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Desde AlPoniente.com celebramos la publicación número 100 de este resumen económico semanal, un espacio que se ha consolidado como un aporte constante al análisis de la coyuntura económica y financiera.
Agradecemos al autor por la confianza depositada en nuestro medio y por su compromiso con la producción de contenido riguroso, oportuno y de valor para nuestros lectores. Alcanzar este hito es también reflejo de la disciplina y la dedicación que han acompañado cada una de estas publicaciones.
Resumen Ejecutivo
La semana del 18 al 22 de mayo dejó una señal que los mercados comienzan a asumir con creciente claridad: el escenario base de tasas altas por más tiempo dejó de ser una hipótesis secundaria y empezó a convertirse nuevamente en el eje central de valoración de activos globales.
La combinación entre petróleo todavía tensionado, inflación resistente, deterioro fiscal en varias economías desarrolladas y una Reserva Federal cada vez más incómoda frente al comportamiento de los precios provocó un nuevo repricing sobre bonos, divisas y activos de riesgo. El mercado pasó de discutir la velocidad de los recortes de tasas a preguntarse nuevamente si algunos bancos centrales podrían verse obligados a endurecer otra vez sus posturas monetarias.
En Estados Unidos, la fortaleza manufacturera y la expansión del gasto asociado a inteligencia artificial continúan sosteniendo crecimiento corporativo y valorizaciones bursátiles, pero simultáneamente empiezan a aparecer señales más visibles de agotamiento en consumo, vivienda y segmentos sensibles al costo financiero. La llegada de Kevin Warsh a la presidencia de la Fed añadió además un nuevo componente de incertidumbre institucional en un entorno donde los rendimientos de los Treasuries ya operan cerca de máximos de dos décadas.
Europa enfrenta una situación más delicada. La desaceleración económica se intensifica mientras el shock energético vuelve a presionar inflación y márgenes empresariales. El BCE continúa atrapado entre una economía debilitada y un petróleo que amenaza con frenar nuevamente el proceso desinflacionario. Asia, por su parte, sigue mostrando la nueva geografía del ciclo global: China se consolida como actor dominante en transición energética, vehículos eléctricos y cadenas industriales críticas, mientras Japón enfrenta crecientes tensiones entre subsidios energéticos, inflación importada y normalización monetaria.
En América Latina, el foco volvió a concentrarse sobre sostenibilidad fiscal y costo de financiamiento. México perdió margen relativo tras la rebaja de Moody’s, mientras Brasil intenta contener el deterioro presupuestario sin sacrificar crecimiento. Colombia comenzó a reflejar de forma más visible el traslado del riesgo fiscal hacia tasas largas, crédito privado y costo de capital. El debate alrededor de los TES cercanos al 15% dejó de ser un episodio aislado y empezó a convertirse en una discusión estructural sobre sostenibilidad de deuda, rigidez presupuestaria y confianza de mercado.
Los mercados financieros mostraron una divergencia cada vez más marcada. La renta variable global continúa sostenida por inteligencia artificial, automatización e infraestructura tecnológica, pero debajo de los índices agregados aparecen señales crecientes de fragilidad en sectores ligados a consumo y financiamiento. La renta fija volvió a operar bajo una lógica dominada por inflación energética y déficits fiscales, mientras las divisas comenzaron nuevamente a responder principalmente a diferenciales de tasas y estrategias de carry trade.
En commodities, el Brent confirmó que sigue siendo la variable macroeconómica más sensible del momento. Cada movimiento del petróleo se trasladó rápidamente hacia expectativas de inflación, rendimientos soberanos y comportamiento cambiario global. Los metales preciosos perdieron atractivo frente a tasas elevadas y dólar fuerte, mientras commodities ligados a electrificación e inteligencia artificial conservaron soporte estructural.
Esta edición marca además la publicación número 100 del Resumen Económico de la Semana en AlPoniente, medio que ha acompañado este ejercicio editorial desde mayo de 2024. Aunque este análisis viene desarrollándose desde años atrás, estas cien publicaciones han permitido consolidar una lectura semanal de los mercados enfocada en macroeconomía, política monetaria, riesgo fiscal, geopolítica y valoración de activos bajo una visión estratégica y de largo plazo. A todos los lectores, directivos, empresarios, equipos técnicos y profesionales que han acompañado este proceso durante este ciclo editorial, gracias por la confianza, las observaciones y el espacio para seguir fortaleciendo un análisis económico serio y técnicamente independiente.
I. Estados Unidos: inflación persistente, manufactura resiliente y un mercado que vuelve a descontar tasas más altas por más tiempo
La semana consolidó un cambio de percepción que venía incubándose desde abril: el mercado dejó de discutir cuándo comenzarán los recortes de tasas y empezó nuevamente a evaluar la posibilidad de un nuevo ciclo de endurecimiento monetario en Estados Unidos. La combinación entre inflación resistente, energía elevada, manufactura sólida y deterioro del sentimiento del consumidor terminó modificando de forma significativa la curva de expectativas de la Reserva Federal.
El principal detonante fue el tono crecientemente restrictivo de la Fed. Las actas de la reunión de abril mostraron preocupación explícita por el repunte inflacionario derivado del encarecimiento energético y por la posibilidad de que las presiones de precios comiencen a extenderse más allá de combustibles y transporte. En ese contexto, distintos miembros del banco central empezaron a plantear que, si la inflación no converge nuevamente hacia el objetivo del 2%, podrían retomarse incrementos de tasas durante el segundo semestre.
Christopher Waller endureció particularmente el lenguaje esta semana al solicitar que la Reserva Federal elimine el sesgo de flexibilización monetaria de sus comunicados oficiales. El mensaje es relevante porque modifica el marco psicológico del mercado: la Fed ya no estaría discutiendo cuándo bajar tasas, sino cuánto tiempo deberá mantenerlas restrictivas e incluso si será necesario volver a subirlas. Los futuros sobre fondos federales llegaron a incorporar probabilidades cercanas al 50% para un incremento en septiembre y superiores al 60% hacia octubre-diciembre.
La llegada formal de Kevin Warsh a la presidencia de la Reserva Federal añadió un nuevo componente institucional al escenario. Warsh asumió con un discurso orientado hacia una Fed “reformista”, insistiendo en una política monetaria más flexible frente a cambios estructurales de productividad derivados de inteligencia artificial, aunque simultáneamente defendiendo la necesidad de preservar credibilidad antiinflacionaria. El problema es que hereda un entorno particularmente complejo: inflación anual de 3,8%, expectativas inflacionarias nuevamente ascendentes, petróleo por encima de 100 dólares y señales de enfriamiento parcial del consumidor.
Los indicadores adelantados de actividad entregaron una fotografía mixta pero reveladora sobre la estructura actual del ciclo estadounidense. El PMI manufacturero sorprendió positivamente al ubicarse en 55,3 puntos, su mayor expansión en cuatro años, impulsado tanto por demanda doméstica como por acumulación preventiva de inventarios ante temores de interrupciones logísticas y mayores costos energéticos derivados del conflicto en Oriente Próximo. Las compañías continúan reportando traslados de costos hacia precios finales, señal de que la transmisión inflacionaria permanece activa.
Sin embargo, otros indicadores manufactureros comenzaron a reflejar una economía menos homogénea. El índice manufacturero de la Fed de Filadelfia cayó inesperadamente a terreno contractivo (-0,4), contrastando con la fortaleza mostrada por el PMI y por el Empire Manufacturing de Nueva York. Esa divergencia empieza a ser consistente con un patrón más amplio: una economía que todavía mantiene expansión agregada, pero cada vez más concentrada en ciertos sectores y regiones, mientras otros segmentos empiezan a resentir el impacto acumulado de tasas altas y energía cara.
El sector servicios continuó desacelerándose gradualmente. El PMI compuesto se mantuvo en 51,7 puntos, nivel compatible con crecimiento positivo pero moderado, mientras los costos de insumos y precios finales alcanzaron máximos no observados desde 2022. La economía estadounidense sigue creciendo, pero el patrón de expansión comienza a desplazarse desde consumo masivo hacia inversión corporativa y gasto tecnológico, particularmente vinculado a inteligencia artificial y centros de datos.
Precisamente allí emerge una de las tensiones más relevantes del ciclo actual: mientras el segmento corporativo ligado a tecnología mantiene fortaleza, los hogares de menores ingresos empiezan a mostrar señales claras de deterioro financiero. La confianza del consumidor de la Universidad de Michigan cayó hasta 44,8 puntos, su nivel más bajo desde junio de 2022. Tanto las condiciones actuales como las expectativas futuras registraron deterioro significativo, mientras las expectativas de inflación a uno y cinco años volvieron a repuntar.
El comportamiento del consumo energético se convirtió en uno de los termómetros más sensibles de esa presión sobre los hogares. Walmart reportó que sus clientes redujeron las cargas promedio de gasolina por debajo de 10 galones por primera vez desde 2022, reflejando una lógica de consumo defensivo típica de entornos de pérdida de ingreso disponible. La presión es particularmente fuerte en los segmentos de menores ingresos, donde el gasto en combustible y alimentos ocupa una proporción sustancialmente más alta del presupuesto familiar.
