Candidatos que le huyen al país

Andrés Barrios Rubio

 “Es preciso señalar que la democracia no se fortalece con discursos incendiarios en redes sociales ni con frases diseñadas para viralizarse. La democracia se somete a una evaluación cuando aquellos que aspiran a gobernar un país aceptan someterse al escrutinio público, responder a preguntas incómodas y confrontar sus ideas frente a sus contradicciones. En este sentido, Colombia evidencia un problema alarmante de cara a las elecciones del próximo 31 de mayo, los candidatos punteros parecen mostrar mayor comodidad evitando el debate que enfrentando al país.


Es sorprendente que personalidades como Iván Cepeda Castro y Abelardo de la Espriella no hayan aprovechado la oportunidad de presentarse ante escenarios serios, académicos y periodísticos para exponer sus propuestas y permitir que los ciudadanos contrasten sus perspectivas sobre el país. Incluso instituciones de renombre como Asocapitales no han logrado congregar a todas las partes involucradas para entablar un diálogo nacional. Este hecho no debe tomarse como una anécdota menor. Se trata de un síntoma que merece una atención especial.

En el contexto colombiano, se ha observado una tendencia creciente entre los candidatos a optar por el monólogo en lugar del debate como método de comunicación política. Se expresa en vídeos meticulosamente editados, en entrevistas complacientes o en plataformas ante multitudes de seguidores que aclaman cualquier expresión efectista. Sin embargo, es importante comprender que gobernar no se trata simplemente de recibir aplausos. Gobernar implica estar preparado para enfrentar preguntas complejas, explicar discrepancias y defender propuestas ante situaciones de alta presión. El problema radica en que, en la actualidad, los extremos políticos parecen compartir exactamente el mismo temor, ser confrontados.

Para Iván Cepeda Castro, el debate representa un terreno particularmente complejo. Ciertamente, no solo habría que considerar su evidente cercanía histórica e ideológica de ciertos sectores de la izquierda con las FARC y sus disidencias, sino que también sería necesario explicar el fracaso operativo del progresismo en el ejercicio del poder. La narrativa épica del cambio se ha visto obstaculizada por la realidad de la improvisación, la ineficiencia administrativa y el desgaste permanente de un gobierno atrapado en la confrontación ideológica.

A esto se suma otra dificultad evidente, la incapacidad de salirse del libreto prefabricado por sus asesores. Cada aparición pública parece meticulosamente planificada en un papelito para evitar errores, aunque en el proceso pueda transmitir una sensación de artificiosidad. En el contexto colombiano, se requiere de líderes que puedan pensar y responder de manera oportuna y efectiva. Estos líderes no deben limitarse a ser voceros que dependen de frases memorizadas o discursos cuidadosamente ensamblados por equipos de comunicación.

Debe tenerse en cuenta que el país está atravesando una coyuntura de suma importancia. Colombia está experimentando una crisis de seguridad, deterioro institucional, polarización política, desconfianza ciudadana y agotamiento económico. En consecuencia, los ciudadanos merecen recibir respuestas concretas y no meras consignas recicladas. Si el problema de Iván Cepeda Castro radica en su incapacidad para abordar el pasado y el presente del progresismo, Abelardo de la Espriella tampoco parece presentar una propuesta alternativa sólida más allá del espectáculo discursivo.

Abelardo de la Espriella construye su figura sobre una retórica de mano dura, confrontación y autoridad, que encuentra eco en una ciudadanía hastiada de la violencia y el desorden. Sin embargo, transformar la indignación social en una propuesta gubernamental sólida requiere mucho más que declaraciones contundentes y posturas radicales frente a la delincuencia. Es preciso considerar que existe una significativa diferencia entre la teoría y la práctica.

