![]()
Resumen Ejecutivo
La semana giró sobre una misma variable con dos caras. La inflación estadounidense de julio se moderó —IPC en 3,4%, subyacente en 2,5%— y retiró el alza de tasas que la Fed sopesaba, pero esa desinflación descansó en una energía que ya empezó a revertir: el crudo rebotó cerca del 10% y el bloqueo naval de Ormuz reinstaló la prima de riesgo, de modo que el mismo petróleo que hizo posible la pausa amenaza con deshacerla en agosto. El mercado leyó el mensaje: retiró la subida de septiembre en el tramo corto pero empinó la curva, con el Tesoro a 10 años en máximos desde 2007, cobrándole a la Fed por adelantado la inflación energética y la deuda que un déficit fiscal en récords de cinco años obliga a colocar.
El resto del tablero se ordenó en torno a ese desacople. Europa creció 0,4% en apariencia, pero depurada la distorsión contable irlandesa apenas avanzó 0,3%, con su núcleo industrial franco-alemán estancado y una inflación que volvió a acelerar por el canal energético, dejando al Banco Central Europeo sin margen. Asia mostró su fractura habitual: China marcó un superávit externo récord que solo delata la debilidad de su demanda interna, mientras Japón se apresta a subir tasas en septiembre para frenar un yen que ninguna intervención logró sostener. América Latina encajó el choque comercial estadounidense desde estrategias opuestas, con México negociando desde la integración y Brasil retaliando desde la confrontación.
Colombia vivió su semana definitoria. Un terremoto de magnitud 7,4 golpeó la infraestructura y el flanco fiscal más tensionado en décadas, con un déficit cercano al 8% del PIB y una reconstrucción de 1% a 2% del producto que financiar, justo cuando el Congreso devolvía el Presupuesto 2027 por inconsistente y la inflación básica se resistía a ceder en 6,01%. En los mercados, el COLCAP lideró la región por resultados corporativos y el peso encadenó su cuarta semana al alza, pero esa fortaleza —montada sobre un dólar débil, el carry y un crudo que sostiene los términos de intercambio— responde a corrientes externas favorables y no a un cuadro interno que, entre el déficit disparado y las necesidades de reconstrucción por financiar, se tornó decididamente más frágil.
I. Estados Unidos: la inflación de julio se modera y descarta el alza que la Fed sopesaba, mientras el consumo se enfría y el déficit fiscal marca su peor mes en cinco años
La inflación de julio cerró la incógnita que la edición anterior dejó abierta y lo hizo del lado que desactiva el alza. El índice de precios al consumidor subió apenas 0,1% en el mes y dejó la tasa anual en 3,4%, mientras la medida subyacente avanzó 0,2% mensual y moderó su interanual al 2,5%, el registro que devuelve la inflación de fondo al punto donde estaba antes del ataque de febrero contra Irán. El segundo mes consecutivo de lecturas contenidas apoyó la moderación en la energía, un componente que retrocedió cerca del 7% desde su máximo de mayo y descontó buena parte de la presión que el crudo había inyectado a comienzos de año. La vivienda, que pondera cerca de un tercio del índice, sumó solo 0,1% en dos meses, aunque ese alivio descansa en caídas del alojamiento fuera del hogar más que en el alquiler equivalente de los propietarios, que se mantuvo firme: la desinflación de la vivienda es real en el agregado pero frágil en su composición, y una reversión del crudo —ya al alza cerca del 10% en la última semana— amenaza directamente la lectura de agosto.
Los precios de producción confirmaron el mensaje desde la etapa mayorista. El índice de precios al productor se mantuvo plano en julio frente al 0,2% esperado, tras revisarse a la baja el dato de junio, y el subyacente avanzó 0,2% cuando el consenso proyectaba 0,3%. En términos anuales, en general cedió al 4,7% desde 5,5% y el subyacente al 4,2% desde 4,7%, una desaceleración que descomprime el arranque de la cadena de costos antes de que llegue al consumidor. La caída se concentró en bienes, con la energía retrocediendo 3,1% y la gasolina 5,7%, mientras los servicios subieron 0,2% empujados por un salto del 6,5% en la gestión de carteras, una partida volátil por los requisitos de reporte del primer mes del trimestre. Ese último detalle importa para lo que viene: la gestión de carteras alimenta el cálculo del deflactor del consumo personal, de modo que el PCE de julio —el indicador que la Fed vigila y que se publica el 28 de agosto— podría llegar algo más caliente que el IPC, con el consenso apuntando a un 3,3% subyacente interanual.
El consumo, sin embargo, introdujo la nota discordante de la semana. Las ventas minoristas cayeron 0,6% en julio frente al 0,1% de avance esperado, la primera contracción desde octubre de 2025 y la más pronunciada desde mayo del año pasado, con el grupo de control que alimenta el cálculo del PIB retrocediendo 0,4%, su peor registro desde comienzos de 2025. Parte del descenso responde a un efecto calendario —Amazon adelantó su Prime Day de julio a junio, inflando el mes previo y vaciando el posterior en las ventas no presenciales, que cedieron 2,2%—, pero la debilidad se extendió a concesionarios de vehículos, estaciones de servicio y electrónica, señal de un consumo que pierde tracción al iniciar el tercer trimestre. La confianza reforzó el cuadro: el índice de la Universidad de Michigan se hundió a 51,0 desde 55,2, muy por debajo del 54,5 previsto, con el componente de expectativas cayendo a 50,6 y un deterioro que golpeó con mayor dureza a hogares de menores ingresos, consumidores mayores y sin título universitario. Las expectativas de inflación a un año repuntaron al 4,3% desde 4,2% por el encarecimiento energético, y solo el 8% de los encuestados espera que sus ingresos crezcan más rápido que los precios, frente al 18% de diciembre de 2024.
La combinación de precios contenidos y consumo que se enfría reescribió las apuestas sobre la Fed. La probabilidad de un alza en la reunión del 15 y 16 de septiembre, que rondaba el 70% hace un mes, se desplomó a cerca del 38% tras el IPC y siguió cayendo con el IPP y las minoristas, de modo que el mercado pasó de descontar un endurecimiento a asignar el mantenimiento como escenario base, con las mejores probabilidades de un movimiento desplazadas a diciembre. Los rendimientos del Tesoro cedieron, los futuros bursátiles ampliaron ganancias y el dólar se debilitó, la reacción coherente de un mercado que retira la subida de tasas de corto plazo. El giro no cierra el debate: el banco central mantiene su rango en 3,50%–3,75% y sigue partido, con al menos cinco de sus diecinueve funcionarios reclamando alzas. Hammack, de Cleveland, que disintió en julio, insistió esta semana en subir de inmediato porque dos meses de datos benignos no le bastan para dar por girada una tendencia que lleva más de un lustro por encima de la meta, y advirtió que un crecimiento empresarial demasiado vigoroso, apalancado en deuda barata, reavivaría la presión de precios. En la vereda opuesta, Goolsbee, de Chicago, celebró la mejora y proyectó un retorno hacia el 2% a medida que se disipan los choques temporales de aranceles y energía.
