveros me invita al lanzamiento de su primer libro. Estudié con Leonel en el colegio y en la universidad. Hace diez años, estando en once, Leonel, yo y uno o dos más nos repartimos las posiciones de liderazgo que existían entre los estudiantes del colegio. Éramos los que teníamos cierto talento para hablar en público, inspirar, coordinar y dirigir equipos.
Desde el colegio, Leonel creó la Fundación Reconoser (sí, con s) y ahora su primer libro lleva ese título: Reconoser. En el libro recoge cincuenta historias de personas que han sido testigos y voceros de lo que significa el servicio en Colombia. No de líderes mediáticos, sino de personas que Leonel conoció y que generan impacto en sus círculos cercanos mediante pequeñas obras de servicio. Muchas de esas personas viven en condiciones desfavorables, como la mayoría de colombianos, y aun así dedican parte de su vida a servir a otros.
El escenario del lanzamiento del libro fue la biblioteca del Gimnasio Moderno, abarrotada de gente, más que en ningún evento anterior. Lo recalcó el rector actual. Al final de la presentación, todo el solemne público (la mayoría éramos un montón de gomelos que conocemos a Leonel) se puso en pie para aplaudir a tres mujeres del barrio Egipto, quienes contaron cómo la Fundación Reconoser ha hecho sus vidas un poco más felices a través de pequeñas obras de servicio social. Emocionante.
Salgo y pienso: ¿cuándo fue la última vez que ayudé a alguien sin esperar nada a cambio? Me cuesta. ¿Por qué siempre creo que el servicio no sirve si no es de alto impacto? ¿En qué momento permití que la rueda del mundo corporativo me volviera una máquina de escribir automatizada? No importa ahora. Solo está claro que Leonel es un verraco y que yo tengo una tusa inmunda.
12 de mayo
Seis de la tarde. Llueve y salgo de una reunión de trabajo en un club. Me recoge un Uber y Waze marca una hora para que lleguemos a mi casa. Como de costumbre, no le quiero hablar al conductor. Y menos después de haber puesto buena cara todo el día, sin poder llorar por la relación de siete años que terminé hace menos de dos semanas porque me voy a hacer una maestría a Estados Unidos.
Evado una y otra vez la conversación del conductor para pensar: ¿vale la pena gastar plata en educación superior si nos vamos a quedar sin trabajo todos? ¿Qué valor tiene el conocimiento humano cuando las máquinas nos desplacen? ¿Quién fue el egoísta? ¿Acaso fuimos los dos? ¿Yo, por querer que hicieras un sacrificio por mí, o tú por haber decidido no querer hacerlo desde hace meses, después de que yo me sacrifiqué mil doscientas veces? Seguro cualquiera se aburre con ese nivel de existencialismo. Sin rencores, creo.
Jean Carlo Cruz, el conductor, es tan buen conversador que no me queda de otra que abandonar mis pensamientos y charlarle. Aprovecho para distraerme. El tipo me hace reír durante media hora con un humor muy fino y variado: a veces sano, a veces negro, a veces satírico y, con el que más me engancho, absurdo.
Me cuenta que hace dos días llevó a dos mujeres hasta Choachí y que el novio de una le terminó porque Chat GPT se lo aconsejó.
—Qué marica tan bruto —le digo.
Se ríe y me dice:
—Yo les dije lo mismo a ellas.
“El Pablo viene cagado de la risa”, me dice en la 106 con autopista.
—Uno tiene que reírse de la vida, hermano —remata—, porque uno no sabe cómo llueve al otro lado del río.
Disparó ese cliché que tanto odio, pero que en ese momento redujo mis problemas de empleado de cuello blanco y me obligó a seguir riéndome.
Ahí es cuando me cuenta que va a perder una pierna y que todos los médicos le dicen que ya no hay nada que hacer. Antes de manejar Uber, Jean Carlo trabajaba en una empresa de servicios funerarios y era el encargado de la primera fase de mover los cadáveres de los difuntos desde el lugar del deceso hacia la unidad de transporte. Un día tuvo que cargar —sin ayuda y por orden de sus jefes— el cadáver de un hombre que medía más de dos metros y pesaba más de 120 kilos. Se rompió un disco, no pudo trabajar más, le terminaron el contrato y lo dejaron sin salario, pensión y endeudado con los tratamientos y con todo lo que además cuesta solo existir. Ahora tiene que tomarse 24 pastillas al día para el dolor y se le acalambra la pierna cuando está manejando. Pero no perdió el sentido del humor y las ganas de vivir.
Acostumbrado a asesorar empresas, le digo con frialdad que no renuncie a demandar a su exempleador porque tiene las de ganar. Lo han tumbado como tres abogados desde el 2018, cuando se accidentó, y ahora está volviendo a empezar con el consultorio jurídico del Externado.
Yo llevaría el caso, pero además de que me voy del país, un tipo como Jean Carlo se merece que lo represente el mejor laboralista posible y que le pueda dedicar el tiempo que le han robado desde 2018. Requisitos que, tristemente, no reúno.
Pero, inspirado por la idea del “árbol y la sombra” y por Leonel y sus enseñanzas de que reconocer las pequeñas luchas también es una enorme forma de servicio, dejo esta columna – que también publicaré esta vez en LinkedIn, aunque sea un asco – con la esperanza de que esta historia y el caso de Jean Carlo lleguen a las manos de una persona que pueda demandar y obtener que reconozcan sus derechos laborales, económicos y humanos.
Al final del viaje, se puso a recordarme para qué sirve cada señal de tránsito de esas que uno ignora. Como los gálibos, que son los que tienen los puentes para medir la altura máxima permitida de los vehículos y les sirven a los camiones para poder pasar. Jean Carlo conoce absolutamente todos los significados que tienen las señales de tránsito, a pesar de que sabe que pronto no podrá manejar más, cuando ya no le funcione la pierna.
Con su atinado humor me dijo que si me sobraban 20 millones de pesos se los prestara para completar lo que le faltaba para tener carro propio y ponerlo a producir cuando él ya no pudiera manejar. Le dije que iba a buscar la forma de ayudarlo. Me dejó su número, me agradeció la charla y nos despedimos.
Ahora dejo esto en el aire, con la ilusión de sumar personas que se interesen en hacerle la vida más fácil a un gran tipo.













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