“No vale la pena preocuparse por lo que no ha pasado ni gastar energía en crisis hipotéticas que además nos dejan agobiados y sin aliento para disfrutar de lo único real y certero que tenemos que es justo este momento”.
Esta semana, conversando con un compañero, me manifestaba su temor por lo que puede ser el futuro del país: crisis económica, espanto a la inversión extranjera e inseguridad. Desde su perspectiva, en caso de quedarse sin empleo por ese desalentador e hipotético futuro, contempla irse del país, junto con su familia. “Así me toque irme a manejar Uber”. Decía.
También comentaba que, a veces, por el afán o la presión social de manejar un estatus, siente estrés y eso hace que no pueda vivir el presente de una manera más relajada y tranquila.
A un líder empresarial antioqueño le escuchaba decir reiterativamente que lo único que puede intervenir el ser humano es el futuro con las acciones que realizamos en el presente, frase totalmente cierta y que se materializa en la práctica, sino fuera por ese deseo e instinto del ser humano de tener un mejor futuro, de soñar con cosas que hoy no tenemos, no hubiese sido posible inventar y tener todos los aparatos, herramientas, construcciones, etc., de las que hoy disfrutamos. Si no tuviésemos esa capacidad de proyectar y visionar un futuro simplemente viviríamos como cualquier otro animal que se limita a subsanar sus necesidades del corto plazo: alimento, reproducción, descanso.
Pero la obsesión o temor con el futuro no nos puede limitar del disfrute del presente. Todo en su justa medida como plantean los estoicos. Angustiarnos por situaciones que no han pasado quitan la tranquilidad antes de tiempo y peor aún, sin tener la certeza de que lo que nos angustia va a ocurrir.
Es clave también entender que la mayoría de las situaciones del futuro que nos preocupan no las controlamos: no controlamos quien va a ser el futuro presidente, ni el clima, ni lo que hacen otras personas incluyendo a nuestros seres queridos. Cada vez me convenzo más de que lo único que controlamos es lo que pensamos, decimos y hacemos. Por supuesto que podemos incidir en otros, pero lo que como mucho controlamos es a nosotros mismos.
Mi suegra lo resume en una frase: “¿Yo para qué me preocupo? Si algo tiene solución, lo soluciono y si no, ya nada se puede hacer”.
Como seres humanos también hemos demostrado una gran capacidad de resiliencia y de levantarnos ante las adversidades, después de catástrofes, guerras mundiales, territorios destruidos, la humanidad ha salido adelante. Y eso es parte de la vida y al final de cuentas es lo que también nos enriquece como humanidad, estar expuestos a distintos momentos de crisis, tensión, pero a la vez de felicidad y plenitud es parte de la vida. La vida de cierta manera es como una montaña rusa donde hay diversidad de sensaciones. También nos muestra que no todo es permanente, que todo va cambiando y evolucionando.
No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista decían los abuelos. Por eso creo que no vale la pena preocuparse por lo que no ha pasado, no vale la pena gastar energía en crisis hipotéticas que además nos dejan agobiados y sin aliento para disfrutar de lo único real y certero que tenemos y que es justo este momento.
*Mis artículos no representan a mi empleador.













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