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Nuestro contexto nos ha incorporado en momentos de inicio o puntos de partida y finales o cierres en muchos escenarios de vida, pero no nos ha preparado para iniciar y para lo que sucede con nosotros luego del final.
Referirse al inicio de un proceso de formación en educación superior supone que la vida universitaria inicia cuando el estudiante se matricula en primer semestre y finaliza cuando recibe su título de formación (según corresponda el nivel). Sin embargo, la magia del inicio sucede desde mucho antes y el final puede ser infinito si se visualiza el proceso de aprendizaje como un ejercicio constante e inherente al ser humano, que inicia antes de nacer y dura hasta el fin de la existencia.
Los puentes permiten acortar distancias, hacerlas más seguras y menos riesgosas para ir de un lado a otro; los puentes son conexión. Nos permiten hacer tránsitos, algunas veces imperceptibles, sobre lugares que geográficamente están mediados por vacíos, abismos o brechas; permiten conectar lugares opuestos o muchas veces entendidos como lejanos y ponerlos ahí, al alcance.
Iniciar un proceso de formación profesional, entendido como el hecho de llegar a un nuevo lugar, invita a pensar desde qué lugares (diversos) llegan los seres que quieren habitar la experiencia de la educación superior, y a preguntarnos: ¿cómo llegaron hasta aquí? ¿Lo hicieron a través de puentes o tuvieron que dar un salto al vacío para alcanzar esa meta que termina siendo un nuevo comienzo?
Para iniciar su proceso de formación en educación superior, las personas necesariamente tuvieron que haber cerrado uno anterior que puede darse por finalizado o que armónicamente puede extender su alcance para favorecer que el camino a cruzar sea más corto, tranquilo y sencillo. De la misma manera, el lugar entendido como inicio puede extender sus redes, rutas y comprensión para facilitar la llegada que se convertirá en un nuevo punto de partida.
Tender puentes entre educación media y educación superior supone intención y voluntad en el entendimiento de que las personas que transitan este proceso llegan luego de haber iniciado un recorrido que ha permeado todas las etapas de su vida, el cual puede ser tan tranquilo como se le posibilite o tan complejo como se le disponga.
Comprender dónde están y cómo son los destinos de llegada para quienes finalizan la educación media, y cuáles son los orígenes y por cuáles caminos llegaron quienes inician en educación superior, abre la posibilidad para que se construyan puentes que permitan conectar y acortar caminos, o quizás favorecer que los obstáculos que aparezcan en la vía sean más sencillos de sortear.
Los obstáculos pueden entenderse desde diferentes perspectivas y ángulos, porque dependiendo del camino transitado, para algunos puede verse como obstáculo algo que para otros pasa desapercibido. Cuando me refiero a obstáculos no hablo solo de competencias académicas que se supone están superadas al haber finalizado la educación media, sino de habilidades individuales y contextuales que se agudizan cuando se da un tránsito a un nuevo destino.
Tender puentes es favorecer que, en el caso de Colombia, el porcentaje de estudiantes que hacen tránsito de educación media a educación superior pueda ser superior al 45.94% (según datos oficiales del Ministerio de Educación para el año 2025) y que el 54% restante no se quede en el abismo que implica ir de un lugar a otro sin tener un camino accesible para encontrar lo que puede ser una posibilidad para su nuevo inicio, o tener herramientas para sortear los obstáculos.
Apostar por mitigar esos obstáculos puede ser el propósito en la construcción de puentes donde, desde una orilla, se generen las ideas y conceptos y desde la otra se genere la construcción: puentes preparatorios para la vida universitaria materializados de manera conjunta entre actores de la educación media y superior. Estos, en un entendimiento ampliado del proceso de enseñanza y aprendizaje, pueden diseñar caminos más armónicos, con datos y rutas que precisen la identificación de obstáculos y alertas para quienes los van a transitar; mapas de ruta inteligentes que permitan a los viajeros cruzar el puente y no tener que dar un salto al vacío para poder iniciar.
En este contexto, los puentes pueden estructurarse mediante mecanismos formales o flexibles. Algunos ya existentes y permanentes, como los procesos de articulación de media técnica en Colombia o programas preuniversitarios o preparatorios, aportan valor en los procesos de tránsito hacia la educación superior; también lo pueden ser los programas preparatorios para la vida universitaria estructurados a partir de microcredenciales como una alternativa de articulación y mapa de ruta de reconocimiento de habilidades y competencias. Claramente no son las únicas estrategias para la construcción de puentes; estas pueden ser tan amplias como las posibilidades permitan. La invitación es a que, desde las diferentes orillas, se comprenda que el camino no se agota cuando finaliza una ruta y que la siguiente no inicia sin haber recorrido un camino.
Favorecer el tránsito e ingreso de un estudiante al sistema de educación superior supone facilitar su camino y su proceso; es generar condiciones más homogéneas y menos desiguales para que la decisión del camino sobre el cual soportará su sustento y proyecto de vida sea coherente en virtud de la magnitud del destino elegido. Ahora bien, un estudiante que finalice su proceso de formación construye una relación con la Institución de educación superior que termina cumpliendo un postulado a veces subestimado: es para toda la vida.
El grupo de interés y comunidad más amplia y extensa en las Instituciones de Educación Superior es la de Egresados (con algunas excepciones en instituciones jóvenes); se puede dejar de ser estudiante, pero nunca se deja de ser Egresado. En el entendimiento de que la relación puede estar mediada por un “para siempre”, resulta menos complejo el despliegue de puentes que permitan un retorno constante desde y para la Institución.
La oferta, no solo académica, que cumpla la promesa de valor de ser pertinente, flexible, actualizada y oportuna, se convierte en puentes alternativos para favorecer la ruta de interacción constante y necesaria con la comunidad de Egresados, quienes, aun si lo desearan, tienen con las instituciones una relación que no desaparece con el paso del tiempo. Ser Egresado constituye una relación simbólica y permite que, aun con puentes a veces invisibles, se sienta que nunca se dejó de pertenecer a un lugar que determinó una relación realmente “para toda la vida”.













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