El flanco fiscal, entretanto, recordó por qué la prima de plazo de la deuda estadounidense no cede. El déficit presupuestario de julio se disparó a 432.300 millones de dólares, un salto cercano al 48% interanual y el peor registro mensual desde marzo de 2021, con el rojo acumulado del año fiscal ya cerca de 1,8 billones. El gasto de Medicare escaló a 174.000 millones desde los 103.000 de junio, por delante de la Seguridad Social, mientras los intereses netos de la deuda sumaron 104.000 millones en el mes y superan ya 931.000 millones en el año fiscal sobre un stock de 39,9 billones. El servicio de la deuda se consolida como el tercer gasto del gobierno, solo detrás de las dos grandes partidas sociales, y esa dinámica es la que sostiene la presión sobre los rendimientos largos aun cuando el mercado apueste por una Fed en pausa. A ese cuadro se sumó la nota de política comercial: Washington impuso un arancel del 100% a los drones de más de 25 kilos —un golpe directo a la china DJI, líder global— y del 25% a modelos menores y componentes, y acusó a Pekín de eludir gravámenes mediante transbordo a través de más de cuarenta países, elevando el tono a semanas de la visita de Xi Jinping prevista para el 24 de septiembre.
Valoración. La semana estadounidense resolvió a favor de la pausa la balanza que la edición anterior dejó en equilibrio, pero lo hizo cambiando la naturaleza del riesgo más que eliminándolo. El IPC y el IPP contenidos retiran la urgencia de subir y desactivan la probabilidad de septiembre, aunque la desinflación descansa en un componente energético que ya empezó a revertir: un crudo que rebota 10% en una semana devuelve a la lectura de agosto el mismo empuje que julio disipó, y la desinflación de la vivienda se apoya en la partida más volátil del índice, no en la renta estructural. La caída de las ventas minoristas y el desplome de la confianza inclinan el fiel hacia el otro riesgo, el del enfriamiento del consumo, y confirman que el debilitamiento laboral de los dos meses previos empieza a filtrarse al gasto de los hogares. La Fed queda así en una pausa que no es victoria sino tregua: mantiene el rango restrictivo, conserva a sus halcones sin munición inmediata y traslada toda la carga probatoria al PCE del 28 de agosto y a Jackson Hole, con un consenso interno que sigue partido entre quienes no dan por domada la inflación y quienes ya la ven de regreso al objetivo. El verdadero foco de riesgo se desplazó del precio al crecimiento y a lo fiscal: un déficit mensual que marca máximos de cinco años y un servicio de deuda que ya es el tercer gasto del Estado sostienen la prima de plazo por más que la política monetaria se detenga, y son ese déficit y ese crudo, no la inflación de julio, los que definirán si la pausa que hoy celebra el mercado sobrevive a agosto.
II. Europa: la eurozona crece 0,4% en el segundo trimestre sostenida por una distorsión contable irlandesa, mientras la energía divide a los ganadores de los rezagados y reactiva el riesgo de inflación de segunda ronda
La eurozona creció 0,4% en el segundo trimestre y firmó su mejor registro trimestral en un año, pero la cifra debe leerse con la cautela. El dato interanual mejoró al 1,0% desde el 0,5%, y el conjunto de la Unión avanzó 0,5%, en apariencia una señal de resiliencia frente al choque energético que el conflicto en Oriente Medio inyectó a la región. El problema es de dónde salió ese crecimiento: Irlanda, cuya contabilidad refleja los movimientos fiscales de las multinacionales más que la actividad real, se desplomó 7% en el primer trimestre y rebotó 3,9% en el segundo, un vaivén que distorsiona el agregado al alza. Depurado ese efecto, el crecimiento subyacente de la eurozona se sitúa en 0,3%, apenas por encima del trimestre previo y en línea con el ritmo que el bloque sostiene desde finales del año pasado. La expansión europea es constante y aceptable dado el entorno de guerra y aranceles, es la misma inercia moderada de siempre, maquillada por un rebote contable irlandés que se revertirá.
El crecimiento se repartió de forma desigual y confirmó la jerarquía habitual del bloque. España volvió a liderar entre las grandes economías con un avance del 0,7% trimestral y 2,7% interanual, sostenida por un mercado laboral que sumó empleo al 0,5%, mientras Alemania se ralentizó al 0,2% desde el 0,4% del primer trimestre y Francia e Italia se estancaron en ese mismo 0,2%. El empleo de la eurozona creció 0,1% por vigesimoprimer trimestre consecutivo, una tendencia lenta pero persistente que contrasta con el deterioro alemán, donde el empleo cae por quinto trimestre seguido. El desempleo repuntó al 8,3% de la población activa, su nivel más alto desde el tercer trimestre de 2020, con 62.000 parados adicionales y una tasa juvenil que escaló al 21,6%. La divergencia interna del bloque se ensancha, con una periferia que crece y un núcleo industrial —Alemania y Francia— que se atasca, precisamente las economías más expuestas al encarecimiento energético y a la debilidad de la demanda global.
Suiza ofreció el contrapunto más elocuente sobre por qué la energía define hoy el mapa de ganadores. La economía helvética creció 1,5% trimestral una vez ajustada por eventos deportivos, su mejor registro desde el tercer trimestre de 2021 y el doble que España, pulverizando el 0,3% que preveía el consenso. El motor fue la industria química y farmacéutica, y la explicación de fondo está en su matriz eléctrica: dominada por la hidroeléctrica, cerca del 58,5% de la generación como media de la última década, y la nuclear, alrededor del 19%, Suiza apenas quema combustibles fósiles para producir electricidad y queda casi blindada frente al shock de precios que golpea a sus vecinos. Esa autonomía energética permite a sus empresas mantener costes estables y planificar inversiones mientras el gas y el petróleo se disparan por el conflicto, una ventaja que el banco central refuerza al mantener el tipo de referencia en cero, sin cambios previstos hasta 2027. El mensaje para el resto del continente es directo: en un choque de oferta energética, la estructura de generación eléctrica se convierte en política industrial, y quien depende de la térmica importada paga la factura en crecimiento perdido.
