¿Quiénes son mis compañeros?

El aire acondicionado es un monumento a la estafa de la contratación pública: no enfría, no ventila; apenas bota un soplido tibio y aburridor que parece calibrado exactamente para seguir el compás del martillazo que tengo en la cabeza. Como casi a diario, cargo una migraña brava, de esas que hacen que cada palabra pomposa que escucho me retumbe en el cráneo como un escopetazo de celador de finca.

Para rematar, estoy aplastado en mi curul, con las greñas alborotadas, barba de ocho días y una camiseta desteñida de punkero trasnochado devenido ambientalista urbano. Desentono sin remedio ante un mar de sacos impecables, pulseras de oro, chalecos de plumón para el frío imaginario y litros de loción cara.

Cada vez que me levanto para ir al baño y paso arrastrando los tenis sucios por el pasillo, los policías nuevos y los funcionarios recién posesionados me clavan los ojos con pánico y se tocan disimuladamente el bolsillo de la billetera. En sus cabezas no cabe duda: algún habitante de calle se coló por el parqueadero y ahora pretende embolsillarse los micrófonos o gorrear tinto. Ni por el más berraco chispazo se les ocurre que este tipo despeinado es diputado.

Vuelvo a sentarme. Son las dos de la tarde. El bochorno de Medellín se junta con la mamera de escuchar, por enésima vez, la misma perorata: unos hablan con tono solemne de notaría de pueblo; otros, con una furia de guerra que apenas disimula una pobreza de argumentos que daría risa si no fuera porque redactan ordenanzas de obligatorio cumplimiento.

En medio del letargo me entra un remordimiento: ¿será que soy muy agrandado? ¿No seré muy miserable por despachar a mis colegas pensando que son apenas una manada de corruptos, ignorantes o hijueputas? Como sociólogo y filósofo me toca resistirme a la salida fácil del insulto. Tengo que intentar comprender de dónde diablos sacan lo que dicen y qué idea de sociedad defienden cuando piden “orden” mientras pelan el blanqueamiento dental.

Y ahí la migraña aprieta más, porque soy un obsesivo que todo lo quiere entender. ¿Sabrán estos manes qué defienden cuando le rezan al libre mercado sin freno? ¿Tendrán idea de lo que implica el neoliberalismo, más allá de rebajarles impuestos a las constructoras de los primos en Rionegro o a las parcelaciones de Llanogrande? ¿Entenderán que meter la bota y la fuerza bruta por encima de la ley y de las instituciones no es “mano firme” ni “morder duro”, sino autoritarismo en obra gris? ¿O será que, detrás de esa pose de finqueros provincianos, le están bailando el juego a una tramoya global mucho más brava que ni siquiera comprenden?

La pregunta no es un pajazo mental. Si ya es jodido lidiar con ellos cuando no tienen a quién prenderle velas en Bogotá, ahora que el tigre es presidente la comedia se convierte en una amenaza seria. ¿Se quitarán por completo la máscara, arropados por su nuevo mesías de pañuelo de seda y sombrero fino? ¿O recularán con disimulo en sus casas de Llanogrande y sus apartamentos de El Poblado cuando descubran que el nuevo Gobierno es demasiado bochinchero y vulgar para sus remilgos de club campestre?

Para ordenar este tierrero, echo mano de lo que uno aprende en la universidad y en los artículos que me pongo a leer durante mis noches de insomnio ñoñístico. Sin embargo, apenas intento encasillarlos, los conceptos se quedan cortos.

Decirles “fachos” sirve como desahogo de cafetería, pero explica poco. No son fascistas en sentido estricto. Lo particular de mis colegas es otra mezcla: quieren un Estado diminuto para garantizar derechos, financiar la educación, proteger el ambiente y ofrecer servicios públicos, pero enorme cuando se trata de policías, escuadrones antidisturbios, cárceles y mecanismos de vigilancia. Estado mínimo para los de abajo; Estado implacable para castigarlos.

