¿Y del desempleo cuándo hablamos?

“Lo más delicado es que esto no es un debate abstracto. El desempleo tiene consecuencias sociales concretas: más fragilidad en los hogares, más informalidad, más pobreza, menos capacidad de consumo, menos oportunidades para los jóvenes y menos tranquilidad para miles de familias. Y eso importa todavía más en un país donde la pobreza monetaria, aunque ha bajado, sigue siendo muy alta. En 2024, la pobreza monetaria en Colombia fue de 31,8%, por encima del promedio de América Latina, que la CEPAL estimó en 25,5%. O sea: no estamos hablando de una economía que ya resolvió sus grandes deudas sociales, estamos hablando de un país que todavía tiene una enorme vulnerabilidad, y que por eso debería replantearse este tipo de decisiones antes de asumir como normal una política monetaria tan dura.”


En Colombia volvió a estallar la discusión por la decisión del Banco de la República de subir la tasa de interés en 100 puntos básicos, hasta 11,25%, en un momento en que la inflación anual de marzo de 2026 fue de 5,56%. Como siempre, el país se dividió entre quienes aplauden la mano dura contra la inflación y quienes advierten que esa decisión enfría la economía, encarece el crédito y termina golpeando el empleo. Pero más allá de la coyuntura, esta polémica deja una pregunta mucho más importante: en Colombia discutimos la inflación como si fuera una emergencia nacional, pero casi nunca hablamos con la misma indignación del desempleo.

Es importante precisar: la inflación importa, y mucho. Nadie serio puede decir que no. La inflación castiga el bolsillo, deteriora el ingreso real y afecta sobre todo a los hogares más vulnerables. El problema no es reconocer eso. El problema es actuar como si ese fuera el único dolor económico que merece atención pública. Porque cada vez que se toma una decisión monetaria muy restrictiva, hay una pregunta que casi nunca se formula con suficiente honestidad: ¿cuánto desempleo estamos dispuestos a tolerar para mantener la inflación bajo control?

Esa pregunta es todavía más urgente en un país como Colombia, donde el desempleo no es una rareza ni un accidente: es una enfermedad vieja. En febrero de 2026 la tasa de desempleo fue de 9,2%, una cifra que en muchos países sería vista como alarmante, pero que aquí muchas veces se recibe con resignación. Y cuando uno compara a Colombia con la región, el panorama no mejora. Con datos recientes comparables del Banco Mundial, Colombia aparece otra vez en el grupo de países con mayor desempleo de América Latina; y si uno deja aparte casos excepcionales o de muy difícil comparación, como Venezuela y Haití, seguimos siendo el más alto de la región.

Tabla de desempleo total en 2025, países de América
País Porcentaje
Colombia 8,9*
Panamá 8,3
Chile 8,3
Uruguay 7,5
Argentina 7,1
Canadá 6,9
Costa Rica 6,8
Brasil 5,9
Perú 5,1
República Dominicana 5,1
Nicaragua 5,0
Honduras 4,9
Paraguay 4,8
Estados Unidos 4,1
Ecuador 3,3
El Salvador 3,3
Jamaica 3,2
Bolivia 2,9
México 2,6
Guatemala 2,6
Promedio 5,1
Datos Banco mundial 2025

*Aunque actualmente el desempleo en Colombia es de 9,2, se toma la cifra de 8,9 que da el banco mundial como promedio del 2025.

Y aquí es donde el debate se vuelve además de técnico, político, social y moral. Porque no se trata solo de un número en una junta técnica. Se trata de aceptar o no que miles de personas se queden sin empleo, para defender una meta de inflación que muchas veces se presenta como intocable. Esa es la discusión de fondo: no si la inflación importa, sino por qué en Colombia parece importar mucho más que el trabajo.

En otras partes del mundo esa discusión es más abierta. La Reserva Federal de Estados Unidos, por ejemplo, no tiene como única preocupación la estabilidad de precios: su mandato incluye también el máximo empleo. En China, aunque el diseño institucional es distinto, la política monetaria también se piensa en relación con el crecimiento y el empleo, no solo con la inflación. Es decir: hay bancos centrales y economías que entienden que la estabilidad no puede medirse únicamente por el comportamiento de los precios, sino también por la capacidad de generar trabajo y sostener la actividad económica.

Colombia, en cambio, ha construido una cultura económica en la que la estabilidad macroeconómica suele celebrarse incluso cuando convive con resultados sociales mediocres. Nos acostumbramos a decir con orgullo que ya no tenemos las inflaciones de los años ochenta, cuando el país llegó a convivir con tasas superiores al 25%. Y eso, por supuesto, es un logro. Pero mientras celebramos ese triunfo, dejamos casi intacto otro problema histórico: el desempleo persistentemente alto. En Colombia, tener un desempleo de un solo dígito sigue siendo casi una excepción digna de aplauso, cuando debería ser apenas un punto de partida.

Lo más delicado es que esto no es un debate abstracto. El desempleo tiene consecuencias sociales concretas: más fragilidad en los hogares, más informalidad, más pobreza, menos capacidad de consumo, menos oportunidades para los jóvenes y menos tranquilidad para millones de familias. Y eso importa todavía más en un país donde la pobreza monetaria, aunque ha bajado, sigue siendo muy alta. En 2024, la pobreza monetaria en Colombia fue de 31,8%, por encima del promedio de América Latina, que la CEPAL estimó en 25,5%. O sea: no estamos hablando de una economía que ya resolvió sus grandes deudas sociales, estamos hablando de un país que todavía tiene una enorme vulnerabilidad, y que por eso debería replantearse este tipo de decisiones antes de asumir como normal una política monetaria tan dura.

En este sentido, la cuestión no es simplista. No se trata de afirmar que el Banco de la República deba abandonar su preocupación por la inflación, eso sería absurdo, la discusión de fondo es otra: si en una economía como la colombiana la estabilidad macroeconómica debería seguir reduciéndose casi exclusivamente al control de los precios, o si ya es hora de pensar en marcos diferentes, donde junto a la inflación también se considere de forma más explícita la promoción del empleo, el dinamismo productivo y la salud general de la economía.

Y quizás esa sea la pregunta que Colombia lleva demasiado tiempo evitando: ¿cuánto empleo puede sacrificar una sociedad en nombre de la estabilidad de precios? Porque si seguimos tratando el desempleo como un daño colateral aceptable de la disciplina macroeconómica, entonces el problema ya no es solo técnico. Es también una elección de país.

Gerónimo Suaza Gómez

Economista de la Universidad de Antioquia, magister en economía aplicada de la Universidad Eafit, con interés en los impactos económicos de los conflictos sociales y geopolíticos, la economía internacional y las economías alternativas.

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