La inflación europea, entretanto, dejó de ceder y empezó a recalentarse por el mismo canal energético. Francia aceleró su IPC al 2,1% interanual en julio desde 1,8%, empujada por una inflación de servicios del 2,2% y, sobre todo, por una energía que se disparó 12,6% —con el gas al 17,7% y los productos petrolíferos al 20,7%—, mientras su subyacente subió al 1,3% desde 1,0%. España corrió peor: el INE revisó su inflación de julio al alza hasta el 3,6%, cuatro décimas más que en junio, con los combustibles encareciéndose 31,5% y la electricidad 8,4%, un repunte tan pronunciado que activó automáticamente la cláusula de salvaguarda del plan antiguerra, elevando a 20 céntimos por litro la rebaja fiscal al gasóleo en septiembre. Alemania cerró el cuadro por el flanco mayorista: sus precios de producción se aceleraron al 5,3% interanual, con los productos petrolíferos subiendo 24,1%, los metales no ferrosos 27,8% y los químicos 13,1%. Ese dato mayorista es la advertencia más seria del bloque, porque anticipa presiones de segunda ronda sobre el IPC de consumo y le retira al Banco Central Europeo el margen que la desinflación previa le había concedido.
El comercio exterior aportó el matiz de fortaleza que sostiene la balanza externa del bloque. La eurozona registró un superávit comercial de 8.600 millones de euros en junio, muy por encima del déficit que esperaba el consenso, con las exportaciones creciendo 14,4% impulsadas por productos químicos y bienes manufacturados, y envíos al alza hacia todos los grandes socios, incluidos Estados Unidos y China. Bélgica marcó un superávit récord de 6.442 millones, y Alemania sostuvo su excedente pese a moderarlo a 15.400 millones por un salto del 4,4% en las importaciones. Francia recortó su déficit comercial a 5.800 millones gracias a un rebote exportador del 2,4%. El Reino Unido, fuera del euro, creció 0,4% en el segundo trimestre —el mayor ritmo del G7 en lo que va de año— apoyado en servicios, aunque con la industria plana, una inflación del 2,6% que mantiene al Banco de Inglaterra anclado en el 3,75%, y una deuda pública que ya alcanza el 94,9% del PIB, la restricción fiscal que limita cualquier estímulo.
Valoración. La foto europea del segundo trimestre es mejor en el titular que en la sustancia, y la brecha entre ambos define el verdadero estado del bloque. El 0,4% agregado se apoya en un rebote contable irlandés que se revertirá, y una vez depurado deja el crecimiento real en el 0,3% de inercia que Europa arrastra desde hace tres trimestres: ni recesión ni recuperación, sino un estancamiento resiliente que sobrevive al choque energético sin superarlo. La divergencia interna es la señal de ciclo que más pesa, con una periferia que crece y un núcleo industrial franco-alemán que se atasca y, en el caso francés, ve dispararse el desempleo a máximos de cinco años; el contraste con una Suiza que duplica a España gracias a su matriz hidro-nuclear demuestra que el diferenciador de esta fase no es la política monetaria sino la exposición estructural al precio de la energía. Y ahí está el riesgo latente para las tasas: la inflación europea dejó de ceder y volvió a acelerar por el canal energético —Francia al 2,1%, España al 3,6%, y unos precios mayoristas alemanes al 5,3% que anticipan presiones de segunda ronda—, lo que le arrebata al Banco Central Europeo el margen de recorte que la desinflación previa insinuaba. El bloque llega así al segundo semestre con una demanda externa sólida que sostiene sus superávits, pero con una demanda interna débil, un núcleo industrial rezagado y una inflación que vuelve a subir justo cuando su banco central creía haberla domado, la combinación exacta que deja al BCE sin holgura para apoyar el crecimiento que Alemania y Francia necesitan.
III. Asia: China marca un superávit externo récord que enmascara la fractura de su demanda interna, mientras el yen vuelve a la línea roja de los 160 y empuja al Banco de Japón hacia un alza en septiembre
China cerró el segundo trimestre con un superávit de cuenta corriente de 195.100 millones de dólares, el mayor registro para ese período en su historia, y esa cifra récord es precisamente el síntoma de su desequilibrio, no de su fortaleza. El excedente de bienes se amplió a 278.900 millones, con las exportaciones creciendo 26,2% hasta 1,1 billones de dólares, mientras el país esquivaba el encarecimiento del crudo iraní recurriendo a inventarios en lugar de importar energía. El motor externo, sin embargo, acelera justamente porque el interno se apaga: el crecimiento cayó al 4,3% en el trimestre, su nivel más bajo en tres años, el desempleo juvenil ronda el 15%, los precios de la vivienda siguen retrocediendo y la inversión en activos fijos se contrajo 4,1% entre enero y mayo. Un superávit comercial que supera el billón de dólares deja de leerse como una señal de competitividad y pasa a describir una economía que compensa la atonía de su demanda doméstica volcando producción subsidiada sobre el resto del mundo, con préstamos baratos, exenciones fiscales y suelo estatal que abaratan artificialmente sus manufacturas.
El crédito interno confirmó hasta qué punto se ha agotado la demanda privada. Los nuevos préstamos netos en yuanes se contrajeron en 340.000 millones en julio, la caída más pronunciada de la que se tiene registro, cuando el consenso esperaba una expansión, y los prestatarios devolvieron 590.000 millones a la economía real, el mayor pago desde 2002. Ese desapalancamiento no es saneamiento voluntario sino reflejo de una economía en desaceleración donde ni los hogares ni las empresas quieren endeudarse, con el sector inmobiliario deprimido drenando el apetito por crédito. El banco central mantiene condiciones de liquidez holgadas y promete mayor apoyo contracíclico, pero no despliega el estímulo de gran escala que el cuadro reclamaría, y la razón última no es técnica sino política: reorientar la economía hacia el consumo exigiría trasladar riqueza del Estado y los productores favorecidos hacia las familias, una redistribución que el régimen resiste porque erosionaría su control. La debilidad de la demanda china no es coyuntural, es estructural, y esa dependencia del canal exportador es la palanca que Washington buscará accionar en la visita de Xi Jinping del 24 de septiembre.