El trasfondo geopolítico continúa siendo determinante para el escenario macroeconómico global. Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán siguen sin avances concluyentes respecto al programa nuclear iraní y la normalización del tránsito por el estrecho de Ormuz. El mercado energético permanece operando bajo un escenario de restricción severa de oferta, con aproximadamente el 14% del suministro mundial de petróleo afectado. Barclays mantuvo su proyección promedio de Brent en 100 dólares para 2026, aunque reconoció que los riesgos continúan inclinándose claramente al alza.
Los escenarios más adversos empiezan además a incorporar implicaciones macroeconómicas mucho más profundas. Diversos análisis de mercado estiman que un cierre prolongado de Ormuz podría llevar el Brent hacia niveles cercanos a 130 dólares por barril durante el tercer trimestre, obligando a la Fed, el BCE y el Banco de Inglaterra a mantener o incluso endurecer nuevamente sus posturas monetarias. La diferencia relativa es que Estados Unidos conserva una mayor capacidad de absorción frente al shock energético que Europa o Asia, aunque el deterioro del consumidor ya empieza a evidenciarse en distintos segmentos del comercio minorista.
Otra señal que ganó importancia esta semana fue el deterioro estructural de la demanda extranjera por deuda estadounidense. Morgan Stanley advirtió que la participación de inversionistas internacionales en el mercado de Treasuries cayó al nivel más bajo desde 1997, mientras China y Japón redujeron significativamente sus tenencias durante marzo. La señal es relevante porque ocurre precisamente en el momento en que el déficit fiscal estadounidense continúa ampliándose y las necesidades de financiamiento aumentan.
El mercado de renta fija comenzó a reaccionar a esa combinación de inflación persistente, mayor emisión y menor demanda externa. El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años superó nuevamente el 5,1%, acercándose a máximos no observados desde 2023, mientras distintos análisis de mercado empiezan a discutir abiertamente la sostenibilidad fiscal estadounidense como un riesgo de mediano plazo y no únicamente como un debate académico.
Valoración. Estados Unidos continúa creciendo, pero lo hace sobre una estructura cada vez más desequilibrada. La manufactura vinculada a inventarios preventivos y la inversión corporativa en inteligencia artificial siguen sosteniendo actividad, mientras el consumidor de menores ingresos comienza a resentir con claridad el impacto combinado de inflación energética, tasas elevadas y pérdida de poder adquisitivo. La Fed enfrenta además un escenario particularmente delicado: inflación resistente, expectativas inflacionarias repuntando y una transición institucional bajo Kevin Warsh que el mercado todavía no termina de descifrar. El principal cambio de esta semana no fue económico sino financiero: el mercado volvió a aceptar que las tasas altas podrían permanecer durante mucho más tiempo del que se descontaba hace apenas dos meses.
II. Europa: inflación energética, desaceleración de servicios y un BCE atrapado entre crecimiento débil y nuevas presiones de precios
Europa comienza a entrar en la fase más incómoda del nuevo shock energético global: una economía que pierde dinamismo mientras la inflación vuelve a acelerarse. La combinación entre menor crecimiento, deterioro del sector servicios, condiciones financieras restrictivas y energía persistentemente cara empieza a configurar un entorno crecientemente cercano a estanflación, precisamente en el momento en que el Banco Central Europeo evalúa si debe endurecer nuevamente su política monetaria.
La Eurozona registró una inflación cercana al 3%, aunque distintos indicadores adelantados sugieren que las presiones podrían intensificarse durante el segundo semestre. Las proyecciones derivadas del PMI de S&P Global ya apuntan hacia niveles cercanos al 4%, impulsados principalmente por el encarecimiento energético derivado del conflicto en Oriente Próximo y las restricciones persistentes sobre el tránsito por el estrecho de Ormuz.
El problema para el BCE es que el deterioro inflacionario ocurre simultáneamente con una desaceleración visible de la actividad económica. El PMI compuesto de la Eurozona cayó hasta 47,5 puntos, permaneciendo en terreno contractivo y reflejando el debilitamiento progresivo del sector privado. Aunque el componente manufacturero se mantuvo levemente en expansión en 51,4 puntos, el verdadero deterioro apareció en servicios, que descendió hasta 46,4, profundizando la desaceleración de un sector que representa la mayor parte de la economía europea.
La composición del deterioro es relevante. Parte de la resiliencia manufacturera todavía descansa sobre acumulación preventiva de inventarios ante temores de interrupciones logísticas y mayores costos de abastecimiento. Las compañías continúan adelantando compras y asegurando suministros energéticos e industriales, mecanismo que sostiene artificialmente la actividad en el corto plazo pero que no refleja una recuperación genuina de la demanda final. Al mismo tiempo, los márgenes empresariales comienzan a comprimirse debido a la dificultad de trasladar completamente los mayores costos energéticos hacia precios finales.
El empleo también empieza a resentirse. Los indicadores adelantados muestran debilitamiento del mercado laboral europeo por quinto mes consecutivo, mientras la desaceleración salarial comienza a aliviar parcialmente una de las principales preocupaciones del BCE. Los salarios negociados en la Eurozona crecieron 2,5% interanual durante el primer trimestre, moderándose desde el 2,9% previo y alejándose significativamente del pico de 5,6% registrado en 2024. Esa desaceleración salarial reduce parcialmente el riesgo de efectos de segunda ronda inflacionaria, aunque el banco central continúa enfrentando un choque de oferta energético sobre el cual la política monetaria tiene capacidad limitada de respuesta.
La propia Comisión Europea reconoció esta semana el deterioro del escenario macroeconómico regional. Bruselas revisó el crecimiento esperado para 2026 hasta apenas 0,9%, mientras elevó sus previsiones de inflación hacia el 3%. Aunque el escenario base continúa descartando formalmente una recesión, la Comisión admitió que los riesgos permanecen claramente inclinados hacia un entorno de menor crecimiento y presiones inflacionarias más persistentes.
Ese deterioro empieza a ser visible incluso en las principales economías del bloque. En Alemania, el PIB del primer trimestre confirmó un crecimiento modesto apoyado principalmente por exportaciones y gasto público, mientras la inversión continuó debilitándose. La confianza empresarial medida por el Ifo mejoró ligeramente hasta 84,9 puntos, y el índice de confianza del consumidor GfK avanzó hasta -29,8, aunque ambos indicadores permanecen en niveles históricamente débiles y compatibles con una economía de bajo crecimiento.
El patrón alemán sigue mostrando una fragilidad estructural importante: el consumo privado continúa condicionado por la pérdida de poder adquisitivo y por la incertidumbre energética, mientras la inversión corporativa permanece afectada por tasas elevadas y retrasos en la implementación del estímulo fiscal anunciado por Berlín. La mejora reciente en confianza refleja más estabilización táctica que recuperación estructural.
En Francia, el deterioro manufacturero también comenzó a hacerse visible. Aunque algunos indicadores industriales mostraron estabilización parcial, la actividad empresarial sigue afectada por mayores costos energéticos y menor demanda regional. La combinación entre inflación resistente y desaceleración de actividad empieza además a elevar las tensiones políticas y fiscales dentro del bloque.
El Reino Unido entregó una de las señales más débiles de la semana. Las ventas minoristas cayeron 1,3% mensual en abril, golpeadas principalmente por el desplome en combustibles y consumo discrecional. El deterioro del gasto de los hogares coincide con una caída abrupta del PMI de servicios hasta 47,9 puntos, su nivel más bajo en más de cinco años, arrastrando al índice compuesto a terreno contractivo.
La economía británica empieza a resentir de forma más visible el impacto combinado de inflación energética, deterioro del ingreso disponible e incertidumbre política interna. Aunque la inflación se moderó hasta 2,8%, parte importante de esa desaceleración obedeció a ajustes regulatorios temporales sobre tarifas energéticas y no necesariamente a una normalización estructural de precios.
El deterioro fiscal británico también ganó protagonismo esta semana. El endeudamiento neto del sector público alcanzó 24.300 millones de libras en abril, mientras la deuda neta escaló hasta 94,2% del PIB. El incremento simultáneo del gasto y del costo de financiamiento comienza a limitar significativamente el margen de maniobra del gobierno de Keir Starmer, en un entorno donde el mercado ya exige primas más altas para financiar deuda soberana británica.
Precisamente el aumento global de costos de financiamiento se convirtió en una de las principales preocupaciones de las autoridades europeas. Los ministros de finanzas del G7 se reunieron esta semana bajo la creciente inquietud por el impacto económico prolongado del cierre parcial de Ormuz y por el repunte sostenido de los precios energéticos. El presidente del Eurogrupo, Kyriakos Pierrakakis, reconoció abiertamente que la economía global permanecerá sometida a presión incluso si el conflicto se resuelve rápidamente.
La energía continúa siendo el principal factor de riesgo macroeconómico para Europa. Funcionarios comunitarios admitieron esta semana que los precios del petróleo y del gas probablemente permanecerán por encima de niveles previos al conflicto al menos hasta finales de 2027. La propia Christine Lagarde advirtió que los efectos retardados del shock energético seguirán filtrándose hacia distintos sectores de la economía incluso si las tensiones geopolíticas disminuyen en los próximos meses.