Más allá de la retórica de extrema derecha, del autoritarismo camuflado de firmeza y de las frases hechas que muchos anhelan escuchar, resulta difícil hallar propuestas concretas sobre temas estructurales. Colombia requiere medidas que vayan más allá de la seguridad. Asimismo, se requiere la presentación de respuestas en relación con asuntos laborales, educativos, de salud, la transición energética, la transformación digital, la institucionalidad, las relaciones internacionales y la sostenibilidad económica. Gobernar un país no se asemeja a conducir un programa de opinión ni a protagonizar videos virales. La gestión efectiva requiere de un enfoque profundo, una sólida preparación y competencias técnicas sólidas.

En este sentido, ambos extremos exhiben una mayor similitud de lo que se podría reconocer abiertamente. Se elude el debate por el peso del pasado ideológico y la deficiente ejecución gubernamental de la izquierda. El segundo parece eludirlo porque el marketing político resulta más conveniente que la discusión técnica y programática. Ambas partes reconocen que, en un debate de naturaleza seria, el relato emocional comienza a mostrar signos de debilidad. Este fenómeno constituye el principal desafío de la política contemporánea, numerosos candidatos han llegado a la conclusión de que, en la era digital, resulta más beneficioso crear personajes que propuestas.

Las plataformas de redes sociales han transformado el ámbito político en un ecosistema de percepción permanente. Actualmente, la solidez argumentativa ha sido desplazada en importancia por la capacidad de generar impacto emocional. La viralidad ha reemplazado a la profundidad. El algoritmo prioriza la reacción emocional sobre la reflexión racional. Un elevado número de candidatos se instruyó estrictamente conforme a las normas establecidas. Por esta razón, se evita el ejercicio del periodismo incómodo.

Un debate real puede comprometer la integridad de un vídeo editado, por lo que se debe considerar cuidadosamente su implementación. Este hecho obliga a los candidatos a desarrollar habilidades de improvisación, argumentación y defensa de posiciones frente a contradicciones evidentes. Expone vacíos conceptuales. Se solicita la ruptura de los personajes. Resulta necesario evaluar si existe un proyecto de país subyacente a la narrativa presentada. Es sumamente alarmante que este deterioro democrático esté alcanzando niveles de normalización. Ciertamente, resulta cuando menos curioso que aquellos individuos que aspiran a liderar Colombia se tomen la molestia de seleccionar meticulosamente el momento oportuno para dirigirse a la población, así como las personas adecuadas con las que establecer contacto. Tampoco es menos llamativo el hecho de que se muestren tan cautos a la hora de elegir las cuestiones que desean abordar. La democracia no opera bajo ese procedimiento.

Un candidato que evita el debate público podría estar transmitiendo implícitamente al país su preferencia por controlar la narrativa mediática en lugar de confrontar la realidad objetiva. Este hecho debería ser motivo de preocupación tanto para quienes apoyan a la izquierda como para quienes simpatizan con la derecha. El problema va más allá de una simple discrepancia ideológica. El problema en cuestión es de naturaleza democrática. Colombia no requiere de figuras mediáticas adicionales. Es preciso contar con líderes que puedan afrontar preguntas difíciles sin evadirlas mediante asesores, consignas o personajes ficticios diseñados para TikTok. Es clave contar con candidatos que posean la capacidad de debatir ideas con altura, sustentar propuestas y aceptar el escrutinio público como parte esencial de la democracia.

El 31 de mayo se llevará a cabo una elección que trascenderá más allá de un simple proceso electoral. Asimismo, se analizará el tipo de política que los ciudadanos de Colombia están dispuestos a tolerar. Si el país acepta candidatos que eluden el debate, el problema se extenderá más allá de aquellos que aspiran al poder. Asimismo, se trata de una ciudadanía que ha dejado de exigir a sus líderes el mínimo democrático de rendición de cuentas.

Andrés Barrios Rubio

PhD. en Contenidos de Comunicación en la Era Digital, Comunicador Social – Periodista. 23 años de experiencia laboral en el área del periodística, 20 en la investigación y docencia universitaria, y 10 en la dirección de proyectos académicos y profesionales. Experiencia en la gestión de proyectos, los medios de comunicación masiva, las TIC, el análisis de audiencias, la administración de actividades de docencia, investigación y proyección social, publicación de artículos académicos, blogs y podcasts.

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