Señoritos en las barricadas

EFE/Luca Piergiovanni

La derecha no suele manifestarse en democracia. Por lo general, no le hace falta. Cuando sale a la calle, por lo común lo hace con voluntad golpista. De hecho, no suele reconocer como legítimos los gobiernos de la izquierda. Otra de sus estrategias es apropiarse de las protestas de sectores sociales golpeados. Aunque incurran en contradicciones. ¿O es que todavía no nos hemos dado cuenta de que la derecha y la extrema derecha pueden decir una cosa y la contraria y no pasa nada? Es propio de la gente que no cree en la democracia. Si hay que mentir se miente y si hay que dar un golpe de Estado, se da. Cuando has tenido desde pequeño el privilegio de mandar a callar a los demás, se te quedan formas que encajan mal con la democracia. ¿O no hemos visto en la huelga de transportistas a presuntos camioneros quejándose de que  por culpa de la inflación había que subir el sueldo a los camioneros?

¿Es comprensible una manifestación a favor del campo donde los señoritos tengan tanta presencia? ¿Cómo se explica una huelga de transportistas, asfixiados en verdad por la subida del gasoil y los escasos ingresos, representada por gente de la patronal que vota a Vox, formación que se ha opuesto a todas las medidas que mejoraban la vida de los trabajadores? ¿Se ha normalizado en España esa imagen de un rico con mucho colesterol del malo manifestándose en una caravana de vehículos contra el gobierno desde su coche conducido por su chófer? ¿Volvemos a imaginarnos escenas, reales o ben trovatas, situadas en el barrio de Salamanca de Madrid donde las muchachas de servicio golpeaban las cacerolas al lado de sus «señoras», indignadas cargadas de collares, o donde señoritos engominados golpeaban las señales de tráfico con palos de golf?

La manifestación del transporte en Madrid está llena de complejidades. Porque las quejas son razonables, pero la representación, menos. Las comparaciones con la huelga de transportes contra el gobierno de Allende han sido inevitables (Nadie ha sacado todavía que también el sector ultra del transporte estaba detrás de los asesinatos de Atocha y de la trama civil del 23F). Por un lado, Vox gritando «¡No vamos a salir de las calles hasta echar a este gobierno ilegítimo!» (el fascismo hispánico, siempre tan clásico); por otro, el líder inexplicable de los pequeños transportistas diciendo: «¡No vamos a salir de las calles hasta que echemos a este gobierno socialcomunista!» Según datos de un camionero que conoce el sector (Bulldog Punk), «en España hay 54.000 empresas de menos de 5 camiones y 36.000 autónomos de un solo camión». A los que habría que añadir 227.000 conductores. Y es cierto que toda esa gente no ha parado y que los líderes de esa plataforma no parece que hayan conducido un camión en su vida.

La otra imagen chocante ha sido la de gente vestida de El Corte Inglés, montada a caballo impecables en la huelga del campo. También gente con aspecto de mafioso de Coppola que ha votado a la derecha y a la extrema derecha desde que se recuperó la democracia -y que antes hizo todo lo posible por que no votara nadie-, diciendo: «¡Exigimos que se cumpla la ley de la cadena de valor para que no se pueda vender con pérdidas!» Precisamente la ley aprobada por este gobierno y contra la que votó el PP y Vox.

Para rematar la faena, un señorito de toda la vida, Cayetano Martínez de Irujo, hijo huérfano de la Duquesa de Alba, también ha salido protestando por la situación en el campo, quizá porque le parece que la Política Agraria Común le trata mal a él y a su familia o, más probable, porque añora esos tiempos en donde los capataces escogían a dedo en el amanecer de las plazas de los pueblos a los jornaleros que no daban problemas, esos tiempos en los que la nobleza ejercía el derecho de pernada y el analfabetismo de los trabajadores les hacía más dóciles. Cómo será el cortijo del ducado de Alba que con frecuencia lo invaden los jornales y Securitas Direct tarda unos días en darse cuenta.