Japón ofreció el foco monetario de la semana, con el yen de vuelta en la zona de peligro. La divisa perdió más del 2,6% en pocas semanas y se depreció hasta cerca de los 159 yenes por dólar, coqueteando de nuevo con la barrera de los 160 que en el pasado ha desatado intervenciones. El rescate conjunto del 31 de julio, que llevó la moneda desde 164 hasta 155, se agotó tal como los analistas anticipaban, porque una intervención puede resetear niveles pero no reescribir fundamentales: mientras el diferencial de tasas entre Japón y Estados Unidos siga jugando a favor del dólar, la presión bajista sobre el yen reaparecerá. El límite del apoyo estadounidense es concreto, ya que el Fondo de Estabilización del Tesoro dispone de unos 220.000 millones de dólares y cada rescate reciente consume cerca de 50.000 millones, una munición que el mercado sabe finita. La preocupación de fondo de Washington no es el yen en sí sino que un Japón forzado a defender su moneda venda bonos del Tesoro estadounidense, tensando aún más una deuda que ya paga intereses crecientes, y esa es la razón por la que el Tesoro de Bessent presiona mientras la Fed de Warsh se resiste a sumarse, temerosa de que apoyar al yen a costa del dólar reavive la inflación que combate.
La salida japonesa, entonces, pasa menos por la intervención cambiaria y más por la política monetaria interna. El Banco de Japón evalúa subir tasas tan pronto como en su reunión del 18 de septiembre, sopesando un ciclo de endurecimiento más rápido que su ritmo actual de dos alzas anuales, y el mercado ya descuenta cerca del 80% de probabilidad de ese movimiento. La presión llega por varios frentes: la inflación mayorista se sostuvo en máximos de tres años en julio, el yen débil encarece las importaciones, la demanda global de inteligencia artificial mantiene el impulso, y las expectativas de precios se sitúan cerca o por encima de la meta del 2%. El gobernador Ueda advirtió que el consejo aceleraría el endurecimiento si las condiciones financieras siguen demasiado laxas, y los rendimientos de la deuda japonesa recogieron el giro, con el tramo a cinco años escalando a máximos históricos. La normalización monetaria de Japón dejó de ser una promesa lejana para convertirse en la decisión inminente que puede, por fin, comprimir el diferencial de tasas que ninguna intervención logró cerrar.
El resto de la región mantuvo la divergencia que la caracteriza. Mientras China frena y Japón se apresta a normalizar, la inversión en inteligencia artificial y semiconductores sostiene el dinamismo, con Corea del Sur a la cabeza, un contraste que separa a las economías amarradas al ciclo manufacturero tradicional de las que capturan la demanda tecnológica global. Esa misma demanda de IA es la que empuja la inflación japonesa y refuerza el argumento del Banco de Japón para moverse, de modo que el auge de semiconductores no solo redibuja el mapa de crecimiento asiático sino que altera la ecuación monetaria de toda la región.
Valoración. Asia condensa esta semana la paradoja de un continente que crece por fuera y se agrieta por dentro, y el hilo que une sus piezas es la debilidad de la demanda. El superávit récord de China no es un logro sino un diagnóstico: una economía que crece al ritmo más lento en tres años, con el crédito en contracción histórica y la vivienda deprimida, sostiene su actividad exportando producción subsidiada porque su mercado interno no la absorbe, y esa dependencia del canal externo es a la vez su fortaleza aparente y su vulnerabilidad negociadora frente a Washington. El riesgo latente no es un aterrizaje brusco chino sino la cronificación de un modelo que traslada su exceso de oferta al mundo y presiona a la baja los precios globales de las manufacturas, un factor desinflacionario externo que conviene no perder de vista al leer la inflación de las economías desarrolladas. Japón aporta la señal de ciclo más nítida para las tasas: el fracaso de la intervención cambiaria confirma que sin cerrar el diferencial con Estados Unidos el yen seguirá cayendo, y por eso el Banco de Japón se encamina a un alza en septiembre que el mercado ya descuenta al 80%, un giro que comprimiría el carry y podría desordenar los flujos globales que financian ese diferencial. La lectura de mercado que deja la región es doble: China exporta desinflación y presión competitiva, Japón se apresta a retirar la última gran fuente de liquidez barata del sistema, y ambos movimientos convergen sobre el mismo punto sensible —la deuda estadounidense—, porque la normalización japonesa encarece el fondeo global justo cuando el déficit fiscal de Washington marca máximos de cinco años y la Fed se niega a sostener un yen cuya caída amenaza al bono del Tesoro.
IV. México y Brasil: la política comercial estadounidense golpea a las dos mayores economías de la región, que responden desde estrategias opuestas —México negocia desde la integración, Brasil retalia desde la confrontación—
México llegó a la revisión del T-MEC pidiendo una tregua arancelaria y apoyándose en el argumento que mejor conoce: su integración productiva con Estados Unidos. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, reclamó eliminar o reducir los gravámenes al acero y a los automóviles mientras avanzan las conversaciones, y sustentó la petición en una asimetría concreta: los vehículos fabricados en Japón, Corea del Sur, Alemania o Marruecos enfrentan un arancel del 15% al entrar a Estados Unidos, mientras los producidos en México cargan con un 25%, pese a que el auto mexicano incorpora más autopartes estadounidenses que cualquiera de esos competidores. El caso del acero refuerza la paradoja, porque México mantiene un déficit siderúrgico con Estados Unidos y aun así soporta un arancel del 50%. La lógica económica de la demanda mexicana es sólida —penalizar contenido estadounidense contradice el propósito declarado de la política arancelaria—, pero los analistas advierten que la vía no será jurídica sino negociadora, y que Washington, con una postura ya endurecida, no reducirá gravámenes a cambio de un estudio: la pregunta que define la mesa es qué está dispuesto a ofrecer México a cambio.
Sobre esa negociación cayó esta semana un informe estadounidense que agrava la posición mexicana. La Casa Blanca señaló a unos cuarenta países, con México y Canadá a la cabeza, de facilitar el transbordo de productos chinos —montaje final o reempaque en un tercer país para disimular el origen y eludir aranceles—, con pérdidas fiscales que Washington cifra entre 19.000 y 28.000 millones de dólares anuales. El Departamento de Comercio estima que cerca de 67.000 millones de dólares en mercancías se transbordaron desde China vía México, India y Vietnam en 2025. La Secretaría de Economía mexicana refutó la acusación con datos: las importaciones desde China cayeron al 17,3% del total en el primer semestre desde el 20% de un año antes, y las principales empresas que importan producto chino hacia México son estadounidenses, no mexicanas. La defensa, sin embargo, no despeja el riesgo de fondo, porque el señalamiento le entrega a Washington una palanca adicional en plena renegociación, y México ya había endurecido antes su propia postura frente a China elevando hasta el 50% los aranceles al acero asiático, un gesto de alineamiento que no le evitó quedar en la lista.