En medio de ese contexto, Europa también comenzó a acelerar discusiones estratégicas relacionadas con soberanía financiera y autonomía económica. El debate sobre el euro digital volvió a ganar fuerza ante la elevada dependencia europea de sistemas de pagos estadounidenses como Visa, Mastercard, PayPal y Apple Pay. El BCE busca introducir una infraestructura digital de pagos propia antes de 2029, aunque enfrenta resistencia de la banca privada europea, preocupada por el potencial desplazamiento de depósitos hacia instrumentos respaldados directamente por el banco central.
Simultáneamente, el FMI advirtió que la Unión Europea necesitará reformas estructurales profundas, consolidación fiscal y posiblemente mecanismos de deuda conjunta para enfrentar las crecientes necesidades de gasto en defensa, energía y pensiones durante los próximos quince años. El organismo proyecta que, sin ajustes relevantes, la deuda pública promedio europea podría acercarse al 130% del PIB hacia 2040.
Valoración. Europa enfrenta un deterioro macroeconómico que comienza a adquirir características más estructurales que transitorias. La actividad se desacelera, el sector servicios entra en contracción, los costos energéticos continúan presionando márgenes y el BCE enfrenta nuevamente el dilema de combatir inflación sin profundizar el debilitamiento económico. La desaceleración salarial ofrece cierto alivio, pero no resuelve el problema central: Europa continúa siendo una de las regiones más vulnerables al shock energético derivado del conflicto en Oriente Próximo. El principal riesgo para el segundo semestre no es únicamente una inflación más alta, sino la posibilidad de que el endurecimiento financiero coincida con una economía que ya muestra señales visibles de agotamiento cíclico.
III. Asia: China amortigua el shock petrolero mientras Japón enfrenta el dilema entre subsidios, inflación y normalización monetaria
Asia volvió a mostrar esta semana la doble condición que la convierte en el bloque más sensible al nuevo ciclo energético global: es al mismo tiempo el principal importador neto de combustibles del mundo y el epicentro industrial de varias de las tecnologías que podrían reducir esa dependencia en el largo plazo. Esa tensión se expresó con claridad en dos economías decisivas: China, que está contribuyendo a estabilizar temporalmente el mercado petrolero global, y Japón, que enfrenta una combinación cada vez más compleja de inflación importada, subsidios fiscales y presión sobre su banco central.
En China, el dato más relevante no provino de un indicador tradicional de actividad, sino de su comportamiento en el mercado mundial de crudo. Pekín redujo sus compras externas de petróleo y condensados desde niveles cercanos a 11,7 millones de barriles diarios antes del conflicto en Oriente Próximo hasta aproximadamente 8,2 millones de barriles diarios, una contracción de 3,5 millones de barriles diarios que equivale, en términos de magnitud, al consumo total de Japón.
Esa reducción ha tenido un efecto estabilizador sobre los precios internacionales del petróleo. En un mercado marcado por restricciones en el estrecho de Ormuz, menores flujos desde productores del Golfo y primas de entrega física elevadas, la decisión china de moderar importaciones ha contribuido a mantener el Brent cerca de la zona de 100 dólares por barril, evitando por ahora una escalada más desordenada del precio.
La lectura, sin embargo, no es lineal. Una parte de la reducción se explica por el cierre del ciclo de acumulación estratégica: China venía comprando petróleo por encima de sus necesidades corrientes para fortalecer reservas que ya se aproximan a 1.400 millones de barriles. Pero el resto del ajuste plantea preguntas más profundas sobre la demanda interna, la sustitución energética y la estructura industrial del país. La desaceleración económica, la rápida adopción de vehículos eléctricos, el teletrabajo y la sustitución de insumos petroquímicos por procesos basados en carbón podrían estar reduciendo la elasticidad de China frente al crudo importado.
Esa capacidad de absorción convierte a China en un factor de equilibrio temporal para el mercado energético, pero no en una garantía permanente. Si Pekín logra mantener menores importaciones sin deterioro visible de inventarios ni racionamiento doméstico, el mercado petrolero podría evitar un escenario extremo durante varias semanas más. Si, por el contrario, la reducción actual responde al uso de inventarios no observables o a una desaceleración interna más severa de lo admitido oficialmente, el ajuste podría revelar debilidades tanto en la demanda china como en la estabilidad del mercado global.
El segundo frente estratégico para China fue el avance estructural de los vehículos eléctricos. La Agencia Internacional de la Energía proyecta que cerca del 30% de los vehículos nuevos vendidos en el mundo durante 2026 serán eléctricos, con ventas globales cercanas a 23 millones de unidades. China continúa dominando el sector: sus fabricantes concentraron alrededor del 60% de las ventas mundiales en 2025 y el país produjo casi tres cuartas partes de los vehículos eléctricos fabricados globalmente.
El dato tiene una implicación macroeconómica de primer orden. El encarecimiento de los combustibles fósiles no solo presiona inflación y consumo; también acelera la adopción de tecnologías en las que China ya posee ventaja de escala, costos y cadena de suministro. En Europa, las ventas de eléctricos crecieron cerca de 30%; en Asia-Pacífico, excluyendo China, aumentaron alrededor de 80%; y en América Latina avanzaron cerca de 75%. Fuera de los tres grandes mercados tradicionales, más de la mitad de los vehículos eléctricos vendidos provinieron de China.
La ventaja china no se limita al ensamblaje final. El país controla más del 80% de la producción mundial de celdas de batería y cuotas aún mayores en materiales críticos. En un ciclo global donde energía, tecnología y geopolítica se vuelven variables inseparables, esa posición convierte a China en el principal beneficiario industrial de una transición energética que se acelera precisamente por la crisis del petróleo.
Al mismo tiempo, Pekín intensificó la supervisión regulatoria sobre firmas financieras y fondos cotizados, solicitando información adicional sobre estrategias de inversión para contener episodios de especulación excesiva. La señal no es menor: las autoridades chinas buscan evitar que el reequilibrio energético y tecnológico derive en burbujas financieras internas, especialmente en segmentos asociados a vehículos eléctricos, baterías, semiconductores y transición verde.
La relación con Estados Unidos sigue mostrando una paradoja estructural. A pesar de los aranceles, controles de exportación y tensiones geopolíticas, ambas economías continúan profundamente integradas. Estados Unidos depende de China para cerca del 45% de sus importaciones de teléfonos inteligentes, 56% de baterías y una proporción muy elevada de juguetes, consolas y pequeños electrodomésticos. China, a su vez, sigue dependiendo de Estados Unidos en tecnología aeronáutica, semiconductores, gas natural, soja y equipos industriales especializados.
Esa interdependencia limita la velocidad real de cualquier proceso de desvinculación. El discurso político puede avanzar más rápido que la capacidad industrial para reemplazar cadenas de suministro construidas durante décadas. En sectores como semiconductores, baterías, aviación y energía, la sustitución de proveedores no es un acto administrativo sino un proceso de inversión, transferencia tecnológica y rediseño logístico que puede tardar años.
Japón, en contraste, mostró una combinación macroeconómica más delicada. La inflación general de abril se moderó hasta 1,4%, mientras la inflación subyacente descendió hasta 1,9%, su nivel más bajo en varios años. A primera vista, el dato ofrece alivio al Banco de Japón, especialmente porque mantiene la inflación por debajo o cerca del objetivo del 2%. Sin embargo, la explicación importa más que el número: la moderación responde en buena medida a subsidios energéticos y ayudas fiscales, no necesariamente a una desinflación estructural sostenible.
La primera ministra Sanae Takaichi evalúa prolongar las medidas de apoyo fiscal para contener el costo de vida, especialmente en combustibles y energía. Esa estrategia protege temporalmente el ingreso disponible de los hogares, pero traslada presión hacia las cuentas públicas y puede complicar la lectura del Banco de Japón. Si los subsidios contienen artificialmente la inflación, el banco central podría retrasar una normalización que el mercado considera necesaria; si los retira demasiado rápido, la inflación energética podría reaparecer con fuerza.
La reunión entre el gobernador Kazuo Ueda y la primera ministra Takaichi reflejó esa tensión. Ambos acordaron mantener una comunicación estrecha sobre política económica, aunque no discutieron explícitamente un aumento de tasas. El mercado, sin embargo, sigue asignando una alta probabilidad a que el Banco de Japón eleve la tasa desde 0,75% hacia 1,0% en los próximos meses, en un intento por preservar credibilidad monetaria ante el riesgo de inflación importada.
La dificultad para el BoJ es que enfrenta presiones contrapuestas. Por un lado, la dependencia energética de Japón exige prudencia frente a un Brent elevado y a posibles interrupciones de suministro. Por otro, una política monetaria demasiado laxa puede debilitar el yen, encarecer aún más las importaciones y reactivar el ciclo de inflación importada. El dilema japonés ya no es solo monetario: es fiscal, cambiario y energético al mismo tiempo.
El comercio exterior japonés entregó una señal positiva, aunque también cargada de matices. Japón registró en abril un superávit comercial de 301.900 millones de yenes, encadenando tres meses consecutivos en terreno positivo. Las exportaciones aumentaron 14,8% interanual, impulsadas por componentes electrónicos, semiconductores y metales no ferrosos, mientras las importaciones crecieron 9,7% por mayores compras de tecnología y productos refinados.
