La soberanía de la elección: introducción a la libertad humana

«¿Ignora usted que en cada uno de nosotros hay algo que no puede tocar ningún Estado, ninguna colectividad, ningún número de millones de hombres?»
— Kira Argounova, protagonista de “Los que vivimos”, de Ayn Rand

Se han escrito miles de páginas sobre la libertad, librándose además cientos de batallas por ella. Es muy probable que dicho valor sea el concepto más discutido y debatido en la historia de la humanidad, incluso más que Dios, puesto que, en última instancia y aunque no les guste a muchos creyentes, la idea de “Dios” —ya sea desde la religión o desde el mito— gira en torno a la necesidad del ser humano de “escapar” de ciertas cargas metafísicas. Empero, sobre Dios pesan dogmas; sobre la libertad, la realidad de una práctica conceptual que no nos permite desconocer sus efectos.

La libertad trata de la propia elección, la cual nace en la mente. Un factor interesante, que nos guiará en nuestro viaje conceptual, tiene que ver con la contracara de la libertad: la incomodidad del colectivo ante el “ser” libre. Esa aversión social ante una actitud que rompe dogmas y mitos; ante ese actuar que confiere al irreverente individuo libre la facultad de tomar decisiones sin pensar de entrada en los demás; que le otorga la posibilidad de pensar primero en él, cometiendo el peor de los pecados: vivir para sí mismo y no por ni para el resto.

«El primer derecho que se tiene en el mundo es el derecho al yo. El primer deber del hombre lo tiene consigo mismo.»
— Howard Roark, protagonista de “El Manantial”, de Ayn Rand

A diferencia del idealismo y del romanticismo alemán, debemos partir de la realidad, no de fantasías. No vayamos a creer que podemos moldear la realidad según nuestras emociones, ni a pensar que la verdad es lo que diga algún Dios o, igual de erróneo, alguna mayoría nacional y popular. Absurdo. La realidad “es” —la realidad existe—, independientemente de nuestras emociones y hasta de nuestra conciencia. Al mismo tiempo, dada nuestra naturaleza como seres racionales —nuestra metafísica—, usamos la mente para darnos cuenta de que las cosas existen y que, si realizamos un esfuerzo mental y prestamos atención, podemos entender cómo funcionan. Ello nos habilita para aprovecharnos de esa regularidad de la existencia y extraer beneficio —estudiamos la realidad y diseñamos, producimos y nos beneficiamos de remedios contra enfermedades otrora incurables—.

Es indispensable percatarse de una cuestión fundamental: para conocer la realidad y sus reglas, el ser humano debe decidir enfocar su mente; es decir, elegir enfocar su energía y concentración en un objeto o contexto específico de forma consciente y con un propósito. Cabe la alternativa de no enfocar la mente, o sea, que aun sabiendo que aquello puede ser o no importante, optamos por ignorarlo y continuar en modo automático. Esta última actitud —no solo para Rand, sino también para Camus, Sagan, Spinoza y varias de las mentes más brillantes de la humanidad— es la elección de una vida subhumana. Se está eligiendo intencionalmente dejar de usar lo que nos vuelve humanos: la razón. No obstante, esta capacidad humana debe encontrarse anclada a la realidad; uno debe contemplar el contexto y entender que, por ejemplo, elegir creer, sin prueba real alguna, que un ser actuará en favor nuestro cuando estamos por dar un examen sin haber estudiado —o una situación semejante— solamente porque tenemos fe, es tan descabellado como comer plantas en la selva sin saber si son venenosas o no. Ambas decisiones consisten en evadir la realidad —apagar la mente— y dejarnos llevar a ciegas por la suerte, donde la muerte es el resultado lógico de esa decisión —equiparable a jugar a la ruleta rusa con una AK-47 llena de balas—.

Si es un lector atento, se dará cuenta de que ya se afirmó que el mundo funciona en virtud de una ley: causa y efecto; la decisión de enfocar la mente o no es la única forma que tiene el ser humano de causar algo: producir efectos y alcanzar un propósito. Por lo tanto, la única y primera libertad del ser humano es la libertad de usar o no usar su mente. En todo caso, enfoque usted o no su mente, provocará efectos que incidirán directamente en su vida. Entonces, la moralidad o inmoralidad de una decisión se origina en esa voluntad de causar o no causar algo, no en lo que diga un fantasma o en lo que quiera el populacho.

Ya que no podemos volver de la muerte, es la propia vida el filtro que nos permitirá entender si algo es bueno o malo para nosotros: si algo es moral o inmoral. No es la sociedad ni la religión lo que determina que una decisión sea moral o no. Es la coherencia entre la realidad y esa voluntad de mejorar su vida con esa decisión. Pues al ser el hombre un fin en sí mismo, nadie puede obligarle a vivir por otro motivo que no sea su propia vida, su propia felicidad. Si entendemos que el único soberano en su existencia es uno mismo, el único responsable es uno. Entonces, uno puede, debe y tiene la potestad de decidir sobre su cuerpo y su vida. En consecuencia, la moralidad de una decisión no radica en lo que usted piense que Dios quiere o en el bienestar de su familia, sociedad o país; Dios y cualquier colectivo no existen: son abstracciones de individuos. La moralidad de una decisión solo puede radicar en la realidad, la persona y su propia vida.