Brasil eligió el camino contrario y respondió a los aranceles con reciprocidad. El gobierno de Lula inició un proceso administrativo para aplicar contramedidas al amparo de la Ley de Reciprocidad Económica, en respuesta a los gravámenes adicionales de entre 12,5% y 25% que Estados Unidos impuso a una amplia gama de productos brasileños bajo el argumento de prácticas desleales y trabajo forzoso. Brasilia notificó a Washington para abrir consultas diplomáticas, sumó una disputa ante la Organización Mundial del Comercio y sostuvo que tanto los aranceles como la retirada del visado a su embajadora constituyen sanciones de motivación política, dirigidas a interferir en las elecciones presidenciales de octubre. El deterioro bilateral tiene ya un costo comercial medible: el intercambio de Brasil con Estados Unidos cayó 12,8% en el primer semestre, mientras el flujo con China creció 15,9%, acelerando una reorientación que la disputa arancelaria no hace sino profundizar.
Esa reorientación abrió el frente más relevante para el mediano plazo: la posibilidad de un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y China. Tras una llamada de una hora entre Lula y Xi Jinping a finales de julio, ambos gobiernos coincidieron en acelerar las negociaciones, un movimiento que analistas leen ante todo como señal política —un mensaje a Washington de que existen alternativas— más que como tratado inminente. Las negociaciones formales exigen el aval de los cinco miembros con voto del bloque, y Argentina y Paraguay se mantienen reticentes. El giro de Lula, que durante más de una década resistió un acuerdo con China por temor al daño industrial, genera además críticas internas: la propia Asociación Empresarial Brasileño-China advierte sobre desequilibrios comerciales y pérdidas de producción y empleo frente a la competitividad china, y voces académicas recuerdan que China inunda hoy los mercados globales con producto subvencionado, el mismo diagnóstico que atraviesa el bloque asiático de esta edición. La lógica geográfica del acercamiento es clara —China ya es, con diferencia, el primer socio comercial de Brasil y del Mercosur—, pero el riesgo de un choque de oferta chino sobre la industria regional es igual de claro.
Valoración. La semana confirma que la política comercial estadounidense se ha convertido en el principal choque externo para las dos mayores economías latinoamericanas, y que la respuesta de cada una revela su margen de maniobra. México negocia desde la debilidad estructural de quien depende del mercado estadounidense para casi todo su comercio, y por eso su estrategia es la de la integración: demostrar que penalizar el auto mexicano castiga contenido estadounidense, ceder por anticipado subiendo aranceles al acero chino, y absorber el señalamiento por transbordo sin capacidad real de replicar. Brasil, con una economía menos atada a Estados Unidos y un comercio que ya pivota hacia Asia, puede permitirse la reciprocidad y la amenaza del acuerdo con China, pero esa autonomía tiene su propio precio: abrirse a la manufactura china subvencionada arriesga el mismo daño industrial que Lula temió durante una década. El riesgo latente para la región es doble y converge en un solo punto: por un lado, la incertidumbre arancelaria que enfría la inversión y desordena las cadenas de suministro justo cuando ambas economías necesitan crecimiento; por otro, la tentación de sustituir la dependencia estadounidense por una dependencia china que traería producto barato a costa de empleo manufacturero local. La lectura de mercado es que el realineamiento comercial de América Latina apenas comienza, y que su desenlace —integración defensiva al norte o apertura al gigante asiático— definirá no solo los flujos de comercio sino la exposición de las monedas y los activos regionales a dos bloques que compiten por fijar las reglas del intercambio.
V. Colombia: un terremoto de magnitud 7,4 golpea la infraestructura y el flanco fiscal más tensionado en décadas, mientras el Congreso devuelve el Presupuesto 2027 y la inflación básica se resiste a ceder
El terremoto que sacudió al país el 10 de agosto redefinió por completo la agenda económica de la semana. El sismo de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, fue el más potente del siglo en Colombia y dejó un balance humano que escaló de una centena de víctimas en los primeros reportes a más de 280 al cierre del período, además de daños severos en la conectividad de Tolima, Quindío, Caldas y Valle del Cauca. La caída del puente Mariano Ospina y los cierres en los corredores Pereira-Chinchiná y Cali-Loboguerrero fracturaron la red vial del suroccidente, pero el golpe de mayor alcance económico recayó sobre Buenaventura, el puerto por donde transita más del 60% del café de exportación: con la operación pausada y sin cronograma claro de reapertura, quedó en riesgo el despacho de unos 250.000 sacos semanales. El presidente De la Espriella declaró la emergencia económica a tres días de posesionarse, un arranque de gobierno marcado por un choque que ninguna administración habría podido anticipar.
El impacto sobre el crecimiento se perfila mixto y ahí reside la primera lectura no evidente del desastre. Oxford Economics estima un golpe directo de 0,2% a 0,4% del PIB pero mantiene su proyección anual en 3% para 2026, bajo el supuesto de que el gasto en reconstrucción compense la caída inicial de la demanda privada, una tesis que comparten BTG Pactual y Lumen al describir la reconstrucción como fuente aceleradora del PIB en el mediano plazo. Esa aritmética, sin embargo, no debe confundir bienestar con actividad: la reconstrucción suma al producto porque repone lo destruido, no porque genere riqueza nueva, y el impulso contable a la construcción no compensa la pérdida de capital, vidas y bienestar que el sismo dejó atrás. El canal de precios añade una presión temporal, porque los cierres viales encarecen la logística y la distribución de alimentos e importados, con impacto visible previsto en las mediciones de agosto y septiembre, aunque Oxford Economics sostiene su pronóstico de inflación de cierre en 6,2% al considerar la disrupción de oferta acotada a las zonas afectadas.
La verdadera fractura que el terremoto expone es fiscal, y llega en el peor momento posible. El país ya cargaba un déficit cercano al 8% del PIB antes de la tragedia, y el costo de la reconstrucción, que Lumen sitúa entre 1% y 2% del PIB —unos 19 a 38 billones de pesos—, cae sobre un Estado sin margen de maniobra. El precedente de 1999 es ilustrativo: los recursos de reconstrucción de aquel sismo sumaron cerca del 1% del PIB repartidos en tres años, pero las necesidades actuales podrían superarlo con holgura. La cooperación internacional respondió con velocidad —el Banco Mundial desembolsó 200 millones de dólares el 13 de agosto y activó su metodología GRADE de evaluación de daños, con líneas adicionales del BID—, pero esos montos apenas rozan la dimensión del reto. El riesgo de fondo es que un fisco estrecho tenga menor capacidad de reacción y se vea forzado a revisar la promesa de no subir impuestos, justo cuando el nuevo gobierno intentaba proyectar disciplina fiscal como sello diferenciador.