El dato confirma que Japón mantiene fortalezas industriales relevantes en segmentos de alta tecnología. Sin embargo, el colapso de las importaciones de crudo desde Oriente Medio, con una caída de 67,2% en volumen, evidencia la magnitud del ajuste energético que atraviesa la economía. El volumen total de importaciones de petróleo cayó 63,7%, alcanzando mínimos históricos desde que existen registros comparables. Esa reducción puede mejorar temporalmente la balanza comercial, pero también plantea interrogantes sobre sostenibilidad energética, producción industrial y seguridad de abastecimiento.
Las tensiones comerciales con China añadieron otra capa de riesgo. Los ministros de Comercio de Japón y China mantuvieron un contacto informal durante la reunión de APEC, el nivel más alto de acercamiento desde la disputa diplomática de noviembre. El punto crítico sigue siendo el acceso japonés a tierras raras pesadas, materiales indispensables para vehículos eléctricos, defensa y manufactura avanzada. Las restricciones chinas sobre estos insumos muestran cómo la transición energética también se está convirtiendo en un instrumento de presión geopolítica.
Valoración. Asia continúa siendo el bloque donde mejor se observa la nueva geografía del ciclo global. China actúa simultáneamente como amortiguador del mercado petrolero, potencia dominante en vehículos eléctricos y proveedor indispensable de cadenas de suministro críticas. Esa posición le otorga una ventaja estratégica evidente, aunque también deja abierta la pregunta sobre la verdadera fortaleza de su demanda interna. Japón, por su parte, enfrenta un dilema más vulnerable: necesita contener el costo energético de los hogares sin deteriorar su posición fiscal, normalizar gradualmente la política monetaria sin golpear la actividad y proteger su industria tecnológica sin escalar la tensión con China. El riesgo regional no está en una desaceleración uniforme, sino en una divergencia creciente entre una China que capitaliza la transición energética y un Japón que intenta administrar sus costos macroeconómicos.
IV. México y Brasil: deterioro fiscal, crecimiento moderado y un ciclo latinoamericano condicionado por tasas altas y energía costosa
La semana dejó una señal particularmente relevante para América Latina: mientras la región todavía conserva estabilidad macroeconómica relativa frente a otros episodios históricos de estrés externo, el deterioro fiscal y el menor dinamismo económico comienzan a convertirse nuevamente en variables centrales de riesgo para inversionistas y calificadoras.
En México, el evento más importante fue la rebaja de calificación soberana por parte de Moody’s, que redujo la nota del país desde Baa2 hasta Baa3, dejándolo apenas un escalón por encima de perder el grado de inversión. Más allá de la decisión puntual, el mensaje de fondo es mucho más relevante: el mercado internacional empieza a cuestionar la sostenibilidad de las anclas fiscales mexicanas en un entorno de menor crecimiento, mayores necesidades de gasto y apoyo persistente a Pemex.
La calificadora argumentó que el debilitamiento fiscal se aceleró desde 2024 debido al aumento del gasto público vinculado a proyectos estratégicos impulsados por la administración anterior, incluyendo infraestructura ferroviaria, refinación y logística energética. Sin embargo, el problema ya no es únicamente el tamaño del déficit, sino la percepción de que el modelo fiscal mexicano se está desplazando gradualmente desde prudencia macroeconómica hacia una estructura más dependiente de gasto rígido y apoyo estatal permanente.
El factor más sensible continúa siendo Pemex. Moody’s reconoció explícitamente que el respaldo continuo a la petrolera seguirá limitando la consolidación fiscal y deteriorando la flexibilidad presupuestaria del gobierno. La deuda pública mexicana podría acercarse al 55% del PIB hacia 2028, alejándose progresivamente de los niveles que durante años distinguieron a México como uno de los emisores más conservadores de América Latina.
La señal es relevante porque México todavía mantiene fortalezas estructurales importantes: acceso preferencial al mercado estadounidense, una economía diversificada, integración manufacturera bajo el esquema de nearshoring y estabilidad monetaria relativa. Precisamente por eso, el ajuste de Moody’s tiene un componente preventivo más que reactivo. La preocupación del mercado no es un evento inmediato de crisis fiscal, sino el riesgo de erosión gradual de credibilidad macroeconómica en un entorno de crecimiento más débil y mayores costos financieros globales.
Ese menor dinamismo económico ya comenzó a reflejarse en la actividad. El PIB mexicano retrocedió 0,6% trimestral durante el primer trimestre de 2026, mostrando caídas en todos los grandes sectores productivos. Las actividades primarias lideraron el deterioro, seguidas por industria y servicios. Aunque en términos interanuales la economía todavía registra crecimiento marginal, el patrón confirma una desaceleración más profunda de la observada durante 2025.
La industria continúa siendo uno de los puntos más vulnerables. La producción manufacturera y el sector industrial resentieron el menor dinamismo externo y el entorno de inversión todavía condicionado por incertidumbre energética e infraestructura insuficiente. El nearshoring sigue representando una oportunidad estructural relevante, pero la capacidad de capturar plenamente ese flujo continúa limitada por problemas de suministro eléctrico, agua, informalidad y seguridad.
El consumo interno, aunque más resiliente, también empieza a mostrar moderación. El sector servicios —que representa más de dos terceras partes del PIB mexicano— desaceleró su ritmo de crecimiento, reflejando un entorno de hogares más cautelosos frente a tasas elevadas e inflación persistente. Algunos segmentos ligados a salud, servicios gubernamentales y financieros mantuvieron expansión, pero otros vinculados a turismo, restaurantes y servicios profesionales mostraron deterioro.
La inflación entregó una señal mixta. El índice general se moderó hasta 4,11% anual durante la primera quincena de mayo, aunque continúa acumulando tres meses consecutivos por encima del rango objetivo de Banxico. El problema más delicado sigue concentrado en alimentos y servicios: la inflación alimentaria permanece persistentemente elevada y los servicios continúan por encima del 4% desde finales de 2021, señal de que las presiones subyacentes todavía no terminan de disiparse.
Particularmente preocupante continúa siendo el comportamiento de frutas y verduras, con inflación cercana al 17% anual, mientras los energéticos empiezan nuevamente a mostrar presiones derivadas del conflicto en Oriente Próximo. Aunque los subsidios eléctricos han contenido parcialmente el impacto sobre hogares, Banxico sigue enfrentando un escenario donde la desinflación avanza más lentamente de lo esperado y donde un choque energético prolongado podría complicar nuevamente la trayectoria de tasas.
El panorama mexicano empieza así a parecerse cada vez más a una economía atrapada entre fortalezas estructurales importantes y restricciones fiscales crecientes. El país conserva ventajas manufactureras y comerciales frente a otros mercados emergentes, pero la combinación entre menor crecimiento, presión fiscal y dependencia energética limita significativamente el margen de política económica.
En Brasil, la discusión giró principalmente alrededor de las cuentas fiscales y la desaceleración económica gradual que empieza a consolidarse tras el fuerte crecimiento de 2025. El gobierno anunció un nuevo bloqueo de gasto por 22.100 millones de reales, sumándose a restricciones previamente anunciadas, en un intento por cumplir el marco fiscal y contener el deterioro presupuestario.
El ajuste refleja un problema estructural conocido: el aumento sostenido de gastos obligatorios —pensiones, nóminas y programas sociales— continúa reduciendo el espacio fiscal disponible para inversión y gasto discrecional. Aunque el gobierno mantiene formalmente el compromiso con las reglas fiscales, la creciente utilización de exclusiones contables y flexibilidades regulatorias empieza a generar cuestionamientos sobre la verdadera capacidad de consolidación presupuestaria.
Las proyecciones oficiales continúan mostrando déficits primarios elevados para los próximos años, incluso después de ajustes metodológicos que permiten excluir ciertos gastos judiciales extraordinarios. El mercado, sin embargo, sigue observando con cautela el crecimiento sostenido del gasto estructural en un entorno donde las tasas reales continúan siendo de las más altas entre economías relevantes.
La actividad económica brasileña todavía muestra resiliencia relativa. El índice IBC-Br, considerado una aproximación mensual del PIB, creció 1,29% durante el primer trimestre, impulsado principalmente por industria y servicios. Sin embargo, la trayectoria comienza a desacelerarse respecto a 2025 y las proyecciones del mercado apuntan hacia una expansión cercana al 1,8% este año, inferior al crecimiento previo.
La desaceleración refleja tanto el efecto acumulado de tasas elevadas como una menor contribución del ciclo externo favorable que impulsó exportaciones agrícolas y materias primas durante años recientes. El consumo interno sigue relativamente sólido, pero el costo financiero continúa limitando inversión privada y expansión del crédito.
Brasil mantiene una ventaja relativa importante frente a otros emergentes: su banco central conserva credibilidad, el sistema financiero permanece sólido y el país sigue beneficiándose de exportaciones agrícolas, minerales y energéticas. Sin embargo, el entorno global actual empieza a ser menos favorable para economías altamente dependientes de financiamiento interno y gasto público creciente.
La región latinoamericana en su conjunto enfrenta un desafío común: el ciclo global de tasas altas y energía costosa está obligando a los gobiernos a elegir entre consolidación fiscal, subsidios para contener inflación o crecimiento económico más débil. México y Brasil muestran versiones distintas del mismo dilema. México enfrenta erosión gradual de sus anclas fiscales mientras intenta sostener inversión y crecimiento. Brasil conserva mayor credibilidad monetaria, pero enfrenta restricciones presupuestarias cada vez más difíciles de administrar políticamente.