Las federaciones de caza se han gastado la friolera de 1,4 millones de euros en alquilar 1.185 autobuses para ir a la manifestación de Madrid. Si escuchamos el discurso de Vox y del por fin moderado PP de Feijóo y de la hooligan Cuca Gamarra, había que aprovechar la guerra de Ucrania, la subida de los precios de la energía y las torpezas del Gobierno de Sánchez con el Sahara para acorralar al Gobierno. En esos momentos, hay que darlo todo. Y si los cazadores con dinero tienen que poner un millón cuatrocientos mil euros para tumbar a los socialcomunistas, se ponen. De la misma manera que si el Gobierno llega a un acuerdo con los transportistas, el falangista que no pagó a sus trabajadores dice que no se para la huelga hasta que los reciba la ministra, y cuando la ministra les recibe, dice que tampoco se para porque tienen más reclamaciones, y cuando las reclamaciones se cubren, según el resto de organizaciones, los líderes que votan a Vox dicen que la huelga sigue porque les da lo mismo y lo que dicta la ocasión es seguir empujando a ver si cae el Gobierno.

Anda enfadada la derecha española con Europa. Primero, Pablo Casado, que anduvo implorando que no llegara el dinero de los fondos contra la covid porque eso daba oxígeno al Gobierno. Ahora, porque se ha logrado que España y Portugal puedan bajar el precio de la factura de la luz. Al PP le molesta. ¿Que lo contrario daña a los españoles? Ya se sabe que la derecha es muy viril con el dolor de los demás. Por eso lleva cuarenta años hablando de las víctimas de ETA pero no abre la boca para hablar de las 193 asesinadas en los trenes de cercanías y mucho menos de los 7.291 ancianos asesinados en las residencias bajo responsabilidad de Isabel Díaz Ayuso. De las 114.000 víctimas del franquismo ni hacemos mención, porque la derecha española ya ha dicho que bien fusilados estaban por rojos.

¿En qué se equivoca el Gobierno para que reconocidos ultraderechistas se apropien de las legítimas protestas de los trabajadores del campo, de la mar, de los transportes?

Decía Walter Benjamin en los años treinta que detrás del auge de la extrema derecha siempre estaba el fracaso de la revolución de la izquierda. Hoy, que todo se ha moderado mucho más, podríamos afirmar que detrás del auge de la extrema derecha está el miedo y la incertidumbre que no sabe canalizar la izquierda.

Son muchas las razones que hacen que la salida más probable de la crisis económica sea hacia la derecha: las mayores herramientas comunicativas de las élites y su mayor capacidad de coordinación respecto de la izquierda; la globalización y el declive de las naciones; la tecnologización de la economía y la consiguiente precariedad salarial; el modelo de economía financiarizada, abierta y desregulada que ha hecho que donde ayer bastaba un sueldo para mantener una familia hoy no se llegue a fin de mes con dos salariosel auge de la cultura del entretenimiento y la irresponsabilidad; el discurso que convierte en odio contra el feminismo la pérdida de privilegios masculinos; la conversión de los partidos en gestores del Estado; su alejamiento físico, salarial e intelectual de la ciudadanía; la percepción generalizada de que ya no representan los intereses de la gente; la conversión de los medios de comunicación en trincheras de las posiciones conservadoras, reaccionarias o económicas; el auge de las redes sociales que horizontalizan la basura y privilegian la mentira y la la ira y canalizan la frustración hacia el odio; las amenazas reales o inventadas a la identidad nacional y al modo de vida

Todas estas crisis generan una situación de «sálvese quien pueda», donde los últimos consensos sociales que quedaban sin romperse son dinamitados. Ese es el escenario que alimentan las derechas: tranquilizan entregando una identidad, la nacional, sencilla de entender (basta «ser de aquí» para sentirse mejor); alinean al grupo odiando a los «malos patriotas»; genera comunidad entre los que piensan igual principalmente a la hora de odiar; autoriza a no tener empatía con los débiles; justifica que el penúltimo dispare contra el último, especialmente los migrantes, la izquierda y las mujeres; construye un mundo ideal donde en un supuesto «orden natural» nos iba mejor a todos (algo que es radicalmente mentira pero que consuela); y permite que esa respuesta viril, masculina, violenta, se ejerza, primero simbólicamente, y, cuando llegue el momento, asaltando el Capitolio o disparando contra los «enemigos».

