¿No nacimos pa’ semilla?

El señor me miraba con desconcierto, como angustiado, incapaz de encontrar paz al lado de aquél libro con un título tan incómodo. Yo iba en una ruta que prometía ser larga, absorta en aquélla lectura que, una vez comenzada, es imposible no terminar.

El señor me miraba con desconcierto, como angustiado, incapaz de encontrar paz al lado de aquél libro con un título tan incómodo. Yo iba en una ruta que prometía ser larga, absorta en aquélla lectura que, una vez comenzada, es imposible no terminar.

Las historias de los protagonistas de ese libro son muy dicientes. Más allá de pretender juzgar, el libro, se nota, fue escrito como una forma de hacer catarsis en medio de tanta violencia. La época de los noventa fue muy dura, de unas dimensiones tan desbordadas, que incluso hoy, mirando en retrospectiva, cuesta trabajo comprender lo que allí sucedía.

Sabíamos del narcotráfico, las guerrillas, los sicarios… El dinero fácil se convirtió en moda y se volvió tan atractivo matar a cambio de unos pesos. La vida perdía valor a una velocidad descomunal y las generaciones que empezaban a crecer soñaban con ese estilo de vida.

Medellín, en ese entonces, era el epicentro de esa violencia, llegando a ser considerada la ciudad más peligrosa del mundo, cuna y guarida del hombre más buscado del mundo también. El caso es que era reconocida como “la más”, aunque no precisamente “la más educada” por aquéllos años.

Esa ciudad, con esas problemáticas, entregada a la desesperanza y el horror, se convirtió en la obsesión de alguien que comenzó a recorrerla, a palparla, a tratar de preguntarle por qué se desangraba, buscando desesperadamente la cura para unos males que, a esas alturas, ya amenazaban con ser crónicos.

Alonso, aquél joven inquieto, se adentró entonces en ese turbulento mundo, y a punta de caminar, conversar, exponiendo día a día su propia vida, logró canalizar, a través de las palabras, los gritos sordos de muchos de los protagonistas de esas historias.

Los espectadores, que venían con horror cómo la ciudad colapsaba de cuenta de una guerra no declarada, no alcanzaban a dimensionar que, de aquél lado, la vida tampoco era color de rosa.

Las historias se parecían muchísimo. A la hora de la verdad, miles de jóvenes se habían creído el cuento de que la honradez y los principios estaban mandados a recoger. Algunos otros, que no terminaban de desechar del todo sus principios, vieron con horror cómo un primer acto, aparentemente inofensivo, los fue conduciendo a un punto de no retorno en el que la fechoría ya no era un trabajo, sino una obligación: O se defendía o se moría.

Y todos, absolutamente todos, dejaron entrever que terminaron en ese mundo después de haber buscado hasta la saciedad el brazo del Estado, o una oportunidad, para no tener que aceptar unas monedas a cambio de cuidar una esquina, secuestrar o matar.

Las guerrillas que empezaban a arribar a la ciudad se instalaron en los barrios. Algunas, dizque defendiendo la paz, terminaron con el modus operandi de cualquier pandilla, sembrando el terror y el miedo por doquier. Ante los abusos y desmanes, cansados de la ausencia estatal, muchos lugareños se armaron, tomándose la justicia por cuenta propia, sembrando más caos y anarquía.

Y a pesar de todo, de aquél caos y aquélla desesperanza, la pluma de un periodista en formación logró plasmar cada cosa de aquél acontecer, absorto en la banalidad de ese mundo, donde la vida se depreciaba con cada día que pasaba, y el futuro se confundía con el presente: casi todos estaban resignados a morir pronto.

Y en ese eterno hoy, en el que el mañana poco o nada importaba, se cocinó esa reflexión de fondo que llegó a una conclusión: “no nacimos pa’ semilla”, a fin de cuentas, ¿qué semilla podía germinar en aquélla hecatombe? Los protagonistas de esa historia no habían nacido pa’ semilla, o eso pensaban.

Aquél muchacho, corresponsal de toda esa tragedia humana, culminó su reportaje quizás con más angustias que cuando empezó. Pero aun así, se negó a quedarse con el océano de desesperanza que lo rodeaba, y con tan sólo un puñado de esperanza, y la maleta cargada de sueños, siguió su camino en búsqueda de una mejor sociedad.

Hoy, más de 20 años después de esa experiencia, cuando la esperanza ha vuelto a renacer, y pareciera que, desde las tinieblas, el sol ha vuelto a brillar. El muchacho aquél, al desandar sus pasos, logró desmentirse a sí mismo, pudiendo ahora, después de ver todo lo que se ha construido, decir con convicción que, efectivamente, sí nacimos pa’ semilla.

Y así como él, ese muchacho, que ya hoy no es tan muchacho, así como Alonso Salazar puede decir hoy que sí nacimos pa’ semilla, así mismo me lo dijo aquél señor, en medio de su evidente angustia por mi lectura.

El señor que iba conmigo en aquél bus, que siguió de cerca mi lectura durante todo el recorrido, no pudo pasar inadvertido aquél libro. Cuando me aproximaba a mi destino, me apresuré a buscar la salida. Su mirada, que me seguía, de repente se cruzó con la mía y descargó toda esa angustia que lo agobiaba… “niña, deje de andar leyendo esas cosas, ¡eso no es cierto!”, y cuando yo apenas empezaba a reaccionar, remató con un contundente “¡Y sí nacimos pa’ semilla!”.

Le sonreí, satisfecha, porque sentí que la labor estaba hecha. ¿Que si nacimos pa’ semilla?, claro que sí, ¡Sí nacimos pa’ semilla! Y aquél muchacho inquieto, el Alonso de ayer y de hoy, lo sabe mejor que nadie. Sus pasos han tenido mucho que ver con esa esperanza, y siguen vigentes en el sueño de la construcción de una mejor sociedad.

Alonso no empezó a caminar la ciudad para aspirar a un cargo popular, la ha recorrido de palmo a palmo desde su juventud, como estudiante, como joven, como ciudadano, como ser humano conmovido por las infamias de la guerra, como periodista buscando ir más allá de lo obvio, como soñador y visionario, como convencido de que se puede construir un mejor mundo. Sí nacimos pa’ semilla, hoy podemos decirlo, después de todo lo logrado.

 

María Jimena Padilla Berrío

Esteban Gutiérrez Torres

Al Poniente

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