Vivimos tiempos en los que resulta más fácil descalificar que comprender.
Este artículo no intenta convencer a nadie ni cambiar el voto de nadie.
Sólo propone un ejercicio poco frecuente: ponerse, por un momento, en el lugar del otro.
Quizá descubramos que muchas de nuestras diferencias nacen de historias distintas y no necesariamente de malas intenciones.
Los invito a leerlo. Como siempre, serán bienvenidos los acuerdos, los desacuerdos y, sobre todo, el respeto
En tu lugar, pensaría lo mismo.
Es bastante posible, y razones no te deben faltar, para estar disconforme con el presidente Milei como persona. Por su arrogancia y el desprecio que suele mostrar hacia quienes no piensan como él. Con un gobierno que muchos consideran entreguista del patrimonio nacional y de un abyecto seguidismo con Donald Trump, su gobierno y su país.
Con un equipo de gobierno que, por momentos, parece convivir con naturalidad frente al dolor y al sufrimiento de buena parte de la sociedad. Con sus permanentes internas y con los casos de corrupción que van aflorando, hasta llevar a muchos a preguntarse: si esto es lo que ya trascendió, ¿cuántas cosas más permanecerán ocultas?
Viendo cómo estamos los jubilados, los empleados públicos —con y sin uniforme—, los médicos, los docentes, los investigadores y tantos otros sectores, pareciera haber un ensañamiento difícil de comprender. Mientras tanto, se sigue agitando el parche de la macroeconomía, que casi nadie termina de entender del todo y frente a la cual la mayoría sólo se pregunta:
¿Y a mí, cuándo me toca?
Te aseguro que te entiendo. Vivo con una jubilación miserable después de casi cuarenta años de aportes, muchos de ellos realizados simultáneamente en más de una Caja. Muchas de las cosas que suceden tampoco me gustan.
Pero antes de cualquier análisis convendría hacer algunas diferenciaciones.
Si sos votante de Unión por la Patria, justicialista por Perón y Evita, por Néstor y Cristina, y como mucho aceptás que el gobierno de Alberto Fernández no fue del todo bueno, entiendo que estés a las puteadas con este gobierno. En muchos aspectos representa la antítesis de aquello en lo que creés.
Si pensás que la causa de los Cuadernos fue un invento y que Cristina Fernández de Kirchner es víctima de una persecución judicial, entiendo que te quieras comer crudo al presidente Milei, a buena parte de su gabinete, a la Justicia y hasta al vendedor de churros que pasa por la puerta con ese pito insoportable.
En tu lugar, pensaría lo mismo.
Si sos votante de la izquierda, de esos que van a todas las marchas, militan en las fábricas, participan de las comisiones internas y ponen el cuerpo en cada manifestación, viendo a este gobierno alinearse con los Estados Unidos es lógico que se te revuelvan las tripas.
Cuando ves que arreglan con el FMI y seguimos destinando recursos al pago de intereses en lugar de volcarlos al bienestar del pueblo trabajador, es natural que te subleve. Te juro que te entiendo.
Si además estás convencido de que la justicia social debe ser la bandera de cualquier gobierno y que el Estado tiene la responsabilidad de proteger y fortalecer al pueblo trabajador, resulta perfectamente lógico que defiendas al peronismo.
En tu lugar, pensaría lo mismo.
Sarna con gusto, no pica.
Hay otro sector de la sociedad que, desde el primer día, apoyó a Javier Milei. Lo votó convencido de que era necesario un cambio profundo y de que había que terminar con un modelo que, a su juicio, había llevado al país al estancamiento económico, a la inflación y a una corrupción estructural.
Si pertenecés a ese grupo y considerás que el equilibrio fiscal, la baja de la inflación y la estabilidad del dólar son logros suficientes para sostener este rumbo, también puedo entender tu posición.
Aunque muchas de las consecuencias sociales de ese modelo me preocupen, sería deshonesto negar que hay argentinos que valoran esos resultados por encima de cualquier otra consideración.