Valoración. América Latina entra en una fase donde la disciplina macroeconómica vuelve a convertirse en el principal diferenciador entre economías emergentes. La rebaja de Moody’s a México muestra que los mercados ya no están evaluando únicamente crecimiento o estabilidad monetaria, sino también sostenibilidad fiscal de largo plazo y capacidad institucional para contener deuda pública. Brasil conserva mayor margen relativo gracias a la credibilidad de su banco central y a una estructura exportadora más robusta, aunque también comienza a resentir el agotamiento del impulso cíclico postpandemia. El entorno global de energía cara, tasas elevadas y menor liquidez internacional vuelve a castigar especialmente a las economías con déficits persistentes y menor espacio fiscal.
V. Colombia: deuda cara, rigidez fiscal y una economía que empieza a depender crecientemente del gasto público
La semana dejó una señal particularmente delicada para la economía colombiana: el deterioro fiscal ya dejó de ser únicamente una discusión técnica y comenzó a trasladarse de forma visible al costo del financiamiento, a las tasas de largo plazo y a la estructura misma del crecimiento económico. El debate alrededor de los TES cercanos al 15%, la sostenibilidad de la deuda pública y la creciente rigidez presupuestal terminó convirtiéndose en el eje central de la percepción de riesgo sobre Colombia.
La advertencia más contundente provino de la Contraloría General de la República, que reiteró su preocupación frente al manejo de la deuda pública tras la emisión extraordinaria de aproximadamente $6 billones en TES realizada por el Gobierno Nacional. El organismo señaló que la reciente colocación se adjudicó bajo tasas significativamente superiores a las observadas semanas atrás, con diferencias cercanas a 68 puntos básicos, reflejando un deterioro acelerado de las condiciones de financiamiento soberano.
Más allá del nivel puntual de tasas, el problema comienza a ser estructural. La curva de rendimientos de los TES sigue mostrando una configuración atípica donde los títulos de corto plazo superan los rendimientos de largo plazo, fenómeno históricamente inusual para Colombia y consistente con escenarios donde el mercado percibe mayores riesgos inmediatos de liquidez, inflación o sostenibilidad fiscal. El mensaje implícito es claro: el mercado exige primas cada vez más altas para financiar al Estado colombiano incluso en horizontes relativamente cortos.
La situación adquiere mayor sensibilidad porque ocurre simultáneamente con un aumento acelerado del peso del servicio de la deuda dentro del presupuesto nacional. Según la Contraloría, el pago de intereses y amortizaciones ya representa aproximadamente 23% del gasto público total, mientras la ejecución de inversión pública permanece considerablemente rezagada frente a funcionamiento y deuda. A corte de mayo, el rubro con mayor nivel de ejecución dentro del presupuesto era precisamente el servicio de la deuda.
Ese desplazamiento progresivo desde inversión hacia funcionamiento y deuda empieza a modificar la composición misma del crecimiento económico colombiano. Por primera vez en la historia reciente, el gasto de funcionamiento del Estado superó el peso de la inversión dentro del PIB. El consumo gubernamental alcanzó cerca de 15,9% del PIB, mientras la formación bruta de capital descendió hasta aproximadamente 15,7%. La señal es particularmente relevante porque implica que el crecimiento reciente está siendo sostenido crecientemente por gasto corriente estatal y no por expansión productiva privada.
El propio comportamiento del PIB del primer trimestre confirma esa dinámica. La economía creció 2,2%, pero una proporción significativa de esa expansión provino del gasto público, especialmente administración estatal, educación y funcionamiento institucional. Mientras tanto, la inversión total registró contracción, afectada por menores inventarios, desaceleración en construcción y cautela empresarial frente al entorno de tasas altas e incertidumbre fiscal.
El problema de fondo es que este patrón de crecimiento tiende a ser menos sostenible en el tiempo. El gasto estatal puede amortiguar desaceleraciones en el corto plazo, pero difícilmente reemplaza la capacidad de inversión privada para expandir productividad, empleo formal y crecimiento potencial. El mercado empieza precisamente a cuestionar si Colombia está entrando en un modelo donde el crecimiento depende crecientemente de gasto rígido financiado con deuda cada vez más costosa.
Las advertencias del CARF y del Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana profundizaron esa preocupación. Ambas entidades señalaron que el presupuesto colombiano atraviesa un proceso acelerado de inflexibilidad. Los gastos obligatorios ya absorben cerca del 90% del presupuesto nacional, reduciendo progresivamente el margen de maniobra fiscal del Gobierno.
Dentro de esa rigidez, el gasto de personal se convirtió en uno de los focos principales de presión. El costo asociado a nómina estatal y contratación pública ha mostrado una expansión particularmente acelerada desde 2022. El gasto de personal pasó de aproximadamente $47 billones en 2022 a cerca de $57 billones en 2025, mientras el número de cargos creció mucho menos proporcionalmente. La mayor presión proviene no tanto de nuevas plazas sino de mayores remuneraciones, bonificaciones, costos prestacionales y expansión de contratos por prestación de servicios.
El fenómeno adquiere relevancia macroeconómica porque ocurre en un contexto de recaudo tributario todavía insuficiente y crecimiento económico moderado. Colombia empieza a enfrentar un desequilibrio donde el gasto estructural crece más rápido que los ingresos permanentes, obligando a mayores emisiones de deuda precisamente en el momento en que el costo financiero del país aumenta de forma acelerada.
Las propias declaraciones de funcionarios y organismos técnicos reflejaron esta divergencia de visiones. Mientras el Gobierno defendió su estrategia de endeudamiento argumentando reducción de exposición cambiaria y manejo activo de deuda externa, tanto la Contraloría como el CARF insistieron en que el problema central no es únicamente el tamaño de la deuda, sino la ausencia de un ajuste estructural entre ingresos y gastos.
El deterioro fiscal además comienza a transmitirse directamente hacia el crédito privado y las tasas de largo plazo. Uno de los análisis más importantes de la semana provino del propio Banco de la República, que reconoció explícitamente cómo las tasas de los TES están empezando a dominar la formación de tasas hipotecarias y créditos de inversión, desplazando parcialmente el efecto tradicional de la tasa de política monetaria.
La conclusión técnica del análisis del BanRep es especialmente relevante: desde finales de 2024, las tasas hipotecarias dejaron de seguir principalmente la tasa de intervención y comenzaron a responder crecientemente al comportamiento de la deuda pública a 10 años. En otras palabras, el deterioro fiscal ya no afecta únicamente al Gobierno; empieza también a encarecer el financiamiento de hogares y empresas.
Ese mecanismo explica parte de la creciente cautela del mercado frente a la política monetaria. Aunque la tasa de intervención permanece en 11,25%, las expectativas comienzan nuevamente a inclinarse hacia posibles incrementos adicionales. La encuesta de Fedesarrollo mostró que los analistas esperan tasas cercanas a 11,75% en junio y alrededor de 12,25% hacia finales de 2026, mientras las proyecciones de inflación continúan alejándose del rango meta del banco central.
La inflación proyectada para cierre de año ya supera el 6,5%, reflejando presiones derivadas de indexación salarial, energía, depreciación cambiaria y persistencia inflacionaria en servicios. El deterioro de expectativas comienza además a trasladarse hacia el mercado cambiario, donde el consenso anticipa un dólar nuevamente cercano a $3.800 durante el segundo semestre.
A pesar de ese entorno más restrictivo, algunos sectores continúan mostrando resiliencia relativa. La vivienda entregó señales mixtas pero algo más favorables que en trimestres anteriores. Los desembolsos para financiación habitacional crecieron cerca de 4,8%, impulsados principalmente por vivienda VIS y leasing habitacional. Simultáneamente, el área aprobada para construcción registró un fuerte repunte anual superior al 80% en marzo, reflejando una recuperación parcial de proyectos residenciales.
Sin embargo, incluso allí aparece el efecto de las tasas largas. El repunte de rendimientos soberanos limita la velocidad de recuperación hipotecaria y mantiene condiciones financieras todavía exigentes para hogares y constructoras. La mejora reciente luce más asociada a recomposición parcial de demanda represada y subsidios que a una normalización estructural del ciclo inmobiliario.
El sector externo mostró señales algo más constructivas. Las importaciones crecieron impulsadas principalmente por manufacturas, maquinaria y vehículos provenientes de Asia, mientras las exportaciones avanzaron a un ritmo mayor, permitiendo cierta reducción del déficit comercial. China consolidó nuevamente su posición como principal origen de importaciones colombianas, especialmente en vehículos, maquinaria y equipos industriales.
No obstante, la composición del comercio exterior también refleja parte de la nueva estructura económica: la economía colombiana continúa dependiendo crecientemente de importaciones manufactureras y bienes de capital en un contexto donde la inversión doméstica todavía no logra recuperar plenamente su dinamismo previo.
El mercado accionario local también empezó a resentir el deterioro de expectativas. La confianza medida por Fedesarrollo y la Bolsa de Valores de Colombia mostró una caída importante durante mayo, mientras los analistas comenzaron a recalibrar objetivos para el MSCI COLCAP. Aunque algunos indicadores sugieren que las acciones colombianas continúan luciendo baratas frente a fundamentales, el mercado sigue mostrando cautela frente a riesgo fiscal, tasas altas y menor crecimiento potencial.
