Treinta años son suficientes

Voy a cumplir treinta años y estoy convencido de que treinta años andando sobre la faz de la Tierra son más que suficientes para que alguien como yo (aunque no hay nadie como yo), un ser especial, bien intencionado, comprenda cómo regir los destinos no sólo de mí vida sino también los de mi familia, mi barrio, mi ciudad, mi país y, por supuesto, del mundo entero. A esos treinta años, claro está (para mí, sobre todo), no vale la pena descontarles los siete primeros que tardé en forjar el uso más básico de la razón de la que estamos dotados los seres humanos, durante los cuales era absolutamente dependiente del criterio y la voluntad de mis padres y profesores para no morir de hambre, de frío, o por el impacto de un vehículo andando por la calle a la que con frecuencia me lanzaba corriendo.

Tampoco vale la pena descontar los siete segundos años de mi vida, en los que por vez primera sentí atracción sexual hacia otra persona, entendiendo a regañadientes que esa faceta de la vida humana, tan compleja como importante, me había agarrado por sorpresa y que todos mis cálculos sobre cómo mejorar el mundo hasta ese momento se habían hecho dejándola por fuera. Durante esos años también, entre muchas otras cosas, cuestioné todos los dictámenes de autoridad sin importar de dónde proviniesen: del frío y lejano Estado con sus leyes, de los anticuados profesores con sus lecciones o de los empalagosos y omnipresentes padres con sus argumentos de amor, cariño y desinterés. Por esta época me convencí de que casi todo andaba mal, excepto yo mismo, y que casi todo debía ser descartado por completo y diseñado de nuevo. Lo que no me parecía raro entonces, y mucho menos me parece raro ahora, es que todo estuviese mal, que nada anda bien y que nadie hubiese hecho lo suficiente por corregir las ideas, las costumbres y las instituciones que rigen el mundo. Sólo yo veía con claridad entonces, y sólo yo veo con infalible nitidez ahora. Así que yo (pero no usted, ni el vecino, ni mis pares ni mis mayores, sino sólo yo), que soy la medida de todas las cosas, decidí entonces como acto de magnanimidad y grandeza que antes de proceder con el proyecto de refundar el mundo según los óptimos criterios de la razón y la lógica (los míos), esperaría un poco más para estar seguro de que no quedase absolutamente nada por fuera de mis cálculos, de mi comprensión. De alguna manera me permitía aceptar que yo aún no era perfecto, como sí un poco perfectible. Un poquito, no más. A fin de cuentas, la humildad es una virtud de la que gozamos los seres excepcionales (aunque, repito, no hay nadie tan excepcional como yo).

A mis casi treinta años tampoco vale la pena descontar la tercera serie de siete años, durante la cual alcancé lo que la ley general describe como mayoría de edad, que otorga derechos políticos de elegir y ser elegido a ciertos oficios públicos. Claro está, yo era suficientemente maduro para elegir y ser elegido antes de alcanzar la mayoría de edad, y cabe aclarar que la ley es general y yo, por razones que ya deberían estar claras, soy un ser especial. Durante este período empecé a sentir que el mundo comenzaba a tratarme como bien lo merezco: como un adulto pensante, uno que entiende la complejidad y vastedad de las relaciones humanas y sus sistemas económicos, políticos, sociales e históricos. Lo que me costaba mucho entender era por qué se me trataba más o menos igual a como trataban a otras personas de mi edad, ¿No veían acaso que estaban tratando conmigo? Más por diversión que por necesidad, seguí leyendo y estudiando los autores, los textos y las ideas que confirmaban mi propia grandeza; me la pasé diciéndole a los demás cómo vivir, cómo corregir sus errores y cómo “deben ser” afrontados los problemas individuales y colectivos. Al mismo tiempo tomé ávida nota de cómo arreglaría el mundo una vez reclamase mi derecho a gobernarlo todo. No era necesario confrontar mis notas con las de los demás, pues estas eran inmejorables, producto de las mejores intenciones y del más riguroso ejercicio mental. Mientras tanto, nunca había ganado mi propio dinero, cocinado mis propios alimentos ni lavado mi propia ropa. Tampoco hacía mucho por cuidar mi aspecto físico, por tender mi cama en las mañanas, por ayudar a mi madre a lavar los platos y por controlar mi temperamento: todos estos son asuntos menores para quien debe enfocar su escasa energía en la conducción de las masas y el gobierno del mundo. A fin de cuentas, sigo siendo humano; uno especial, pero humano. La poca energía y el poco tiempo de mi preciosa vida debían ser priorizados adecuadamente.