Es por ello por lo que, dentro de un acuerdo entre dos personas, el incumplimiento de este se considera inmoral y hasta ilegal; constituye un daño contra la humanidad de la otra persona que sí lo cumple. Motivo por el cual no se pueden derivar obligaciones morales de lo no acordado o, peor aún, de lo que socialmente está bien visto. Es absurdo. Si fuera así, convertiría a esa persona en un instrumento: en un esclavo de los deseos de otros. “Que usted no puede divorciarse”, “que debe tener familia”, “que el aborto debe prohibirse”, “que es un traidor a su patria por preferir otra cultura”, “que eso va contra Dios, la congregación o la familia” y demás proclamaciones vanas, sin sustento en la realidad, solamente desean controlar sus decisiones y mantenerlo dentro de “lo socialmente aceptado”; son manipulaciones psicológicas inmorales que centran su fundamento en una inexistente obligación moral colectiva: se justifican en ese espacio marcado entre persona y persona del colectivo que defienden, ergo, en la nada.

Usted es dueño y soberano de su vida, no el resto. La moralidad de una acción se encuentra en las intenciones y objetivos que persigue con ella; si en el medio existió un error o mala suerte, la moralidad consiste en cómo uno decide respecto a lo que le sucede con relación a su vida, sus planes y objetivos. Esto le obliga a usted a tomar a la otra persona del mismo modo: como un fin en sí mismo. Debe asumir que esa persona posee capacidad de elección y responsabilidad sobre su propia vida. Por eso, la pretensión de un burócrata de asumir que, por ejemplo, los trabajadores son más “débiles” que el empresario es inmoral: se asume que el trabajador es un ser con menor capacidad de pensamiento —es decir, más estúpido— y que todos los empresarios son malos. Afirmaciones totalmente alejadas de la realidad. Basta observar los estudios económicos sobre la libertad en materia laboral en los países más libres del mundo. La responsabilidad no es un castigo metafísico por existir: es el reconocimiento de que yo soy el motor de mis actos. Por ende, aceptar la responsabilidad que no emana de mi elección —sino de la voluntad ajena o de un accidente biológico que se puede modificar— no es ser “responsable”: es aceptar una condena de esclavitud espiritual. La verdadera soberanía consiste en manifestar: “Yo actúo en virtud de mis sueños de vida, esos sueños que forman y sustentan mi felicidad. De ahí que responda por lo que elijo, no por lo que otros eligen imponerme”.

En Bolivia y otros países de América Latina, donde se castiga al diferente y se premia al que es del montón, es natural que la sociedad y el populacho busquen la mediocridad moral de seguir normas y reglas sociales. Esa mediocridad buscará a su vez generar culpa en quien elige por sí mismo, pues lo original y lo diferente molestan a quienes permanecen atrapados en la vulgaridad y la monotonía inherentes a lo común. Al que es mediocre y sin identidad, le desagrada que existan seres independientes que toman sus propias decisiones y no tengan el mismo color opaco que él.

Dado que uno debe elegir por sí mismo, debe entender también que los errores los debe corregir uno y que la incapacidad de otros de no hacerlo no es culpa nuestra; no es correcto aceptar la culpa inmerecida. Es el mediocre del promedio —el que no reflexiona y simplemente obedece sin intento serio de usar su mente— el que pretende que usted decida tener una vida subhumana, alejada de su felicidad. Para que, justo al igual que él, tenga una vida gris conforme los mandatos del grupo. Así, este mediocre procurará que usted sienta culpa por pensar primero en su felicidad. Esa culpa social que el colectivo, cualquiera que sea, se esfuerza por hacerle sentir no es más que una estrategia para no ver que usted puede decidir por sí mismo y ser feliz. Su felicidad los carcome; carecen de la valentía para trabajar en ello. Son cobardes por naturaleza. No cuestionan ni a Dios ni a lo socialmente aceptado. El miedo les impide tener una identidad por fuera de esa masa amorfa en la que se mezclan y se pierden: se ocultan y se rehúsan a que alguien brille.

La felicidad echa mano de un principio ontológico: es egoísta. Nadie puede ser feliz por usted, ¡y adivine!, la felicidad se logra pensando: se logra eligiendo. Solo es feliz quien toma su vida en sus manos y decide sobre ella. Es feliz quien, de forma egoísta, se preocupa por sí mismo y diseña, crea y construye una identidad propia, alcanzando así los valores y metas que se propone. El hombre feliz no vive de los demás y no permite que nadie viva de él. No tenemos responsabilidad ni obligación alguna con la sociedad; nadie tiene obligación por nacer: nuestro mayor y único deber es con nosotros mismos. Así que viva y deje vivir, que la libertad germina exactamente ahí: en la capacidad de pensar por usted mismo y no dejar que el resto piense ni decida por usted.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Gelo Wayar

Abogado, profesor universitario y ensayista. Catedrático de Sociología del Derecho y Filosofía del Derecho en la Universidad Privada Boliviana (UPB). Posee una Maestría en Derecho Empresario por la Universidad Austral (Argentina) y es becario del programa Ayn Rand University del Ayn Rand Institute.

En 2026, fue distinguido como Alumni del Año (Aldina Jahić Memorial) por The Atlas Society. Es miembro fundador de El Insubordinado y Coordinador Senior de SFL Bolivia (Students For Liberty). Su trabajo se centra en la intersección entre el derecho, la ética objetivista y los fundamentos racionales de la libertad.

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