“La lealtad y obediencia hacia el orden constitucional, no puede hacer más que crecer cuándo un ciudadano-soldado tiene el derecho de votar a favor del futuro de su país. ”
En respuesta al acto legislativo del Senador Germán Rodríguez, que busca enmendar la Constitución para permitir el sufragio de la Fuerza Pública, las críticas no cesan. Más allá de refutar, argumento aquí a favor del sufragio, pues ese es el objetivo, no la deliberancia ni partidismos, que son, naturalmente, temas distintos.
Se ha vuelto una moda, principalmente por los compatriotas en la izquierda política, odiar a los miembros de la Fuerza Pública. Por este odio voraz que detentan, han anulado cualquier virtud que la institución y sus miembros en su esencia. Tal vez por esto, y el control desmedido en la educación que este pensamiento tiene, es que se nos ha olvidado la ética profunda que goza la Fuerza Pública.
El altruismo y sacrificio propio son las principales virtudes que se pueden resaltar. El militar o policía, dedica su cuerpo y mente a la defensa de la ciudadanía, la patria, y el Estado colombiano. Aún con miedo, la valentía de estos ciudadanos para ponerse entre la población y aquellos que buscan dañarla demuestra su disposición a sobreponer al colectivo sobre su propio bienestar. Cualquiera con el civismo necesario para poner en riesgo sus vidas protegiendo a otros, demuestran, de forma contundente, su capacidad moral para elegir de forma responsable a los líderes del país.
La lealtad a la patria es otra virtud que se puede resaltar. El amor ilimitado que siente el miembro de la Fuerza Pública por su hogar, es aquel que le compele de poner su cuerpo en contra de la desolación de la guerra. Los marinos de Colombia cantan sobre el alumbrado de los dos luceros, “el de mi patria y el de mi hogar”. En términos prácticos, son lo mismo.
Cualquiera que conozca la dignidad entera de un soldado puede únicamente comprender que él lucha, no por odio, sino por su amor a lo que trae detrás. Su lealtad y amor a la patria son la base de su heroísmo. El heroísmo que le implica dar su vida por una sociedad que lo ha despreciado, que lo difama, que lo trata de sanguinario, con tal de salvar una vida, de proteger a una minoría, y de defender lo correcto.
No se nos olvide que el compromiso primordial de la Fuerza Pública es ante la Constitución, no los políticos, partidos, o presidentes. La lealtad y obediencia hacia el orden constitucional, no puede hacer más que crecer cuándo un ciudadano-soldado tiene el derecho de votar a favor del futuro de su país.
¿Con qué moral, entonces, se le niega a la Fuerza Pública sus derechos? Aquellos que luchan por la libertad, el orden, y el bienestar de los colombianos. ¿Con qué derecho se trata al militar como carne de cañón, un número, un ciudadano de segunda clase?
En nuestra democracia presente, para bien o para mal, se ha perdido aquél noble concepto de Cursus Honorem (“curso de honor”); la expectativa hacia la clase política de servir a la defensa del Estado antes de buscar controlarlo. En épocas romanas, era común e incentivado prestar un servicio militar antes de volverse político y de tomar las riendas de las leyes. Este curso de honor daría perspectiva al ciudadano de las complejidades del Estado, lo acercaría a la población, y le daría experiencia de las potenciales consecuencias de sus actos. Este curso demostraría quién era capaz de sacrificarse por el colectivo, y que, como político, no actuara por gloria, deseo, y lucro personal, sino a favor de la sociedad por la cuál luchó.
A la Fuerza Pública se le obliga a actuar de determinada manera, pero se le aliena completamente de la opción de escoger los propósitos y la visión para la cuál servir. Ahí no existe justicia.
Lo tenemos todo al revés. Aquél más potencialmente impactado por una decisión gubernamental es quién debe gozar mayor defensa en sus derechos. Si el gobierno decide emprender una guerra a su capricho, la Fuerza Pública debería tener la capacidad de votar, pues cada ciudadano puede estar a favor o en contra de un determinado curso de acción. Como van las cosas, los civiles votan por armar guerra, o caer oprimidos ante una paz apócrifa que no les impacta directamente a ellos.
Todo lo anterior se puede resumir en: virtud cívica. La Fuerza Pública, más que nadie, entiende lo que implica el sacrificio personal a favor del cuerpo político, a favor de las instituciones que cuidan y protegen a la población general. El civil a duras penas conoce la dificultad de este sacrificio, y aún así se le defiende (correctamente) su derecho a votar. La Fuerza Pública en Colombia, efectivamente, es ciudadanía de segunda clase, con máximas responsabilidades, y mínimos derechos.
La esperanza de acabar la discriminación injustificada en Colombia yace en nosotros, que la injusticia no pase simplemente por nuestros ojos. Espero que la oposición tenga la honestidad para el debate y mucho más, pero como nos recuerda el Coronel DuBois, “Se puede llevar a un niño al conocimiento, pero no se le puede obligar a pensar.”














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