Durante la cuarta serie de siete años de mis casi treinta, que corrió entre los veintiuno y los veintiocho años de edad y de la cual apenas acabo de salir, alcancé el ápice de mi ser: dejé de ser perfectible puesto que me volví perfecto (aunque esto no se puede andar diciendo por ahí, en voz alta: la gente es envidiosa y casi nunca alcanza a comprender mi grandeza). Ahora sí estaba seguro de que lo comprendía todo, que tenía las fórmulas exactas de cómo componer el mundo y de que todos los intentos por implementar ideas similares a las mías hechos hasta ese momento habían sido mal hechos, plagados de errores, llevados a cabo por gente común e incapaz. Me preguntaba mucho si sería por comunes que eran incapaces, o si era la incapacidad lo que tenían todos en común. Pero no me respondía estas preguntas: andaba muy ocupado entendiendo cómo salvar el mundo. Ahora sólo necesitaba reclamar mi turno de mandar, sin nunca haber obedecido de buena gana, pues los seres como yo no estamos hechos para obedecer. Todas mis teorías, mis autores predilectos y mis prescripciones sobre el mundo lo confirmaban: basta con tener buenas intenciones, con desear y sentarse a esperar, para que el mundo me entregue sus riendas y me deje cabalgarlo a mi antojo, pero sólo a mí: no a usted, ni al vecino, ni a los pares ni a los mayores. Simultáneo a todo esto tuve problemas económicos, no me alcanzaba el dinero para proveerme el estilo de vida propio que merecía, pero no me preocupé por darle solución a un asunto tan bajo y mundano. Además, estaba escrito: ya llegaría la riqueza junto con el poder, sólo basta con desearlos. También había peleado con Dios porque éste no me tomaba en serio ni me confirmaba mi estatus especial entre los hombres. Me distancié de muchos de mis más entrañables amigos porque como Dios, estos no daban cuenta de mi grandeza y además se comportaban como todos los demás: comunes, corrientes, humanos. Preocupados por sus insignificantes problemas y por sus familias, no por los grandes problemas de la humanidad.

Creo que, con lo aquí expresado, querido lector, queda muy claro por qué la experiencia que han dejado mis treinta años mal contados son suficientes para ser su líder, su gobernante. No es un argumento que estoy dispuesto a discutir, ni con usted ni con nadie: es una mera explicación de por qué tengo la razón. Le aseguro que he leído suficiente para entender mucho mejor que usted cómo resolver sus problemas, los míos y los de todos los demás. Le garantizo que tengo las mejores intenciones y que he deseado tan intensamente un turno de poder, que estoy plenamente capacitado para cambiar el mundo. Los que lo han intentado antes no tenían tan buenas intenciones, no eran seres tan especiales ni habían estado tan seguros de sí mismos como yo. Yo tengo las llaves del futuro y es por eso que le pido. No, que le exijo, que me elija su presidente.


Post scriptum I: quede por escrito que esta reflexión tiene forma de sátira, un estilo demonizado por la corrección política en años recientes. Espero que quien decida leerlo tenga el estómago para digerir su mensaje.

Post Scriptum II: todos tenemos en común que somos únicos e irrepetibles. Una consecuencia lógica de esto es que no somos especiales.

Creer que comprendemos el mundo mejor que los demás es un acto de inmadurez y arrogancia. El conocimiento adquirido, las instituciones, las ideas y las costumbres que rigen al mundo -imperfectas, plagadas de errores y llenas de aspectos por mejorar- son el producto del esfuerzo que hemos hecho como especie para vivir más y mejor. Mal que bien, lo vamos logrando: estamos viviendo más y estamos viviendo mejor.

La evolución sólo es posible a través de la crítica, el razonamiento y la reforma constantes, sostenidas y sistematizadas a través del tiempo. Cosa distinta a la revolución, que busca pegarle fuego a todo lo que hay y refundarlo de la noche a la mañana.

Gabriel Aramburo

Abogado

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