Sobre ese cuadro se superpuso el pulso presupuestal que ya venía tensándose. El Congreso devolvió el proyecto de Presupuesto General de la Nación 2027 heredado de la administración anterior, apenas la segunda vez en la historia reciente que el Legislativo no admite el documento, tras un descuadre que el ministro Miguel Gómez Martínez cifró en 19,1 billones de pesos frente al Marco Fiscal de Mediano Plazo y calificó de inconsistente. El Comité Autónomo de la Regla Fiscal fue más preciso en la advertencia: el gasto primario del proyecto supera en 20,7 billones lo contemplado en el MFMP, y de mantenerse sin medidas compensatorias el déficit total treparía a 116,3 billones de pesos, equivalentes al 5,4% del PIB, casi un punto por encima de la meta de 4,5% fijada para el próximo año. Hacienda se comprometió a radicar la nueva versión el 26 de agosto, pero la coincidencia de un presupuesto que debe recortarse con un terremoto que exige gasto extraordinario dibuja la tensión central del semestre: 2027 es el último año de la cláusula de escape, y la convergencia fiscal que la regla exige se vuelve mucho más difícil con una emergencia de por medio.
La coyuntura macro y regulatoria completó una semana excepcionalmente densa. La inflación anual cedió a 6,03% desde 6,14% en julio, un descenso que descansa por entero en la caída de alimentos —el plátano, las frutas frescas y el tomate restaron aporte y llevaron la inflación de alimentos a 5,82%—, mientras la inflación básica se mantuvo clavada en 6,01%, muy por encima del techo del rango meta del 2%–4%: la moderación del titular no ha permeado el núcleo de precios, y la indexación de arriendos a la inflación de 2025 anticipa presiones alcistas en agosto aun antes de contar el efecto del sismo. La actividad real, en contraste, sorprendió al alza, con las ventas minoristas creciendo 14,7% interanual en junio y la producción industrial repuntando 4,1%, aunque el empleo industrial cayó 1,1% y la informalidad laboral se mantuvo en 54,5% de los ocupados, más de 13,3 millones de trabajadores sin contrato ni cotización. En lo institucional, César Ferrari presentó renuncia irrevocable a la Superintendencia Financiera tras más de tres años, dejando en marcha el ecosistema de finanzas abiertas, un relevo que abre una incógnita sobre la continuidad de la agenda de supervisión en pleno cambio de gobierno.
Valoración. El terremoto convierte una semana que ya era políticamente densa en el punto donde convergen todos los riesgos que Colombia venía acumulando. El desastre golpea precisamente el flanco más débil del país —un déficit cercano al 8% del PIB— y lo hace en el momento de mayor vulnerabilidad institucional, con un gobierno de tres días, un Presupuesto 2027 devuelto por inconsistente y una regla fiscal que en su último año de cláusula de escape exige convergencia. La aritmética optimista que ve en la reconstrucción un impulso al PIB es técnicamente correcta pero engañosa como señal de ciclo: el gasto reconstructor eleva la actividad sin crear riqueza, y su financiación en un fisco sin holgura solo puede salir de más deuda, más impuestos o el sacrificio de otras partidas, tres vías que estrechan aún más el margen soberano. El riesgo latente para las tasas y la liquidez es doble: por el lado de precios, una inflación básica anclada en 6,01% que el shock logístico del sismo puede reavivar justo cuando el mercado esperaba desinflación, lo que le complica al Banco de la República cualquier recorte; por el lado fiscal, una necesidad de financiamiento que crece mientras la prima de riesgo soberano queda expuesta a la ejecución de un gobierno que aún no ha probado su capacidad de gestionar una emergencia de esta escala. La lectura de mercado es que Colombia entra al segundo semestre con su ecuación fiscal reescrita al alza en el gasto y a la baja en el margen, y que la credibilidad del ajuste prometido por De la Espriella se jugará no en el discurso sino en la velocidad y la transparencia con que ejecute una reconstrucción que el país no tenía cómo presupuestar.
VI. Mercados financieros
Renta variable
Wall Street cerró la semana con una toma de beneficios contenida tras marcar máximos históricos el jueves, con el S&P 500 retrocediendo 0,17% en la última sesión pero encadenando su tercera semana consecutiva de ganancias, sostenido por resultados corporativos sólidos y la expectativa de una pausa monetaria prolongada de la Fed. El motor del avance semanal fue la recalibración a la baja de las apuestas sobre tasas que dejaron el IPC y el IPP contenidos, un giro que abarató el activo de riesgo y favoreció tanto a la bolsa estadounidense como a los emergentes. La nota de cautela vino del propio corazón del rally: los semiconductores cedieron ante el nerviosismo por las valoraciones exigentes de la inteligencia artificial, con Applied Materials cayendo 5,1% pese a un pronóstico trimestral optimista que no logró impresionar, Broadcom retrocediendo 5,9% e Intel perdiendo 2%, en una sesión de volumen anómalamente bajo —9.600 millones de acciones frente al promedio de 17.400 millones de las veinte jornadas previas— que resta representatividad al movimiento. Europa cerró mixta, con el Stoxx 600 plano rumbo a un leve descenso semanal y el DAX desmarcándose al alza 0,53% por la rotación hacia industriales y exportadores que se benefician del dólar débil, mientras el Stoxx 50 rozaba récords camino de su cuarta ganancia semanal, apoyado en el rebote tecnológico —SAP subió cerca de 5%— y en la lectura de una Fed en pausa. Asia sostuvo su patrón propio, con el Composite de Shanghái plano y Shenzhen avanzando 0,45% gracias a los semiconductores, después de que SMIC más que triplicara su beneficio trimestral por la demanda de IA, un impulso que compensó la incertidumbre del arancel del 100% estadounidense a los drones chinos.
El COLCAP fue el protagonista regional de la semana. El índice cerró en 2.452 unidades con un avance del 0,84% que lo situó a la cabeza de América Latina, impulsado por una temporada de resultados favorable: Grupo SURA reportó una utilidad neta semestral de 1,7 billones de pesos apoyada en Suramericana, Sura Asset Management y Grupo Cibest, mientras Grupo Argos lideró la jornada con un alza del 7,01%, seguido de PF Cementos Argos y PF Grupo Sura. Ecopetrol concentró el mayor volumen de negociación, y el mercado quedó a la espera del rebalanceo trimestral del 31 de agosto, para el que no se anticipan cambios en la composición de la canasta. El contrapunto lo puso GEB, que advirtió posibles impactos por la actualización del WACC regulatorio de su filial TGI y por la caída de los volúmenes de gas transportado, un recordatorio de que el riesgo regulatorio sigue pesando sobre las utilities colombianas. El liderazgo del COLCAP en la región se explica por resultados corporativos concretos y por el apetito global por riesgo, más que por una lectura optimista sobre el cuadro macro del país, un matiz relevante dado que el índice avanzó mientras el panorama fiscal se deterioraba.