Valoración. Colombia entra en una fase donde el deterioro fiscal empieza a transmitirse simultáneamente hacia deuda pública, tasas privadas, inversión y percepción de mercado. El principal riesgo ya no es únicamente el tamaño del déficit, sino la creciente rigidez estructural del gasto y la dependencia del crecimiento respecto al consumo estatal. El aumento de las tasas de los TES comienza además a contaminar el resto de la economía financiera, encareciendo crédito hipotecario, inversión de largo plazo y costo de capital. Aunque la economía todavía muestra resiliencia parcial en empleo, vivienda y comercio exterior, el mercado empieza a exigir una señal mucho más clara de sostenibilidad fiscal y corrección estructural de las cuentas públicas.
VI. Mercados financieros
Renta variable: la inteligencia artificial sostiene valorizaciones mientras el mercado intenta descontar un nuevo régimen de tasas altas
La renta variable global cerró la semana con un tono más constructivo, aunque detrás de los avances continúa consolidándose una divergencia importante entre sectores, regiones y narrativas de mercado. El principal soporte de las bolsas sigue concentrado en dos factores: la expectativa de una moderación parcial del riesgo geopolítico en Oriente Próximo y la continuidad del ciclo de inversión asociado a infraestructura de inteligencia artificial.
En Estados Unidos, los principales índices accionarios extendieron sus ganancias semanales pese al entorno de tasas elevadas y creciente incertidumbre fiscal. El S&P 500 completó su octava semana consecutiva de valorizaciones, la racha más prolongada desde finales de 2023, mientras el Dow Jones alcanzó nuevos máximos intradía apoyado por rotación hacia sectores industriales y compañías con flujos de caja más defensivos. El Nasdaq, aunque más moderado, mantuvo desempeño positivo respaldado nuevamente por tecnología y semiconductores.
El comportamiento del mercado estadounidense volvió a mostrar la sensibilidad extrema de las valoraciones frente a la curva de rendimientos. Durante la primera parte de la semana, el repunte de los Treasuries presionó especialmente a los sectores de crecimiento debido al aumento de las tasas de descuento utilizadas para valorar compañías tecnológicas. Posteriormente, la moderación parcial del petróleo y las señales de avance diplomático entre Estados Unidos e Irán permitieron cierto alivio en bonos y una recuperación táctica del apetito por riesgo.
Sin embargo, el elemento más importante continúa siendo la narrativa estructural alrededor de inteligencia artificial. Los resultados corporativos siguieron confirmando que el gasto en infraestructura tecnológica permanece sólido. Nvidia reportó ingresos récord por US$81.600 millones, con crecimiento anual cercano al 85%, mientras las ventas de su división de centros de datos avanzaron más de 90%. Aunque la reacción inmediata del mercado fue algo más cautelosa debido a expectativas muy elevadas, el mensaje de fondo permanece intacto: la demanda global por capacidad computacional, procesamiento de datos y semiconductores continúa expandiéndose a ritmos históricamente excepcionales.
La fortaleza del ciclo tecnológico también se reflejó en compañías vinculadas a hardware e infraestructura digital. Dell y HP registraron valorizaciones superiores al 15% tras los sólidos resultados de Lenovo, que mostró un crecimiento excepcional en ingresos asociados a inteligencia artificial. El mercado sigue premiando especialmente a empresas expuestas a servidores, centros de datos, automatización y equipamiento tecnológico corporativo.
No obstante, empieza a aparecer una divergencia relevante entre tecnología corporativa y consumo masivo. Mientras las compañías asociadas a IA continúan mostrando expansión robusta, algunos indicadores provenientes del retail empiezan a reflejar deterioro en los hogares de menores ingresos. Walmart cayó con fuerza tras advertir presión creciente derivada del costo energético y del debilitamiento del consumo discrecional. La señal es importante porque confirma que la economía estadounidense mantiene fortaleza agregada, pero cada vez más concentrada en inversión corporativa y gasto tecnológico, mientras ciertos segmentos del consumidor comienzan a resentir el entorno de inflación persistente y tasas altas.
En términos agregados, la temporada de resultados del primer trimestre continúa siendo sólida. Con más del 90% de las compañías del S&P 500 habiendo reportado resultados, las utilidades muestran crecimiento cercano al 29% anual, muy por encima de lo esperado meses atrás. Sin embargo, el mercado empieza gradualmente a elevar el estándar: ya no basta con crecer; las compañías deben demostrar capacidad de sostener márgenes en un entorno de financiamiento más costoso y desaceleración parcial del consumo.
En Europa, las bolsas también cerraron la semana en terreno positivo, impulsadas principalmente por tecnología y defensa. El EuroStoxx 50 avanzó apoyado por compañías vinculadas a semiconductores y automatización industrial, mientras el IBEX 35 logró sostenerse cerca de los 18.000 puntos pese a la volatilidad del petróleo y el deterioro macroeconómico regional.
Las acciones europeas continúan beneficiándose de la rotación global hacia empresas relacionadas con inteligencia artificial, automatización y defensa estratégica. Compañías como ASML, Infineon e Indra mantuvieron buen comportamiento, reflejando el interés estructural por semiconductores avanzados, gasto militar y digitalización industrial. Europa sigue rezagada frente a Estados Unidos en crecimiento agregado, pero algunos sectores estratégicos continúan capturando flujos importantes de inversión global.
En contraste, el sector consumo mostró una dinámica mucho más frágil. Puig sufrió fuertes caídas tras finalizar conversaciones de integración con Estée Lauder, mientras distintos segmentos ligados a consumo discrecional continúan reflejando cautela frente a desaceleración económica y pérdida de poder adquisitivo de los hogares europeos.
En Asia, el desempeño también fue favorable, particularmente en Japón y compañías ligadas a tecnología avanzada. El TOPIX avanzó impulsado por fabricantes relacionados con semiconductores, robótica y automatización industrial. El mercado asiático continúa siendo uno de los principales beneficiarios de la expansión global de infraestructura digital y de la creciente demanda por capacidad computacional vinculada a inteligencia artificial.
La lectura estratégica es importante: el mercado accionario global empieza a dividirse cada vez más entre compañías beneficiadas por el nuevo ciclo tecnológico y sectores más expuestos al deterioro del consumidor, mayores costos financieros y desaceleración económica global. La concentración de valorizaciones alrededor de inteligencia artificial sigue aumentando, fenómeno que sostiene índices agregados pero también incrementa riesgos de concentración y sensibilidad frente a cualquier decepción en resultados futuros.
En América Latina, la dinámica fue considerablemente más heterogénea. El Ibovespa brasileño retrocedió afectado por toma de utilidades en bancos y volatilidad en energía, mientras el mercado colombiano continuó presionado por el deterioro fiscal y el aumento de tasas soberanas.
El MSCI COLCAP volvió a caer y regresó a niveles cercanos a los observados a finales de 2025. El principal factor de presión continúa siendo el incremento del costo de capital derivado del repunte de los TES y de la creciente percepción de riesgo fiscal local. Las acciones colombianas siguen luciendo relativamente baratas frente a fundamentales históricos, pero el mercado continúa exigiendo primas más altas ante incertidumbre política, tasas elevadas y deterioro fiscal.
Aun así, comenzó a observarse apetito selectivo por emisores líquidos y defensivos como Ecopetrol, GEB y algunas preferenciales bancarias. El flujo hacia este tipo de activos refleja una estrategia más conservadora por parte de inversionistas institucionales locales, priorizando compañías con generación de caja estable, liquidez y exposición parcial a energía o infraestructura regulada.
El caso de Ecopetrol resume buena parte de las tensiones actuales del mercado colombiano. Aunque la acción mantuvo flujo relevante de negociación, el deterioro operativo y la caída de utilidades continúan generando presión estructural sobre valoración. El mercado empieza además a incorporar de forma más explícita riesgos asociados a tributación, entorno regulatorio, tasa de cambio y sostenibilidad de producción futura.
Valoración. La renta variable global continúa sosteniéndose sobre una narrativa extremadamente concentrada: inteligencia artificial, infraestructura digital y automatización siguen funcionando como el principal motor de valorizaciones internacionales. Sin embargo, debajo de los índices agregados comienza a aparecer una economía mucho menos homogénea. Los sectores vinculados a consumo, vivienda y financiamiento continúan mostrando señales de agotamiento frente a tasas altas y energía costosa. El principal riesgo para las bolsas ya no es únicamente geopolítico, sino financiero: si las tasas largas permanecen elevadas durante más tiempo, el mercado tendrá que empezar a reevaluar valoraciones que todavía descuentan un entorno de liquidez mucho más benigno del que hoy enfrenta la economía global. En Colombia, el COLCAP en mínimos de diciembre no responde a deterioro de fundamentales corporativos sino a la prima electoral que el mercado asigna a la incertidumbre de política económica del próximo gobierno — patrón que históricamente no cede hasta después de definida la segunda vuelta.
Renta fija: el mercado empieza a descontar un mundo con tasas estructuralmente más altas y mayor prima fiscal
La renta fija global atravesó una de las semanas más sensibles del año. El mercado comenzó a incorporar de forma mucho más agresiva un escenario donde la combinación entre inflación energética, tensiones geopolíticas, deterioro fiscal y persistencia inflacionaria podría obligar a mantener tasas elevadas durante un periodo considerablemente más prolongado. El resultado fue un nuevo repunte en los rendimientos soberanos de largo plazo en las principales economías desarrolladas y una creciente volatilidad sobre las curvas globales de deuda.
