¿Volverá Estados Unidos a ser la tierra de los libres y valientes?

«Puedo decir, y no como un mero patrioterismo, sino con el conocimiento completo de las necesarias raíces metafísicas, epistemológicas, éticas, políticas y estéticas, que los Estados Unidos de América es el más grande, noble y, en sus principios fundadores originales, el único país moral en la historia del mundo.»
— Ayn Rand

Ayer, 4 de Julio, se cumplieron 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, en la cual las trece colonias norteamericanas proclamaban su separación de la corona británica. Pero, en realidad, fue mucho más que eso. Estados Unidos no solo se declaraba independiente de Gran Bretaña: declaraba libres a sus habitantes; libres de cualquier persona o poder que quisiera adueñarse de sus vidas, de sus libertades o de su derecho a la búsqueda de la felicidad. Y al reconocer, consagrar y garantizar sus derechos, marcó una gran diferencia en la historia de la civilización.

Estados Unidos fue poblado por inmigrantes: la mayoría ingleses, escoceses e irlandeses. Cruzaban el océano dejando atrás lazos, tierras y costumbres con la mirada puesta en la libertad y las oportunidades. Nadie se embarcó con certeza alguna de éxito; arriesgaban su vida en el mar y sabían que continuarían exponiéndose al peligro una vez llegados a un lugar que aún era inhóspito y salvaje.

En aquel entonces no había planes sociales, ni ayuda estatal, ni subsidios. Cada uno iba por su cuenta y no estaba obligado a hacerse cargo de la vida ajena ni podía esperar que alguien se hiciera cargo de la suya. Era gente menos educada, sin las facilidades actuales para educarse; peor alimentada y con menos acceso al alimento disponible en nuestros días. Eran mucho más pobres que quienes hoy son considerados pobres. No tenían ni medios de transporte apropiados, ni calefacción, ni electricidad, ni heladeras, ni microondas, ni internet, ni vacunas. Sin embargo, eran individuos que sabían que su destino reposaba en sus propias manos y que confiaban lo suficiente en sus capacidades para abrirse paso en la vida. Solo perseguían las oportunidades que brinda la libertad para labrarse un futuro.

Estos estadounidenses fueron los primeros en comprender el significado de “crear riqueza”. Entendieron que la riqueza no existe en cantidades fijas, sino que es la mente del hombre la que la genera y la que puede multiplicarla. Y con la libertad para usar sus mentes, desarrollaron el país más próspero de la historia. No por casualidad, no por los recursos naturales, no por el clima ni por la genética de sus habitantes: por ciertos principios que importaron desde su madre patria, que hicieron propios en su nueva tierra y que lograron, incluso, consolidar más profundamente.

En 1688 en Inglaterra, Jacobo II al no encontrar el apoyo idóneo para reinar, dejó el trono a Guillermo de Orange, en lo que se conoció como “La Revolución Gloriosa”. Esta revolución, por un lado, terminó con el poder absoluto del rey; por otro, afianzó institucionalmente los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad que hallaron sustento en la Carta sobre la tolerancia y en el primer y segundo Tratado del Gobierno Civil de John Locke —atribuyéndosele la primera mención de tales derechos—.

La mayor parte de la inmigración que pobló los Estados Unidos era de origen anglosajón y traía estos principios arraigados. Fueron ellos, ya asentados en la nueva tierra, quienes erigieron los derechos individuales en piedra angular de la relación entre los ciudadanos y el gobierno. Fueron ellos quienes determinaron el papel del gobierno con relación a la protección de estos derechos, incorporando también el derecho a la búsqueda de la felicidad. Fueron ellos quienes reconocieron su valor ético en tanto condición necesaria para su consagración jurídica y política. Los Padres Fundadores concretaron el salto decisivo en este proceso, dejando plasmados estos principios filosóficos en su Declaración de Independencia, en su Constitución y en su Declaración de Derechos (Bill of Rights).

Y ese “pequeño detalle” de fundar una nación en principios filosóficos abstractos con base en las exigencias de la naturaleza humana para florecer fue lo que la transformó, en la práctica, en la tierra de las oportunidades: un campo fértil para todos aquellos hombres y mujeres dispuestos a arriesgarse, sembrar, recoger y conservar el fruto de su esfuerzo y habilidad.

Actualmente, Estados Unidos está abandonando, día a día, los principios básicos que dieron vida y alma a su grandeza; está abandonando la razón, el individualismo y el capitalismo para adoptar el emocionalismo, el colectivismo y una economía mixta con un Estado benefactor que parece haber echado raíces más allá del partido en el poder, y que poco a poco ha ido limitando las libertades más fundamentales.

Aunque todavía está a tiempo.

Frente a ello tiene una elección: volver a las fuentes y redescubrir la relación causa y efecto entre su grandeza y los principios que la hicieron posible, o caer en la perversa trampa en la que todos los países de América Latina hemos caído y de la que ahora tanto sufrimiento nos cuesta salir.

Ojalá que, en este 250 aniversario de su independencia, las palabras de Thomas Jefferson vuelvan a retumbar como advertencia e inspiración: «prefiero ser expuesto a los inconvenientes derivados de tener demasiada libertad que a aquellos que se derivan de tener muy poca».


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

María Marty

Escritora, ensayista y guionista argentina, Licenciada en Comunicación Social por la Universidad del Salvador y egresada del Academic Center del Ayn Rand Institute. Columnista en diferentes medios y programas de radio.

Fundadora y CEO del Ayn Rand Center Latin America, organización independiente cuya misión es fomentar una mayor conciencia, comprensión y aceptación de la filosofía objetivista en América Latina.

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