Renta fija
Los rendimientos soberanos de las principales economías avanzaron en un movimiento que solo en apariencia contradice la debilidad del consumo. El Tesoro estadounidense a 10 años cerró en 4,696% con un alza de 5 puntos básicos, su mayor nivel desde 2007 tras la subasta del miércoles, mientras el tramo a 2 años subió a 4,17% y el de 30 años a 5,267%, con la subasta del jueves marcando la tasa más alta desde 2001. La curva se empinó con fuerza: el diferencial 2-10 años superó los 50 puntos básicos y el 5-30 años alcanzó 90, niveles no vistos desde mayo. La aparente paradoja —rendimientos que suben cuando las ventas minoristas caen y la inflación se modera— tiene una explicación precisa: el dato de consumo retiró la subida de tasas de septiembre en el tramo corto, pero la tensión geopolítica entre Estados Unidos e Irán y su potencial impacto sobre los precios energéticos reavivaron el temor a que una Fed inactiva deje correr la inflación a mediano plazo, un riesgo que se paga en el tramo largo. A ese canal inflacionario se suma la presión fiscal ya conocida, con un déficit mensual en máximos de cinco años que exige colocar más deuda, de modo que el empinamiento de la curva refleja dos fuerzas convergentes: una Fed que no aprieta hoy y un mercado que le cobra por adelantado la inflación y la oferta de papel de mañana. Europa acompañó el movimiento, con el Bund alemán a 10 años subiendo cerca de 7 puntos básicos hasta 3,21% y los Gilts británicos liderando las pérdidas con 9 puntos hasta 5,04%, presionados por la expectativa de un dato de inflación más firme.
La curva de TES tasa fija presentó un comportamiento mixto con sesgo de desvalorización, contagiada parcialmente por el empinamiento global. La referencia feb/2033 cerró en 12,00% con un alza de 3 puntos básicos, y el tramo corto concentró la mayor presión vendedora, con el nov/2027 subiendo 5 puntos hasta 12,08%, mientras el belly se aplanó levemente —el abr/2028 se valorizó marginalmente y el oct/2034 lideró las ganancias con una caída de 4 puntos hasta 11,93%— y el tramo ultralargo permaneció casi estable, con el oct/2050 en 11,86%. La compresión del diferencial nov/2027 frente al oct/2034 hasta −15 puntos básicos encierra la señal más interesante del segmento local: el mercado sigue descontando recortes del Banco de la República en el mediano plazo pese a la cautela de corto, una apuesta que convive incómodamente con una inflación básica clavada en 6,01% y un crudo al alza capaz de reactivar presiones. La ausencia de subastas y de comunicados de Hacienda o del Emisor en la jornada, junto con la escasa actividad en el segmento indexado, dejó a los TES moviéndose por contagio externo más que por catalizadores propios, en una jornada en que las implicaciones fiscales del terremoto y la devolución del Presupuesto aún no se habían trasladado plenamente a los precios de la deuda pública.
Divisas
El dólar cerró la semana debilitado y perforó el soporte psicológico de 100 por segunda sesión consecutiva, con el índice DXY cediendo 0,30% hasta 99,555, cerca de su mínimo de dos meses. El motor fue la recalibración monetaria: la caída inesperada del grupo de control de las ventas minoristas, sumada a un IPC y un IPP que se suavizaron en julio, retiró la urgencia de un alza de la Fed en septiembre y comprimió el diferencial que sostenía al billete verde. El euro capitalizó ese giro y avanzó 0,32% hasta 1,1569, su nivel más alto desde el 17 de junio, apoyado en el diferencial de expectativas monetarias y a la espera de los PMIs europeos, mientras la libra fue la divisa de mejor desempeño del G10, con el par ganando 0,40% hasta 1,3545 —máximo de tres meses— impulsada por la expectativa de un dato de inflación británica más firme. El yen recortó parte de su pérdida, con el par retrocediendo 0,40% hacia la zona de 158,85-159,40 por la debilidad del dólar y las expectativas de normalización del Banco de Japón, aunque el alza de los rendimientos del Tesoro limitó su apreciación al cierre, la misma tensión que atraviesa toda la edición: un yen que quiere fortalecerse por la política monetaria interna pero que el diferencial de tasas sigue frenando. El franco suizo, en contraste, se debilitó hasta un mínimo de casi un año pese al fuerte crecimiento helvético del segundo trimestre, porque las intervenciones del banco central buscan deliberadamente contener los flujos de refugio y evitar una apreciación que dañaría a sus exportadores, con la tasa anclada en 0% sin cambios previstos hasta 2027.
El peso colombiano sostuvo su racha pese a un cierre de signo contrario. El par cerró en 3.133,25 pesos con un alza del dólar de 14,25 pesos en la jornada y un rango intradía entre 3.108,60 y 3.152,32, en un volumen de 1.075 millones de dólares, pero la divisa se encaminó a su cuarta semana consecutiva de ganancias, la racha más larga desde abril. El soporte vino de la conjunción habitual: el apetito por los activos locales, el atractivo del carry trade que sostiene la tasa alta, y un Brent al alza que refuerza los términos de intercambio, factores que el rebote intradía del dólar apenas logró contener. La foto regional matiza el desempeño colombiano: el peso chileno lideró con 0,3% semanal favorecido por señales de escasez en el cobre, el sol peruano encadenó su cuarta semana al alza y el real brasileño se apreció con el par cayendo a 5,1970, de modo que el COP quedó por debajo de sus pares andinos en la sesión aunque conserva la mejor racha semanal del bloque. La fortaleza del peso descansa en corrientes externas —un dólar débil, el carry y un crudo que sostiene los términos de intercambio— y no en méritos internos, una dependencia que lo vuelve vulnerable a cualquier reversión del apetito global, en un contexto local donde el deterioro fiscal apunta en dirección contraria a esa apreciación.