Tampoco encajan del todo en la estampa del conservador clásico, que al menos convertía el respeto por las formas, la autoridad institucional y la legalidad en parte de su propia imagen. Estos son clientes habituales de programas de radio y televisión donde, a punta de favores, amiguismos y “gestiones”, consiguen simpatías suficientes para salir bien librados de cualquier escándalo. Además, conocen perfectamente los mecanismos para neutralizar personerías, contralorías, procuradurías y hasta fiscalías sin necesidad de declararse enemigos de la institucionalidad.

¿Populistas de derecha o demagogos? Sí, atizan la rabia de “la gente de bien” contra los demás, pero en el fondo les produce un asco tremendo el voto popular cuando en las comunas no elige a los apellidos de siempre. Y llamarlos “parásitos” del erario sería rebajarme a su lenguaje: tampoco explica la labia con la que justifican que Antioquia se maneje como una junta directiva en la que los de abajo no tienen ni voz ni voto.

Para evitar darme contra la curul, levanto la mirada por encima de las cabezas engominadas. Se me viene a la mente un planteamiento de Petro sobre la Ilustración Oscura, el corazón intelectual de la llamada neorreacción. Entonces la escena empieza a adquirir otro sentido. Tal vez no estoy ante simples pataletas de camanduleros viejos, sino frente a la traducción provinciana de una doctrina cocinada en los servidores de Silicon Valley y resuelta a mandar la democracia al carajo.

Por un lado, está Curtis Yarvin —el programador que escribía bajo el alias de Mencius Moldbug—, para quien la democracia es un sistema fallido que debería ser reemplazado por una organización empresarial del poder. Su neocameralismo imagina los países no como repúblicas de ciudadanos iguales, sino como una compañías propietarias de un territorio, administrada por un gerente con facultades casi monárquicas.

Luego aparece Nick Land con su Ilustración Oscura, radicalizando la idea de que la igualdad, los derechos y la soberanía popular son frenos sentimentales para el avance del capital y de la tecnología. Y, cerca de esa constelación, está Peter Thiel, el multimillonario tecnológico que hace años declaró, sin sonrojarse, que ya no creía compatibles la libertad y la democracia.

Yarvin llama “La Catedral” al entramado de universidades, medios de comunicación, burocracias e instituciones culturales que, según él, reproducen el igualitarismo democrático. En la versión criolla de esa fantasía, el enemigo está compuesto por las universidades públicas, las cortes independientes, los derechos humanos, los sindicatos, el periodismo crítico y todo aquel que insiste en recordar que los seres humanos nacen libres e iguales.

Lo chistoso —y peligroso— es observar cómo esa teoría de computadores aterriza en este platanal. En California inventan algoritmos para saltarse las leyes; aquí, la figura estelar de esa marea es nuestro presidente Abelardo de la Espriella, que agarra la maña gringa y el libreto de Bukele y los revuelca en una salsa costeña, gritona, carnavalera y ordinaria.

Canta ópera desafinado en las redes mientras vende botellas de ron caro. Aparece con sombrero fino, camisa de seda abierta hasta el pecho y reloj de oro, prometiendo morder duro, plomo parejo y megacárceles. Es un cruce rarísimo entre whisky etiqueta azul servido en copa fina y mazamorra con panela en taza toteada: ínfulas de abogado del jet set con bronca de corraleja de pueblo.

Y ahí mi migraña se convierte en risa nerviosa. Mis compañeros de Asamblea —criados entre novenas de aguinaldo, rezos a la Virgen del Carmen, ganado y clientelismo de ventanilla— no tienen la menor idea de quiénes son Nick Land o Curtis Yarvin. Si les hablo de “La Catedral”, seguramente piensan en la cárcel de Pablo Escobar en Envigado o en la iglesia del Parque Bolívar.