El principal detonante continúa siendo el conflicto en Oriente Próximo y el riesgo asociado al estrecho de Ormuz. El encarecimiento del petróleo reactivó los temores inflacionarios precisamente en el momento en que buena parte de los bancos centrales esperaba iniciar una transición gradual hacia políticas monetarias menos restrictivas. El mercado empezó a concluir que la desinflación global podría frenarse nuevamente durante el segundo semestre, obligando a la Reserva Federal, el BCE y otros bancos centrales a mantener una postura más restrictiva de lo descontado hace apenas unas semanas.
En Estados Unidos, la presión sobre los bonos soberanos volvió a intensificarse. El rendimiento del Treasury a 30 años superó temporalmente el 5,2%, alcanzando niveles no observados en casi dos décadas, mientras el bono a 10 años llegó a negociarse cerca de 4,69% durante la semana. Aunque posteriormente parte del movimiento se moderó, la señal del mercado fue clara: los inversionistas exigen una prima significativamente más alta para financiar al gobierno estadounidense en un entorno de inflación persistente, mayor emisión de deuda y deterioro estructural de las cuentas fiscales.
La dinámica de la curva estadounidense también reflejó un cambio importante en expectativas monetarias. El tramo corto sufrió fuertes ventas luego de que Christopher Waller reconociera que las probabilidades de nuevas alzas de tasas ya son equivalentes a las de recortes. Esa declaración alteró de forma importante el posicionamiento del mercado, especialmente porque coincidió con el inicio de la presidencia de Kevin Warsh en la Fed y con el repunte reciente de expectativas inflacionarias derivadas del choque energético.
El ajuste fue particularmente visible en el bono a dos años, cuyo rendimiento volvió a máximos desde febrero de 2025. Fondos de cobertura y administradores institucionales intensificaron posiciones cortas sobre el tramo largo de la curva y liquidaron apuestas previas a favor de una rápida normalización monetaria. El mercado dejó de descontar un ciclo agresivo de recortes y comenzó nuevamente a discutir la posibilidad de tasas estructuralmente altas durante 2027.
Lo verdaderamente importante es que el mercado de renta fija estadounidense ya no está reaccionando únicamente a inflación o política monetaria. Empieza también a incorporar un componente fiscal mucho más visible. El incremento sostenido de emisión de deuda, el deterioro de la demanda extranjera por Treasuries y el crecimiento del déficit estructural comienzan a elevar la sensibilidad de los bonos soberanos frente a cualquier deterioro macroeconómico o geopolítico adicional.
En Europa, el comportamiento fue más favorable, aunque igualmente condicionado por la energía y las expectativas de inflación. Los avances diplomáticos entre Estados Unidos e Irán permitieron cierta compresión de rendimientos en la deuda soberana europea, particularmente en Alemania y Reino Unido. El rendimiento del Bund alemán a 10 años descendió hasta aproximadamente 3,02%, mientras los gilts británicos registraron su mayor caída semanal de rendimientos en más de dos años.
Aun así, el mercado europeo continúa enfrentando vulnerabilidades importantes. La deuda británica sigue negociándose en niveles históricamente elevados, con el bono a 30 años cerca de máximos del siglo, reflejando preocupación por inflación persistente, déficit fiscales crecientes y mayor sensibilidad energética de la economía europea frente al conflicto en Oriente Próximo.
Otro elemento importante de la semana fue la dificultad para que el diferencial de tasas entre Estados Unidos y Europa continúe estrechándose. La persistencia de rendimientos altos en Treasuries sigue fortaleciendo relativamente al dólar y limitando la apreciación del euro, fenómeno que además mantiene presión inflacionaria importada sobre varias economías europeas. La renta fija global empieza así a operar nuevamente bajo una lógica dominada por energía, geopolítica y riesgo fiscal, más que únicamente por crecimiento económico.
En Japón, los movimientos también comenzaron a reflejar expectativas de normalización monetaria. Aunque el Banco de Japón continúa manteniendo una política considerablemente más flexible que otros bancos centrales desarrollados, el mercado ya empieza a incorporar escenarios donde las tasas japonesas podrían continuar subiendo gradualmente para contener inflación importada y estabilizar el yen. La transición japonesa sigue siendo una de las variables más sensibles para los mercados globales de renta fija debido al enorme tamaño del ahorro institucional japonés invertido en bonos internacionales.
En Colombia, el mercado de deuda pública mostró una semana particularmente volátil, aunque con una recuperación importante hacia el cierre del periodo. Los TES tasa fija registraron valorizaciones generalizadas en prácticamente toda la curva, impulsadas por la moderación parcial de los rendimientos internacionales, cierta reducción del CDS colombiano y un mejor tono global hacia activos emergentes.
Las valorizaciones más importantes se observaron en referencias medias y largas, particularmente en nodos como agosto de 2026, noviembre de 2040 y marzo de 2058. El movimiento permitió una compresión relevante de tasas luego del fuerte deterioro observado semanas atrás, cuando los TES llegaron a negociarse cerca del 15% en algunas referencias.
Sin embargo, la mejora táctica no elimina las tensiones estructurales del mercado colombiano. La deuda pública local continúa operando bajo una combinación compleja de deterioro fiscal, mayores necesidades de financiamiento y creciente sensibilidad política de cara al ciclo electoral de 2026. El mercado sigue exigiendo primas considerablemente superiores frente a otros emergentes latinoamericanos, reflejando preocupación por sostenibilidad fiscal y rigidez presupuestaria.
El comportamiento de los TES UVR también reflejó esa mezcla entre búsqueda de cobertura inflacionaria y volatilidad de largo plazo. Aunque la mayoría de referencias registraron valorizaciones, algunos nodos largos continuaron mostrando presión vendedora, especialmente por movimientos de bancos comerciales e inversionistas extranjeros. La demanda por títulos indexados a inflación sigue siendo consistente con un mercado que todavía percibe riesgos importantes de persistencia inflacionaria durante los próximos trimestres.
Uno de los elementos más relevantes de la semana fue la respuesta positiva del mercado frente a la estrategia de manejo de pasivos del Ministerio de Hacienda. La reciente megasubasta de TES permitió fortalecer la caja del Gobierno, mientras las operaciones de prepago y liberación de colaterales ayudaron a reducir parcialmente el riesgo de refinanciamiento de corto plazo. El mercado interpretó favorablemente la reducción de presión inmediata sobre emisiones cortas, aunque persisten dudas importantes sobre la sostenibilidad fiscal de mediano plazo.
El alivio reciente en los TES parece responder más a factores técnicos y tácticos de liquidez que a una mejora estructural de los fundamentos fiscales. Mientras las tasas internacionales permanezcan elevadas y el mercado continúe percibiendo deterioro en las cuentas públicas, la deuda soberana colombiana seguirá operando con alta sensibilidad frente a cualquier cambio en el apetito global por riesgo.
Valoración. La renta fija global está entrando en una fase distinta del ciclo. Durante gran parte de 2024 y 2025 el mercado discutía cuándo comenzarían los recortes de tasas; hoy empieza nuevamente a evaluar cuánto tiempo deberán permanecer elevadas e incluso si algunos bancos centrales podrían verse obligados a endurecer otra vez sus políticas monetarias. La combinación entre inflación energética, deterioro fiscal y mayor emisión soberana está elevando las primas exigidas por los inversionistas a nivel global. En Colombia, aunque la recuperación reciente de los TES ofrece algo de alivio táctico, el mercado sigue operando bajo un entorno de fragilidad fiscal y elevada sensibilidad política, donde el costo de capital continuará condicionado por la percepción de sostenibilidad de las cuentas públicas y por la evolución de las tasas largas internacionales.
Divisas: el diferencial de tasas vuelve a dominar el mercado cambiario global
El mercado cambiario global entró nuevamente en una dinámica dominada menos por crecimiento y más por diferenciales de tasas de interés. El reciente repricing de la renta fija internacional, especialmente en Estados Unidos, consolidó el regreso de las estrategias de carry trade como uno de los principales motores de valorización dentro del universo de divisas desarrolladas y emergentes.
La lógica detrás del movimiento es relativamente clara: mientras los mercados comienzan a aceptar que la Reserva Federal podría mantener tasas restrictivas durante mucho más tiempo e incluso considerar nuevos incrementos, el dólar vuelve a recuperar atractivo relativo frente a monedas cuyos bancos centrales enfrentan economías más débiles o menor margen para endurecer política monetaria.
El principal cambio estructural de las últimas semanas ha sido la transición desde un mercado enfocado en recortes de tasas hacia otro crecientemente preocupado por inflación persistente y riesgos de estanflación. Los modelos de política monetaria utilizados por distintos bancos internacionales, incluyendo aproximaciones basadas en la Regla de Taylor, comienzan incluso a sugerir que las tasas actuales todavía podrían ser insuficientes para garantizar convergencia inflacionaria en economías como Estados Unidos, Reino Unido o Nueva Zelanda.
Ese nuevo entorno está modificando profundamente la estructura de retornos en el mercado cambiario. Según distintos análisis de mercado, el comportamiento reciente de las monedas del G10 está siendo explicado principalmente por diferenciales relativos de tasas y no tanto por movimientos tradicionales de aversión o apetito por riesgo. El mercado está premiando monedas asociadas a bancos centrales más restrictivos y castigando aquellas vinculadas a economías vulnerables al choque energético o con menor capacidad de endurecimiento monetario.