Commodities
El Brent para entrega en octubre subió 1,66% hasta 88,52 dólares y el WTI cerró en 82,42 dólares, en una semana de fuerte volatilidad que llevó al crudo del mar del Norte desde 83,34 dólares el lunes hasta tocar 90 en dos jornadas. El detonante fue la escalada en el Golfo Pérsico: el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció un aislamiento económico de Irán sin precedentes combinado con el bloqueo naval indefinido del estrecho de Ormuz, y esa misma noche dos buques de la petrolera emiratí ADNOC fueron atacados al transitar el estrecho, un ataque que Emiratos atribuyó a Irán. Con Ormuz cerrado desde mediados de julio e Irán condicionando su reapertura al fin del bloqueo y del embargo a su crudo, la prima de riesgo geopolítico volvió a instalarse en el precio. Ese rebote del petróleo es el nudo que conecta toda la edición: es la amenaza directa sobre el IPC estadounidense de agosto que hoy alivia la pausa de la Fed, la fuente de la inflación europea de segunda ronda que estrecha al Banco Central Europeo, y el soporte de los términos de intercambio que sostiene al peso colombiano, de modo que un mismo choque de oferta empuja en direcciones opuestas según la geografía.
Los metales preciosos prolongaron su racha alcista alimentados por la debilidad del dólar y la desinflación estadounidense. El oro superó los 4.380 dólares por onza y aseguró su segunda ganancia semanal, apoyado en unos datos de IPC e IPP contenidos que redujeron las expectativas de una Fed agresiva y en una demanda oficial persistente, con China sumando cerca de 20 toneladas a sus reservas en julio, su vigesimoprimer mes consecutivo de compras. La plata rebotó a la zona de 65 dólares con un alza semanal superior al 2%, sostenida además por una demanda industrial genuina —las importaciones chinas de minerales con plata crecieron 62,5% interanual por la producción de paneles solares y redes eléctricas—, una historia de fondo que separa a este metal del oro puramente monetario. El mineral de hierro se recuperó por encima de 710 yuanes por tonelada ante señales de menor inventario en puertos chinos y mayor producción siderúrgica, un repunte que el Banco Popular de China reforzó al preparar una inyección de liquidez de un billón de yuanes vía repos inversos.
Los agrícolas cerraron el cuadro con dos movimientos de oferta bien diferenciados. El trigo se disparó más del 3% hasta cerca de 6,70 dólares por bushel, con una ganancia semanal superior al 5%, tras un ataque ucraniano a un puerto báltico ruso y el rechazo de Moscú a una tregua en el Mar Negro, un riesgo de suministro relevante dado que Rusia y Ucrania concentrarán cerca del 30% de las exportaciones mundiales de trigo en la temporada 2026/27. El café arábica, en contraste, cedió a la zona de 3,10 dólares por libra, cerca de su mínimo de agosto, porque las condiciones más secas en Brasil favorecen el cierre de la cosecha y mejoran la oferta de corto plazo, pese a unos inventarios de ICE en mínimos de 2,75 años. Para Colombia, segundo productor mundial de arábica, la noticia relevante fue de alivio: las exportaciones de café por Buenaventura se reanudaron de forma parcial e intermitente y, según los exportadores, el terremoto no dañó las instalaciones de procesamiento ni de trilla, lo que acota el riesgo logístico que la emergencia había abierto sobre el principal producto agrícola de exportación del país.
Valoración. La semana financiera se organizó alrededor de una tensión que no existía con esta nitidez siete días atrás: la Fed retiró la subida de tasas de septiembre gracias a una inflación de julio contenida, pero el crudo empezó a revertir justo el componente energético que hizo posible esa moderación, y esa contradicción explica el movimiento más revelador del período. La renta variable leyó la pausa en clave alcista y firmó máximos, pero lo hizo con los semiconductores cediendo y un volumen anómalamente bajo, señales de un rally que descansa cada vez más en la expectativa monetaria y en la narrativa de la IA que en fundamentos anchos. La renta fija dio la lectura más profunda: los rendimientos largos subieron pese a la debilidad del consumo, y ese empinamiento de la curva es el mercado cobrándole a la Fed por adelantado dos riesgos que la pausa no elimina sino que aplaza —una inflación energética que el bloqueo de Ormuz puede reavivar y una oferta de deuda que el déficit fiscal en máximos de cinco años obliga a colocar—. Divisas y commodities completaron el cuadro con coherencia: el dólar se debilitó al retirarse el diferencial de tasas de corto plazo, el oro y la plata volaron porque un billete verde flojo y unos rendimientos que no terminan de definirse abaratan el activo sin renta, y el crudo al alza sostuvo a las monedas exportadoras como el peso colombiano. El hilo que atraviesa las cuatro subsecciones es el desacople entre el tramo corto y el largo de las expectativas: el mercado descuenta una Fed quieta hoy pero le exige prima por la inflación y la deuda de mañana, y mientras el crudo siga escalando por Ormuz esa prima no cederá. Colombia jugó su partida propia dentro del giro global, con el COLCAP liderando la región por resultados corporativos y el peso en su cuarta semana al alza montado sobre el dólar débil y el crudo fuerte, una fortaleza que responde a corrientes externas favorables y no a un cuadro interno que, entre el déficit disparado y las necesidades de reconstrucción por financiar, se tornó decididamente más frágil.
Nota del Autor
La información contenida en este Resumen Económico Semanal se fundamenta en fuentes públicas consideradas confiables y tiene como único propósito ofrecer un análisis general de coyuntura para los lectores. Este documento no constituye una oferta, invitación, recomendación ni asesoría personalizada para la compra, venta o mantenimiento de instrumentos financieros, conforme a lo establecido en el artículo 2.40.1.1.2 del Decreto 2555 de 2010.
Las fuentes utilizadas incluyen informes oficiales, publicaciones de entidades nacionales e internacionales, y bases de datos de mercado de acceso público. Este material no reproduce ni distribuye contenido protegido sin la debida autorización o cita correspondiente, y se acoge a los principios de uso legítimo de la información con fines analíticos y educativos.
Las opiniones, proyecciones y análisis aquí presentados son exclusivamente del autor y no reflejan necesariamente las posturas de entidades públicas o privadas con las que mantenga vínculo profesional o académico. Tales opiniones están sujetas a cambios sin notificación previa, de acuerdo con la evolución de los hechos económicos y financieros.
Las inversiones en mercados financieros conllevan riesgos inherentes, incluidas posibles pérdidas parciales o totales del capital invertido. En consecuencia, se recomienda a los lectores realizar su propio análisis independiente y, de considerarlo necesario, acudir a asesores financieros debidamente habilitados conforme al marco regulatorio aplicable antes de adoptar decisiones con impacto económico.














Comentar