En tu lugar, pensaría lo mismo.
Deshojando la margarita llegamos al último grupo. Quizá sea el más complejo de todos.
Me refiero a quienes votaron a Patricia Bullrich en la primera vuelta y, en el balotaje, acompañaron a Javier Milei. No porque se hubieran vuelto libertarios de la noche a la mañana, sino porque entendieron que era el único camino para impedir la continuidad del kirchnerismo.
Pero hagamos un poco de memoria, subjetiva y hasta tendenciosa, por cierto, aunque jamás malintencionada.
Si sos uno de ellos, seguramente todavía recordás la gestión de Alberto Fernández, la pandemia, los vacunatorios VIP, la fiesta de Olivos, el “Plan Platita”, las SIRA, la inflación descontrolada, la inseguridad creciente y la sensación de que el Estado había dejado de administrar para comenzar a improvisar.
Con ese panorama, era perfectamente comprensible que buscaras una alternativa.
En tu lugar, probablemente también hubiera hecho lo mismo.
Hoy, muchos de quienes integran ese sector experimentan una enorme desilusión. No porque hayan dejado de cuestionar al kirchnerismo. Eso, probablemente, siga igual. La decepción nace de otra parte.
De comprobar que algunas promesas no se cumplieron, que ciertas formas de hacer política permanecen y que varias decisiones de gobierno terminaron alejándose de aquello que esperaban cuando depositaron su voto.
a reacción de ese sector no se limita a cuestionar al Presidente. También expresa su malestar frente a decisiones vinculadas con las universidades, la salud pública, la situación de los jubilados, la política científica, la Ley de Tierras y otros temas que consideraban ajenos al cambio por el que habían votado. Y los entiendo.
Porque nadie vota un proyecto imaginando que, poco tiempo después, tendrá que salir a justificar aquello con lo que no está de acuerdo.
En tu lugar, pensaría lo mismo.
Lo que me cuesta un poco más entender es otra cosa.
Que muchos de quienes llegaron al Congreso bajo una bandera política hayan cambiado de camiseta con una facilidad asombrosa, sin sentir siquiera la necesidad de explicarles a sus votantes por qué lo hicieron.
Un ciudadano tiene todo el derecho del mundo a cambiar de opinión. Todos aprendemos, todos nos equivocamos y todos podemos modificar nuestras ideas. Pero un legislador no representa solamente su conciencia.
Representa, además, el mandato de miles de ciudadanos que lo eligieron creyendo en un determinado proyecto político. Cuando ese compromiso se rompe sin una explicación convincente, la confianza también se rompe.
Y eso sí me preocupa. Mucho más que las discusiones de todos los días.
Porque dedicar horas a indignarse por cada declaración del presidente, por cada discurso o por cada provocación, termina siendo, muchas veces, como chuparle la punta a un clavo. Sirve para descargar bronca. No cambia absolutamente nada.
En cambio, exigir coherencia a quienes elegimos para representarnos puede ayudar a mejorar la calidad de nuestra democracia.
Dentro de poco volveremos a votar. Ojalá, esta vez, prestemos tanta atención a la honestidad intelectual y a la coherencia de los candidatos como a sus promesas de campaña.
Porque un buen representante no es el que cambia de camiseta con mayor rapidez. Es el que tiene el coraje de sostener sus convicciones o, si las cambia, de mirar a sus votantes a los ojos y explicarles por qué.
Después de todo lo dicho, no pretendo convencerte de nada.
Simplemente intenté hacer un ejercicio que, en estos tiempos, parece estar perdiéndose: ponerme, por un momento, en el lugar del otro.
No para darle la razón. Tampoco para renunciar a la mía. Sólo para comprender cómo llegó a pensar cómo piensa.
Y si hubiera vivido tu historia, atravesado tus mismas experiencias y sentido tus mismas decepciones…muy probablemente pensaría lo mismo.













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