En ese contexto, el dólar estadounidense mantuvo una posición relativamente sólida durante la semana. El índice DXY cerró prácticamente estable alrededor de los 99 puntos, aunque conservando un sesgo firme apoyado por la resiliencia macroeconómica de Estados Unidos, el repunte de tasas largas y las crecientes expectativas de una Fed más restrictiva.
La fortaleza relativa del dólar resulta particularmente relevante porque ocurre incluso en un entorno donde los mercados todavía no descuentan plenamente un nuevo ciclo agresivo de alzas. Es decir, la moneda estadounidense se beneficia no únicamente por expectativas de tasas más altas, sino también por el diferencial de crecimiento relativo frente a Europa y parte de Asia, además de su condición tradicional de refugio en momentos de tensión geopolítica.
El comportamiento de las monedas desarrolladas reflejó claramente esa divergencia. El euro mostró debilidad moderada frente al dólar, condicionado por el deterioro económico europeo, la mayor sensibilidad energética de la región y la dificultad del BCE para endurecer política monetaria en una economía que ya muestra señales de desaceleración visibles. El diferencial de tasas entre Estados Unidos y la Eurozona continúa limitando la capacidad de apreciación de la moneda europea.
La libra esterlina, en contraste, logró sostenerse relativamente estable e incluso registrar ligeras valorizaciones. El mercado continúa asignando cierta prima positiva al Reino Unido debido a revisiones al alza en crecimiento y a la percepción de que el Banco de Inglaterra todavía podría mantener tasas elevadas durante más tiempo. No obstante, la moneda británica sigue enfrentando vulnerabilidades importantes derivadas de inflación energética, deterioro fiscal y debilitamiento del consumo interno.
El yen japonés volvió a ser una de las monedas más presionadas de la semana. La caída reciente de la inflación subyacente en Japón debilitó parcialmente las expectativas de normalización agresiva por parte del Banco de Japón, ampliando nuevamente el diferencial frente a las tasas estadounidenses. El resultado fue una depreciación adicional del yen hacia niveles cercanos a 159 por dólar, reflejando la enorme sensibilidad de la moneda japonesa frente al diferencial de rendimientos globales.
Japón continúa siendo uno de los mayores exportadores de capital del mundo. Cualquier retraso en la normalización monetaria japonesa mantiene incentivos para que inversionistas locales continúen buscando retornos en el exterior, particularmente en deuda estadounidense y estrategias de carry.
Dentro del universo de monedas desarrolladas, la corona noruega siguió destacándose como uno de los activos más favorecidos por las estrategias de carry, apoyada tanto por tasas elevadas como por la posición energética de Noruega dentro del actual entorno petrolero. El mercado continúa premiando monedas asociadas a exportadores de energía y a bancos centrales con posturas monetarias más restrictivas.
En mercados emergentes, el comportamiento fue mucho más heterogéneo y sensible a factores locales. El caso más destacado fue nuevamente el peso colombiano, que registró una de las mejores semanas del año y se convirtió en una de las monedas emergentes de mejor desempeño global. El USD/COP cayó con fuerza hasta niveles cercanos a $3.660, impulsado por varios factores simultáneos: repunte parcial del petróleo, expectativas de tasas altas por parte del Banco de la República, reducción táctica de la prima de riesgo local y flujos importantes de entrada hacia activos colombianos.
El movimiento del peso colombiano resulta particularmente interesante porque ocurrió pese al ruido electoral y al deterioro fiscal doméstico. El mercado cambiario local comenzó a privilegiar factores de corto plazo como términos de intercambio, diferencial de tasas y posicionamiento táctico frente a elecciones, opacando parcialmente las preocupaciones estructurales sobre sostenibilidad fiscal.
Sin embargo, esa apreciación también deja abierta una pregunta importante hacia el segundo semestre: qué tan sostenible puede resultar un peso fuerte en un entorno donde Colombia continúa enfrentando déficit gemelos elevados, deterioro fiscal y elevada sensibilidad política. Parte de la valorización reciente parece responder más a flujos tácticos y carry que a una mejora estructural de fundamentos macroeconómicos.
El resto de América Latina mostró un comportamiento más moderado. El real brasileño perdió algo de terreno presionado por incertidumbre fiscal y menor apetito hacia activos de riesgo, mientras el peso chileno continuó resentido por la debilidad del cobre y el mayor impacto energético sobre la balanza comercial. El sol peruano mantuvo relativa estabilidad gracias a fundamentos macroeconómicos todavía sólidos, aunque también condicionado por la fortaleza global del dólar.
Valoración. El mercado cambiario global vuelve a operar bajo una lógica dominada por diferenciales de tasas y no únicamente por crecimiento económico o apetito por riesgo. La persistencia de inflación energética y el repricing de la renta fija internacional fortalecieron nuevamente al dólar y devolvieron protagonismo a las estrategias de carry trade. El principal riesgo para las monedas emergentes ya no es solo geopolítico, sino monetario: si la Fed mantiene tasas elevadas durante más tiempo o el mercado comienza a descontar nuevos incrementos, las economías con mayores déficits externos y vulnerabilidades fiscales volverán a enfrentar presión cambiaria significativa. En Colombia, la fortaleza reciente del peso parece responder más a factores tácticos de flujo y diferencial de tasas que a una mejora estructural de fundamentos, por lo que la volatilidad cambiaria seguirá siendo elevada durante el segundo semestre.
Commodities: el petróleo registra su mayor caída semanal del trimestre, el oro encadena segunda semana a la baja y el café colombiano opera en mínimos de un año
El petróleo protagonizó la semana más bajista del trimestre. El WTI retrocedió 8,4% hasta $96,60 por barril y el Brent cedió 5,2% hasta $103,54, aunque ambos recuperaron terreno parcialmente el viernes ante el escepticismo sobre un acuerdo rápido con Irán. La dinámica fue clara: al inicio de la semana la prima geopolítica sostuvo los precios, pero las señales de avance diplomático — con Pakistán actuando como mediador — desinflaron esa prima con rapidez. Dos obstáculos estructurales siguen bloqueando el acuerdo: Teherán exige un sistema de peajes sobre el tránsito por el Estrecho de Ormuz, línea roja explícita para Washington, y Estados Unidos demanda el traslado fuera de Irán de las reservas de uranio altamente enriquecido, posición que el líder supremo Jamenei rechaza sin ambigüedad. Mientras las negociaciones no superen esos dos nudos, cada señal de progreso diplomático seguirá siendo revertida por el mercado en cuanto la realidad operativa del bloqueo no cambie. La Agencia Internacional de la Energía añadió esta semana una advertencia adicional: proyecta un déficit de petróleo durante el verano boreal por la combinación del repunte estacional de demanda y la insuficiencia persistente de oferta desde Oriente Medio. Ucrania continuó atacando sistemáticamente refinerías rusas, variable que mantiene presión lateral sobre la oferta global de productos refinados.
El oro encadenó su segunda semana consecutiva a la baja, retrocediendo 0,7% hasta $4.509 por onza. La plata cedió 0,6% hasta $75,5. El mecanismo es el mismo de semanas anteriores: el mercado asigna una probabilidad del 40% a una nueva subida de tasas de la Fed en diciembre, el dólar opera en máximos de seis semanas y las tasas reales positivas reducen el atractivo de activos sin rendimiento. La inflación elevada que en teoría debería beneficiar al oro queda neutralizada por la expectativa de que los bancos centrales la combatirán con tasas más altas, argumento que el mercado de futuros de tasas sigue privilegiando sobre la función de cobertura del metal. El cobre fue la excepción positiva con un avance de 1,3% hasta $637,9 centavos por libra, sostenido por restricciones de oferta en productores clave — Chile, Indonesia y China — que el mercado incorpora como soporte estructural independiente del ciclo de demanda industrial global.
El café operó esta semana en niveles de presión acumulada. El contrato de referencia cerró el 22 de mayo en $271,56 por libra, con una caída diaria de 0,67%, una pérdida mensual del 9,59% y una depreciación interanual del 24,52%. El precio interno en Colombia se ubicó en $2.200.000 pesos por carga de 125 kilogramos de pergamino seco FR 94 según la Federación Nacional de Cafeteros. La apreciación del peso esta semana operó como factor adverso adicional para los caficultores: una divisa más fuerte reduce en pesos el valor de exportaciones denominadas en dólares, comprimiendo el ingreso real del productor precisamente cuando la cotización internacional acumula una caída de casi 25% frente al año anterior.
Valoración. El mapa de commodities esta semana refleja con precisión la estructura del ciclo actual: el petróleo cae porque el mercado descuenta paz antes de que exista acuerdo, el oro cae porque el mercado descuenta tasas altas antes de que bajen, y el cobre sube porque la oferta física no alcanza independientemente de lo que hagan los bancos centrales. Los tres movimientos pueden revertirse en la misma semana si las negociaciones con Irán colapsan o si la Fed sorprende con un tono más dovish. En ese sentido, el nivel de $103 del Brent no es un equilibrio estable sino un precio de transición entre dos escenarios cuya probabilidad el mercado actualiza sesión a sesión.
Nota del Autor
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