Una reflexión sobre el 25 de mayo y el ideal de libertad que inspiró la Revolución de Mayo
Cada 25 de mayo, los argentinos recordamos el momento fundacional en que un pueblo comenzó a decidir su propio destino. La Revolución de Mayo de 1810 no fue solo un acto de independencia política respecto de la metrópoli española; representó, en su esencia más profunda, la irrupción de la idea de que la autoridad legítima emana del consentimiento de los gobernados y que los individuos poseen derechos anteriores y superiores al poder político.
Desde una perspectiva liberal clásica, aquel cabildo abierto y las jornadas que lo siguieron encarnaron principios que siguen siendo vigentes y, lamentablemente, aún no del todo realizados. Los hombres que impulsaron el proceso independentista —ilustrados por las ideas de Locke, Montesquieu y los economistas escoceses— comprendieron que la libertad excede la mera ausencia de dominio extranjero: supone el derecho de cada persona a disponer de su vida, su trabajo y sus bienes sin interferencias arbitrarias. Del mismo modo, la soberanía popular, entendida correctamente, no equivale a la omnipotencia de las mayorías circunstanciales; presupone el reconocimiento de que el poder estatal debe estar limitado por reglas impersonales y por la protección de las libertades individuales.
Sin embargo, la historia argentina posterior a 1810 ha sido una sucesión de avances y retrocesos en esta senda. Logramos independizarnos y organizarnos constitucionalmente bajo inspiración liberal en 1853, incorporando garantías individuales, división de poderes y libre comercio. Pero también caímos repetidamente en la tentación del autoritarismo, el proteccionismo económico y la concentración de poder. El resultado ha sido previsible: ciclos de estancamiento, inflación crónica, fuga de talentos y una erosión persistente de la propiedad privada y la seguridad jurídica.
En un momento en que la República vuelve a debatir su rumbo, el 25 de mayo debe servirnos como recordatorio de lo que fuimos capaces de imaginar en los albores de nuestra existencia como nación. Aquellos patriotas no lucharon por sustituir un amo lejano por amos locales más intervencionistas. Aspiraron a una patria de hombres libres, donde el mérito, el esfuerzo y la iniciativa individual pudieran desplegarse sin trabas artificiales. La libertad económica, la libertad de expresión, la libertad de asociación y el respeto al Estado de Derecho no son adornos ideológicos: son condiciones necesarias para la dignidad humana y para el progreso material y moral de una sociedad.
Hoy, como entonces, enfrentamos la disyuntiva entre dos concepciones del orden social. Una que confía en la planificación centralizada, en la redistribución compulsiva y en la primacía del Estado sobre el individuo. Otra que, fiel al espíritu de Mayo, defiende la primacía del derecho sobre el poder, la responsabilidad personal sobre la tutela estatal y la cooperación voluntaria sobre la coerción. La evidencia histórica y comparada es abrumadora: las naciones que han optado consistentemente por la segunda senda han generado mayor prosperidad, movilidad social y respeto a los derechos fundamentales.
Celebrar el 25 de mayo no implica un ejercicio nostálgico: significa renovar el compromiso con aquel impulso original de autodeterminación. Significa exigir instituciones que protejan la vida, la libertad y la propiedad de cada ciudadano sin distinción. Significa rechazar tanto el populismo que promete soluciones fáciles a costa del futuro como el autoritarismo que confunde orden con sumisión.
En este nuevo aniversario, los argentinos que valoramos la tradición liberal clásica renovamos nuestra convicción: solo una república de individuos libres, responsablemente soberanos y protegidos por leyes estables puede cumplir el sueño de grandeza que vislumbraron los próceres de mayo. La libertad no es un lujo: es la condición indispensable para que una nación alcance su pleno potencial.
Que este 25 de mayo nos encuentre honrando no solo los hechos históricos, sino, sobre todo, el principio moral que los inspiró: el derecho de cada ser humano a vivir según su propia razón y conciencia, bajo un gobierno limitado que actúe como guardián, nunca como dueño.
¡Viva la Patria!
Esta reflexión fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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