Es evidente que los medios de comunicación de la derecha obran como la radio de las mil colinas que empujó a los hutus contra los tutsis en Ruanda. «Pasión por España, porque yo soy muy patriota», decía el oyente de Jiménez Losantos en el juicio por intentar matar al presidente Pedro Sánchez. El mismo Losantos ya había dicho en su programa que si se encontraba con alguien de Podemos y tenía una escopeta recortada la dispararía. ¿Le pasó acaso algo? Si lo hubiera dicho rapeando, quizá hubiera entrado en la cárcel.

Pero eso siempre ha sido así. La derecha, invariablemente, cuando no ha tenido el poder, en España o en América Latina, ha dejado que su vena golpista ganara posiciones. El golpe del 23F, la conspiración contra Felipe González, la Iglesia contra Zapatero, la policía patriótica y los medios contra Podemos y ahora los señoritos y los falangistas dirigiendo protestas en muchos casos legítimas.

Hoy, una persona de «centro» es una persona que ve bien no perseguir al emérito, no crear una empresa pública de energía, que apoya bajar los impuestos, maltratar a los migrantes, aumentar el presupuesto militar o abandonar al Sáhara. Es el gran error del PSOE

El problema que debiera preocupar al Gobierno es la parte que le corresponde. Lo que sostiene al Gobierno del PSOE y Unidas Podemos -y lo mismo vale para el gobierno argentino, el chileno, el boliviano, el mexicano- y hace que la presión de la derecha no lo tumbe son las políticas sociales, que en el caso de España ha arrancado Unidas Podemos. Políticas que en cada ocasión han intentado dinamitar Calviño, María José Montero o José Luis Escrivá, todos bajo las órdenes de Pedro Sánchez.

La conclusión no es muy compleja: cada vez que el PSOE asume una política de la derecha, todo el espectro electoral se corre hacia ahí. Hoy, una persona de «centro» es una persona que ve bien no perseguir al emérito, no crear una empresa pública de energía, que apoya bajar los impuestos, maltratar a los migrantes, aumentar el presupuesto militar o abandonar al Sáhara. Es el gran error del PSOE.

Las políticas de derechas terminan poniendo una alfombra roja a los aristócratas, falangistas, ultras y sinvergüenzas que piden en la calle las mismas políticas contra las que votan en el Parlamento y que quieren usar las legítimas protestas del campo o del transporte para intereses que van en contra de los intereses reales del campo y del transporte.

Si es verdad que cualquier crisis en el capitalismo va a tener una salida fragmentada por la izquierda y otra coordinada por la derecha, es obligación de las fuerzas progresistas alimentar ideológicamente el espacio político progresista. De la misma manera que es esencial no cometer el error que cometió la izquierda italiana en 1920 cuando dejó la calle al fascismo. Por eso se equivoca profundamente Sánchez cuando abandona el Sáhara, defiende al emérito, mima a las eléctricas o no se hace valer subiendo los impuestos a los ricos. Porque todas esas políticas son de derechas y terminan poniendo una alfombra roja a los aristócratas, falangistas, ultras y sinvergüenzas que piden en la calle las mismas políticas contra las que votan en el Parlamento y que quieren usar las legítimas protestas del campo o del transporte para intereses que van en contra de los intereses reales del campo y del transporte.

Juan Carlos Monedero

Es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Hizo sus estudios de posgrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania). Actualmente es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid (con dos tramos de investigación -sexenios- reconocidos).

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