
Hace poco hube de ver el entusiasmo de la masa colombiana respecto de las elecciones, y debo confesar que me siento en parte colombiano, pues en mi estancia temprana en París conocí en Saint-Germain-des-Prés a un colombiano que me invitó a conocer su cultura: Alfonso López Michelsen, posteriormente presidente de Colombia y a quien recuerdo con agrado cuando lo vi en la televisión dando una entrevista a una entonces conocida periodista, Margarita Vidal. Ella le pregunta: “¿Cómo se siente, Presidente?”. A lo que él respondió con la naturalidad y espontaneidad que lo caracterizaba: “Como de clase media, Margarita”. Ese día que lo conocí se iba a reunir con su primo Julio Mario Santo Domingo Pumarejo, un primo costeño que vivía entre Nueva York, París, Mónaco y Barranquilla. Yo, al igual que Alfonso, vengo de clase media, pero de Bolivia.
Volviendo al tema. Ese 21 de junio vi el entusiasmo del pueblo colombiano. Un pueblo muy social y con tendencias de izquierda, fenómeno que se ha consolidado, a decir verdad, en el mundo: dos polos.
Al llegar a Colombia pregunté quiénes eran los dos candidatos, de dónde venían, más que sus ideologías… y uno viene del seno de una familia rural, campesina, que con esfuerzo estudió en la universidad y se hizo muy famoso. El otro viene de una abuela materna libanesa (Aurita Chadid) y de una familia oligarca: dueños de gran parte de las tierras de Sucre, de hotelería, ganadería y del comercio de telas; sus tías se casaban con grandes políticos liberales y conservadores de la costa atlántica. De los hijos de Aurita, uno logró ser gobernador y presidente del Congreso; otro se convirtió en el hombre más poderoso de la Cámara de Representantes; una hija llegó al Concejo de Bogotá; y un yerno, al Senado de la República. Y ese legado culminó en su nieto, Iván Cepeda Castro. Ese es el otro candidato: de familia oligarca, poderosa y rica.
Por ello me causó curiosidad esa familia tan poderosa, ligada a la oligarquía y al poder, mientras el otro era un simple candidato que se superó por sus propios méritos: De la Espriella… o como se llame ese fulano.
Me dijeron que Cepeda —pese a que yo ya sabía algo del personaje— es, supuestamente, primo lejano del Gran Cacique Liberal José Guerra Tulena, cuya descendencia tiene varios primos senadores, aunque la realidad es que solamente María del Rosario Guerra fue precandidata presidencial. Situación similar ocurrió con su tía abuela (auténtica), María Chadid, abuela del recordado José Name Terán, quien fuera ministro y senador durante 40 años. Ese tipo Cepeda, honestamente, me cae hasta bien, porque la oligarquía es la destinada a gobernar los países (ajá). También me dijeron que Cepeda tenía un problema: sus primos José David Name e Iván Name andan en líos con la justicia; en este caso, Iván Cepeda no tuvo reparo alguno en negar a su familia, tal cual lo hizo su referente y adalid, el presidente Petro, negando a sus hijos.
Para ser francos, la figura más destacada de esa dinastía ha sido Iván Cepeda, quien perdió la presidencia, pues el que más cerca estuvo de ser presidente fue su primo David Name Orozco, en calidad de fórmula vicepresidencial de Alejandro Ordóñez. Esa vocación política se extiende a su tía Venut Chadit, abuela del exalcalde de Sincelejo Alfredo Quesep, y del congresista Jairo Fernández Quesep. Incluso su prima, Elvia Chadit Jattin, emparentada a su vez con Zulema Jattin.
Todo este entramado nace en Tannurin, en el Líbano, el mismo pueblo donde nacieron los Turbay; ambas familias emigraron a Colombia huyendo de la persecución de los musulmanes, forjando una amistad estrecha por años. A pesar de los triunfos de la abuela de Cepeda, como el día en que su nuera fue coronada señorita Córdoba (Esmeralda Barguil), o aquel en que su hijo Gustavo Dajer Chadid alcanzó la Presidencia del Congreso, la mujer padeció la oscuridad cuando su esposo fue expulsado en 1974 del Comité Central del Partido Comunista por “fanático, sectario y oportunista”. Por otra parte, su hija denunciaba persecución del gobierno de Turbay, irónicamente, porque su hermano era ministro de Agricultura de ese mismo gobierno; es decir, ¿el hermano persiguiendo a la hermana?
Sin embargo, la tragedia se ensañó mucho más con Aurita tras la muerte prematura de su hija, Yira Castro Chadid, antigua concejal de Bogotá y madre de Iván Cepeda, quien falleció de cáncer luego de buscar tratamiento en La Habana y Moscú; además, con la condena de su hijo Saúd a 10 años de prisión por peculado por apropiación. Superados estos contratiempos, convivieron —conviven todavía— en esta legislatura cinco miembros de esa misma dinastía: los senadores José David, Iván y Leónidas Name; María Angélica Guerra e Iván Cepeda Castro. Todos junto al representante Luis David Suárez Chadid: de partidos distintos, pero primos todos. Sin duda, el de mayor proyección es Iván Cepeda, miembro de una vasta oligarquía que nunca ha dejado de aferrarse al poder.
Lo que quiero decir es que ganó el candidato sin ninguna estirpe política, de familia campesina, Abelardo de la Espriella, y perdió el candidato de una rancia oligarquía colombiana. Así es la democracia, así es el pueblo: impredecible, soberano y, en su sabiduría profunda, capaz de reconocer que el apellido no hace al hombre, sino el hombre al apellido. Que el triunfo del advenedizo no es más que la victoria de la meritocracia sobre el linaje: del esfuerzo sobre el privilegio. Y que la oligarquía, aunque se vista de seda y se cubra de laureles académicos, termina siendo juzgada por el único tribunal que no admite componendas: las urnas.
Al final, como aquel presidente de clase media decía con su ironía fina, la historia la escriben los que eligen, no los que heredan. Y Colombia, en esta ocasión, eligió bien (le tocaba).
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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