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La burocratización de la educación hace que el proceso de enseñanza y aprendizaje se desdibuje y se convierta en una parodia o más bien en una torpe y absurda imitación del mundillo ejecutivo y gerencial de una compañía de servicios. Tenemos por un lado al estudiante, el cliente. A saberse, él es el que busca el servicio, ya no por placer, sino por necesidad. Por el otro lado está el profesor, el peón del emprendimiento comercial llamado universidad. Él sueña con un mundo mejor, pero sus sueños vuelan tan alto como su salario. Ambos protagonistas juegan a recrear los relatos históricos, casi caballerescos, en los que un sabio maestro transfería todo su conocimiento a aquel querido discípulo. Y este, dichoso del favor recibido, lo custodiaba y lo acrecentaba.
Hoy la realidad no es la misma y la caricatura solo da cuenta de los intereses que el capitalismo de consumo ha creado. Se crea un programa según las necesidades del mercado. Se restringen currículos para atender las necesidades del mercado. Se eligen horarios para responder a las necesidades del mercado. Se contratan jornaleros, mal llamados docentes, pero en ningún caso profesores, según las exigencias del mercado.
El conocimiento queda a un lado, lo importante es atender el formato. Ya no se planea, sino que se responde un correo; ya no se piensa, sino que se diligencia; ya no se enseña ni se evalúa, no se alimenta ni se comparte. Solo se mide, se tara, se pesa, se cuenta, se promedia y se cierra el semestre. La nota se convirtió en la puerta, el camino y la recompensa. El conocimiento por el conocimiento y para el bien social se ha dejado a un lado. El conocimiento es socialista, los indicadores capitalistas.
El estudiante común no está interesado en aprender, no es curioso. Para él el saber solo tiene sentido si puede rentabilizarse. El estudiante de hoy no busca superar su condición de animal racional para llegar al entendimiento y la sabiduría. El “estudiante trabajador” viene de los niveles sociales más bajos, buscando en la promesa formativa la ruta de salida a su definición de empleado asalariado, en la cual tras unos pocos años; tal vez, después de tres diplomas firmados con un QR logrará la tan ansiada emancipación: un apartamento, un carro y la posibilidad de comprarse todo lo que no ha tenido.
El maestro y el aprendiz, la experiencia y la curiosidad, la paciencia y la ansiedad ya no se corresponden ni se encuentran. A las primeras las asesinó el formato y a las segundas las tiene secuestradas la mano invisible del mercado.













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