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«La potestad de los cabildos se nutre de autonomía —y unidad y tierra y cultura—, demostración de que pueden organizarse bajo dinámicas propias. Son tan capaces que se declaran competentes de autogobierno. Es la negación de lo impuesto y el reconocimiento de su ancestralidad. Salen de la masa mercantil y entran a la chiva de lo colectivo. Armónicos, se desenvuelven en lo más cercano e impactan al mundo. Por eso que los despojen del territorio es una violencia sistemática, porque es un ataque a su gobierno, es el capitalismo devorando»
Un mundo mejor debe ser pluricultural: o incluye a todos o se hunde lentamente, creyendo que avanza. Los conflictos pueden no verse al inicio de una política segregacionista, pero la consciencia, en algún momento en el futuro, se detiene y se reconoce, como alguien que se ve en un espejo, maltrecho, cargando un peso impuesto, mientras el capataz fuma un puro y lo intimida.
La hegemonía se reconoce en otros modelos (de cara blanca, de pelos monos, de nariz roja, de té y modales pulcros) y desconoce la sangre de la cual viene, el río y el mar que lo forman. Por entretenerse leyendo cómo ser alguien que no es, no vive dentro sí ni vive lo que tiene de sí. De este modo mantienen en el anonimato a los pueblos indígenas, regalándoles una monedita cuando se los topan en los semáforos, en los puentes o en las aceras de la ciudad. Y lo hacen para que Dios los tenga en cuenta —lo compran.
El estallido inaugural de los de abajo, de las masas en orden y activas, espantan la rigidez atmosférica de los poderosos que, como en el poema de Nicanor, «A no mediar el Cuerpo de Carabineros de Chile / yo no sé qué hubiera sido de mí». Y en sus medios propagandean la maltrecha igualdad de todos en el amparo de la democracia, del buen humor gubernamental y de las intenciones benéficas de los inversores.
«A la gran mayoría de las gentes les resulta difícil entender por qué los indígenas no convenimos con la idea de que “todos somos iguales” y que tendríamos idénticos derechos», dice Lorenzo Muelas Hurtado. Y prosigue declarando la causa: aseverar que todos somos iguales es cometer un pecado de ceguera. ¿Somos iguales, Caeiro? «La Naturaleza es parte sin un todo». Aglutinar a las comunidades, a los legisladores y a los mercaderistas; a los mestizos, a los afros, a los gitanos como iguales es un desliz abismal.
Sin embargo, el detalle indígena muestra que no es así. Para ellos el mundo no es un recurso de explotación —que trae sus consecuencias: véase al ministro de Relaciones Exteriores del insular Tuvalu haciendo un discurso sobre las aguas que tragarán su isla, su país[1]— sino de coexistencia, de juntanza. Es la madre —eje del arraigo— y a la madre no se la contamina.
Reunir las diferencias en un mismo talego es cómodo: los planes territoriales se basan en el juicio aceptable, en el actuar ordinario (occidental)[2]. Es el derecho a ser como otros —Lorenzo—, no el derecho a ser como se es, o como se procura ser.
Y quién lo creyera, engloban a la gente y seccionan la realidad como materias de un currículo. El pensamiento indígena, holístico y universal, en cambio, se basa en lo vivido y en las consecuencias universales de sus actos. Su concepción del tiempo es en espiral, no es lineal. ¿A qué conlleva esto? A que se pueda empezar y terminar desde cualquier momento, a que se puede entender el presente sin desligarlo del pasado y teniendo en cuenta al futuro. Que para explicar el ahora, el ayer y el mañana den luces. Encima, la renovación constante de los periodos, que no es la suma —el peso— de muchos años, permite cambiar en base a los tiempos. Las partes están conectadas, pero no dejan de ser distintas.
Una pieza más: la unión, la coherencia entre pueblos. Es común observar la persistencia en la organización del movimiento indígena para coordinar su desarrollo, su liberación y sus acciones de tomas de tierra, entre otras. Sin el diálogo permanente, se le agiliza al oligarca su dominio. Muerta la solidaridad, muerta la coherencia mutua[3]. Y no solo entre ellos; también con los obreros, estudiantes, campesinos y toda la clase trabajadora y oprimida. Me atrevo a recoger el lema zapatista —«Desde abajo y a la izquierda»— para entender mejor las colaboraciones. Porque la simpatía general entre divididos (y en permanente división —así el poder ataca de a uno—), los agrupa y los nivela a una causa en donde más fuerte avanzan, más duro pegan, más difícil el sometimiento. A fin de cuentas, ¿qué son las separaciones fronterizas?
