¿Es el Petro-Uribismo un caballo de Troya?

Jesús David Mora Diaz alponiente al poniente (11)

Hace más de 2.700 años, y a más de 11.000 kilómetros de estas tierras, se desarrolló una de las historias más beligerantes de la humanidad, que posteriormente sería inmortalizada en la literatura griega y cuya estrategia más famosa ha trascendido hasta nuestros días: el caballo de Troya. Tanto fue su éxito que hoy parece estar en marcha una versión política de aquella estrategia en Colombia.

Hoy los personajes son distintos, pero, en esta interpretación, la finalidad parece ser la misma: engañar, destruir y sembrar un ambiente de desesperación.

Hoy Petro personifica al rey Agamenón, quien finge retirarse junto con su ejército —el petrismo— después de haber sitiado durante años al uribismo, protegido por las murallas de un legado, la defensa de la seguridad y miles de ciudadanos que lo han respaldado durante todos estos años, mientras este adversario y su principal contradictor, Iván Cepeda, han intentado borrarlo del mapa político.

Troya logró resistir durante diez años el asedio de los griegos; el uribismo, por su parte, ha soportado 24 años de ataques del petrismo. Desde 2002, cuando Petro llegó a la Cámara de Representantes y rápidamente comenzó su confrontación política con Álvaro Uribe, no ha habido un solo instante en que no se haya podido palpar el interés de este adversario por ver al uribismo convertido en ruinas, al igual que aquella legendaria ciudad de Anatolia.

Petro parece marcharse y hacerse el desentendido de la política, pero antes deja una “ofrenda” como señal de su retirada. Esta vez no existe un caballo de madera; en esta oportunidad, el caballo se asemeja a un pacto, una unidad y una convergencia de intereses que algunos sectores presentan ante la opinión pública como una amalgama de fraternidad. Algunos incluso han acuñado el término “Petro-Uribismo”.

Las últimas coincidencias en el escenario legislativo entre el uribismo y el petrismo han sido, precisamente, eso: coincidencias que muchos han querido vender como “jugaditas” de cordialidad entre dos orillas históricamente distantes.

En medio de esas coincidencias legislativas —como la elección del presidente del Senado y el permiso solicitado por el expresidente Petro—, Cepeda habría encontrado una oportunidad para intentar ingresar al interior del uribismo y desdibujar su imagen, haciendo parecer que existe una alianza.

Resulta curioso que el senador Iván Cepeda, después de haber sido uno de los contradictores más acérrimos de Álvaro Uribe, hiciera alarde de su voto por Honorio Enríquez a la Presidencia del Senado. Incluso lo mostró ante las cámaras y dejó un sinsabor entre los uribistas, pues quien históricamente ha estado en la orilla contraria ahora quería mostrarse como “cercano”. Todo ello, desde esta perspectiva, podría interpretarse como un intento de golpear la coherencia ideológica y el legado del uribismo.

En su más reciente intento por generar descontento entre los simpatizantes del uribismo, hizo un gesto público de “agradecimiento” al Centro Democrático por haber votado a favor del permiso para que el presidente Petro pudiera salir del país.

Una intervención que, a ojos de un incauto, podría dejar en entredicho la fuerza del discurso del uribismo. Sin embargo, el Centro Democrático no votó a favor por capricho ni para cumplir un pacto o devolver un favor, como algunos sostienen. Lo hizo en el marco institucional y democrático. Y es importante destacar que fue la única bancada que condicionó el permiso en términos de fechas, lugar, duración y motivos del viaje.

La matemática deja algo claro: el Centro Democrático no fue decisivo para la aprobación del permiso de Petro. Pretender responsabilizarlo por una decisión que, incluso con todos sus votos en contra, habría sido aprobada, es más un ejercicio de narrativa política que de realidad.

De los 103 senadores, 73 votaron a favor y 11 en contra, para un total de 84 votos, mientras que 19 no participaron en la votación. Pero hagamos la cuenta completa: aun si toda la bancada del Centro Democrático hubiese votado en contra, Petro habría obtenido el permiso con 56 votos a favor frente a 28 en contra.

A quienes seguimos creyendo en el legado del uribismo les digo algo sencillo: no nos dejemos confundir. La política también está hecha de gestos, de símbolos y de estrategias, y no todo acercamiento significa una alianza ni toda coincidencia debe hacernos olvidar aquello en lo que creemos.

Puede que este “Petro-Uribismo” no sea más que una mala interpretación política, pero, si algo nos enseña la historia de Troya, es que las murallas no siempre caen por los ataques que vienen de afuera. A veces, el mayor peligro aparece cuando dejamos de reconocer aquello que durante años hemos defendido.

Por eso, más que mirar con miedo al caballo, debemos mantener intactas nuestras convicciones. No se trata de cerrar las puertas a quien piensa diferente, sino de no permitir que, por ingenuidad o conveniencia, terminemos entregando desde adentro aquello que tantos colombianos han ayudado a construir y defender.

Jesús Mora Diaz

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