Pero avanzan derechito por ese sendero.

Apoyados en Abelardo, sienten que sus mañas de hacendados se han convertido en ley. Aplauden los ataques contra las APPA y las zonas de reserva ambiental, que descalifican como inventos chimbos de “ambientalistas radicales que frenan el progreso”. Festejan que se asfixien financieramente la educación superior y la cultura con la excusa de que “la prioridad es la seguridad, no la ideología”. En nombre de Cristo Rey y del billete ejecutan el plan perfecto para desmontar la república sin necesidad de haber leído una sola línea de Yarvin.

Para rematar el dolor de cabeza, el debate de hoy es sobre la educación departamental. Ahí es cuando el diputado que tiene la palabra —un cincuentón de pelo engominado a prueba de vendavales, saco cruzado y anillo de oro en el meñique— me arranca de mis cavilaciones y casi me manda al hospital.

Se pega al micrófono como pastor de garaje y, rojo de la furia, grita:

“¡A esos guerrilleros disfrazados de estudiantes hay que caerles con todo el imperio de la ley y de la bota! ¡Es el colmo que un vago dure más de siete años estudiando con la plata de la gente! El que pase de siete años no es estudiante: ¡es un vago profesional al que hay que echar, investigar y judicializar ya! ¡Y si salen a marchar y a tapar vías, plomo y represión sin mente!”

El recinto se convierte en una barra brava. Mis colegas golpean las mesas y hacen temblar los pocillos de tinto. El orador, crecido por la algarabía, se acomoda el saco y remata:

“¡A la universidad pública hay que meterle temor de Dios! ¡La juventud anda perdida porque le falta doctrina de Iglesia! ¡Lo que Antioquia necesita es más catecismo y menos educación sexual! ¡Menos Carlos Marx y más Antiguo Testamento, carajo!”

Los aplausos rompen el recinto. Varios se levantan para transmitir en vivo con cara de salvadores de la patria, buscando likes en el pantano algorítmico del resentimiento. Siento una vena de la sien latiéndome como un taladro. Si me quedo cinco minutos más discutiendo si van a meter la Biblia en el pénsum de ingeniería, me da un patatús ahí mismo.

Me paso la mano por las greñas, me estiro la camiseta de punkero ambientalista y me levanto sin pedir permiso. Guardo mis notas llenas de mapas, mamarrachos y resaltados amarillos y salgo a paso largo por la alfombra roja, mientras los funcionarios vuelven a agarrarse las billeteras al verme pasar.

Entonces encuentro una respuesta provisional a la pregunta que me atormenta. Mis compañeros no son discípulos conscientes de la neorreacción ni estudiosos clandestinos de la Ilustración Oscura. Son algo acaso más inquietante: sus traductores espontáneos. No necesitan conocer la doctrina para reproducirla.

Encarnan una neorreacción criolla: oligárquica en la economía, plebiscitaria en la política, punitiva en lo social y devocional en la moral. Quieren libertad ilimitada para el capital, obediencia para los trabajadores, caridad para los pobres, cárcel para los inconformes y elecciones únicamente cuando gana la gente “correcta”.

En fin… me urge un café bien negro y una tira de Migrañol. La tarde apenas empieza y la verdadera batalla me espera al otro lado de la plaza. Ahorita tengo comisión conjunta con los concejales de Medellín, donde se sienta un distinguido colega que llega a las sesiones con un bate de madera maciza y asegura que está “firme por la patria”.

Entre los teóricos de California, las fincas de Llanogrande, los rezos de la Asamblea y los bates del Concejo, no queda más remedio que empastillarse y resistir el próximo asalto de esta tragicomedia de provincia.

Juancho Muñoz

Diputado de la Asamblea de Antioquia, sociólogo de la Universidad de Antioquia, Magíster en Desarrollo de la Universidad Pontificia Bolivariana y defensor de Derechos Humanos, docente-investigador.

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