La potestad de los cabildos se nutre de autonomía —y unidad y tierra y cultura—, demostración de que pueden organizarse bajo dinámicas propias. Son tan capaces que se declaran competentes de autogobierno. Es la negación de lo impuesto y el reconocimiento de su ancestralidad. Salen de la masa mercantil y entran a la chiva de lo colectivo. Armónicos, se desenvuelven en lo más cercano e impactan al mundo. Por eso que los despojen del territorio es una violencia sistemática, porque es un ataque a su gobierno, es el capitalismo devorando. Ante lo cual viene al dedillo las preguntas del guambiano:
¿Pero qué hacer cuando el acuerdo no es posible, por constituir el territorio o sitio concernido un lugar «sagrado» o de significación vital para una comunidad india? ¿Acaso es pensable para un occidental la destrucción o profanación de sus obras de arte o sus sitios sagrados con ocasión de presuntas explotaciones económicas? ¿Se puede pensar en la destrucción de sus catedrales, en la profanación de sus cementerios o lugares de peregrinación?
Las atrocidades, volviendo a su generador por ley de reciprocidad, ¿les gustaría a los modernos, a los del baño aplazado? ¿No los aterra que una familia indígena se pase a vivir al edificio? ¿No los excluyen por lo que son? ¿No les fastidia su trato?
Hablemos del paternalismo. Se cree que las misiones o la intervención del Instituto Lingüístico de Verano son una mediación para acercarles la cultura a los «salvajes», cuando es una manera de mantenerlos adiestrados. Esas instituciones sirven, más que apara respetarlos, para enajenarlos. Le ofrecen al indígena el Dios cristiano y la dependencia, géneros de expropiación identitaria[4].
Estas consideraciones, comprendidas y reflexionadas, nos pueden llevar a mejor rumbo. Que la madre Tierra sea centro, que la aceptación del otro sea bandera y que la explotación en todas sus dimensiones sea exterminada salvará lenguas, sabios, historias, islas y humanidades. Aceptándome como blanco, divulgo e intento conocer las luchas de los pueblos hijos de Abya Yala, porque me integran y porque en su cosmogonía veo el proceder adecuado para salvar lo que no tiene —o parece— no tener salvación: las garras de la economía de mercado abarcan los rescoldos menos previstos. Queda mucha memoria por traer al escenario y, sin embargo, con lo poco en mente, se abre una perspectiva de dignidad, de orgullo.
Robledo, noviembre de 2022
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Espejo Humeante Fanzine, «Hopepunk», México, N.° 14.5, julio de 2023.
[1] Ante el perjuicio natural, el cuidado de la Pacha Mama desde la acción pedagógica. Sin ella no hay vida, y tiene que haber vida para que las cosas se den. Valorarla y agradecerle es girar en torno a ella las signaturas impartidas y los planes de acción sobre el contexto.
[2] El adiestramiento de masas se vale de la unificación y la homogeneización de lo diverso para tener una sola diana, un solo pájaro volando. La interculturalidad, en cambio, valora lo múltiple. Dice mucho al respecto los intentos de los magnates de controlar la mayoría de medios de comunicación: es una verdad la que circula, la verdad que juega para su equipo y no mete autogol.
[3] Pedro Henríquez Ureña: todas las «diferencias, en vez de significar división y discordancia, deberán combinarse como matices diversos de la unidad humana. Nunca la uniformidad, ideal de imperialismos estériles; sí la unidad, como armonía de multánimes voces de los pueblos». El empeño en recobrar la unidad primigenia es fabuloso, pero no imposible; o, al menos, debe interesar a los movimientos como variable de resistencia. Por algo el Divide et impera, norma de autoritarismos, asiste a la disolución de las congregaciones revolucionarias: porque les teme.
[4] Estos paternalistas se convierten en los dadores, sin los cuales la comunidad perecería. Se infiltran a las dinámicas del resguardo y lo adaptan a ellos, lo ponen patas arriba. Las relaciones con el gobierno las lideran ellos, letrados y discípulos de Jesús, arrinconando a las autoridades nativas.













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