![]()
En política, el silencio también habla. Y hoy, el de Iván Cepeda no solo habla: retumba.
Mientras Colombia atraviesa uno de los momentos más delicados de su democracia reciente, el candidato que encabeza la continuidad del proyecto de Gustavo Petro ha decidido jugar a otra cosa. No al debate abierto. No a la confrontación de ideas. No al escrutinio público. Ha optado, en cambio, por el cálculo frío: aparecer cuando conviene, desaparecer cuando incomoda.
No es un error. Es una estrategia.
EL CANDIDATO QUE QUIERE ELEGIR A SUS CONTRADICTORES
Cepeda no solo ha evitado debates clave. Ha ido más allá: pretende definir con quién debate, bajo qué reglas y en qué condiciones. Excluye, condiciona, exige ventajas. Como si la democracia fuera un escenario privado y no un espacio público.
Ese comportamiento no es menor. Es profundamente problemático.
Porque aceptar que un candidato seleccione a sus contradictores equivale a aceptar que el poder decida quién puede cuestionarlo. Hoy es en campaña. Mañana podría ser desde el gobierno.
Y ahí es donde la alarma deja de ser política y se vuelve institucional.
EL “SÍ, PERO…” QUE VACÍA LA DEMOCRACIA
La maniobra es evidente: decir que sí al debate… pero hacerlo imposible. Llenarlo de, condiciones, excusas. Convertirlo en un laberinto.
El resultado es devastador: Colombia termina discutiendo sobre los debates en lugar de debatir.
Y mientras tanto, el candidato gana tiempo, evita riesgos y protege su narrativa.
No es torpeza. Es control.
El peso que no quiere cargar
Hay una contradicción difícil de ignorar. Cepeda promete continuar y profundizar el proyecto de Petro, pero evita defenderlo cuando más se necesita claridad.
Guarda silencio frente a:
- Crisis institucionales
- Escándalos de corrupción
- Tensiones económicas
- Dudas sobre sectores clave como salud y energía
Ese silencio no es prudencia. Es conveniencia.
Porque defender este gobierno tiene costos. Y Cepeda parece decidido a heredar sus votos, pero no sus responsabilidades.
UNA DEMOCRACIA EN RETROCESO
Todo esto ocurre en un contexto alarmante. Según la The Economist Intelligence Unit, Colombia ya no es una democracia plena, ni siquiera defectuosa: es un “régimen híbrido”, señalando problemas como:
- Violencia política
- Debilidad institucional
- Tensiones entre poderes del Estado
En este contexto, la ausencia de debates presidenciales no sería un hecho menor. Los debates cumplen una función clave: permiten comparar liderazgo, ideas y capacidad de respuesta en tiempo real. Sin ellos, la campaña se vuelve menos transparente y más controlada por narrativas unilaterales.
Violencia política. Instituciones tensionadas. Desconfianza creciente.
En ese escenario, eliminar —en la práctica— los debates presidenciales no es un detalle. Es un golpe más.
Porque los debates no son un espectáculo. Son una prueba de carácter. Un espacio donde se mide algo que no cabe en discursos preparados: la capacidad de responder, de pensar, de enfrentar.
Sin eso, lo que queda es propaganda.
EL RIESGO REAL: NORMALIZAR LO INACEPTABLE
Lo más preocupante no es solo lo que hace Cepeda, sino que se vuelva normal.
Que un candidato fuerte no debata. Que imponga condiciones.
Que evite preguntas incómodas.
Si eso se acepta, la democracia deja de ser confrontación de ideas y se convierte en administración de imagen.
Y ahí ya no gana el mejor. Gana el que mejor se esconde.
EL PAÍS QUE DECIDE A CIEGAS
Colombia no necesita candidatos que hablen solo cuando tienen el micrófono asegurado. Necesita líderes que respondan cuando no lo tienen.
Porque elegir presidente sin debates reales es como votar a ciegas.
Y una democracia que vota a ciegas no es plenamente democracia.
Es apenas una ilusión.
En últimas, el debate presidencial no es solo un evento de campaña: es un mecanismo fundamental de rendición de cuentas. Su debilitamiento, en un contexto de polarización y desconfianza institucional, puede profundizar aún más la fragilidad democrática que hoy enfrenta Colombia.













Comentar