Ni Venezuela a $5.000, ni Suiza a $3.000

“Como suele ocurrir cuando el dólar se mueve con fuerza, rápidamente aparecen las explicaciones políticas. Cuando sube, es culpa del Gobierno; cuando baja, es gracias al Gobierno. Hace cuatro años ocurrió algo contrario: cuando el dólar se acercó a los $5.000 durante los primeros meses del gobierno Petro, para algunos su precio se convirtió prácticamente en evidencia suficiente de que Colombia estaba a pocos pasos de convertirse en Venezuela o Cuba. Hoy corremos el riesgo de cometer la misma simplificación, pero en sentido contrario: creer que un dólar cercano a $3.000 demuestra que el país se transformó repentinamente en un paraíso de estabilidad y confianza. Ni lo uno ni lo otro.”


Después de varios años en los que los colombianos parecíamos habernos acostumbrado a un dólar alrededor de los $4.000, la divisa estadounidense vuelve a acercarse a una barrera que hace poco parecía lejana. Este 24 de agosto la TRM se ubicó en $3.067,03. La pregunta aparece inevitablemente: ¿qué está pasando con el dólar? y, sobre todo, ¿qué nos dice realmente sobre la economía colombiana?

Como suele ocurrir cuando el dólar se mueve con fuerza, rápidamente aparecen las explicaciones políticas. Cuando sube, es culpa del Gobierno; cuando baja, es gracias al Gobierno. Hace cuatro años ocurrió algo contrario: cuando el dólar se acercó a los $5.000 durante los primeros meses del gobierno Petro, para algunos su precio se convirtió prácticamente en evidencia suficiente de que Colombia estaba a pocos pasos de convertirse en Venezuela o Cuba. Hoy corremos el riesgo de cometer la misma simplificación, pero en sentido contrario: creer que un dólar cercano a $3.000 demuestra que el país se transformó repentinamente en un paraíso de estabilidad y confianza. Ni lo uno ni lo otro.

Hay al menos tres elementos que ayudan a entender lo que está ocurriendo. El primero viene de afuera. El dólar se ha debilitado frente a diferentes monedas y los capitales internacionales han encontrado nuevamente oportunidades atractivas en mercados emergentes. Y aquí ocurre algo que puede parecer contraintuitivo: la entrada de capital extranjero puede hacer bajar el dólar en Colombia. Un inversionista que trae recursos para comprar bonos, acciones u otros activos colombianos debe vender sus dólares y comprar pesos. Si llegan muchos capitales haciendo lo mismo, aumenta la oferta de dólares y la demanda por pesos: el resultado es una apreciación de nuestra moneda.

El segundo elemento está en casa. Colombia mantiene unas tasas de interés excepcionalmente altas, incluso frente a buena parte de América Latina -entre las principales economías de América Latina, solo Brasil mantiene actualmente una tasa de política monetaria superior: 14% frente al 12% de Colombia, muy por encima de México, Chile o Perú-. Para quienes consumimos o pedimos crédito en Colombia esto tiene costos evidentes: endeudarse resulta más caro y financiar inversión y consumo se hace más difícil. Pero el mismo fenómeno puede verse de manera muy distinta desde el escritorio de un inversionista extranjero: mientras nosotros sufrimos el crédito caro, alguien afuera observa un país que está pagando rentabilidades bastante atractivas por traer capital.

Es allí donde aparece el famoso carry trade: capitales que buscan aprovechar las diferencias entre las tasas de interés de unos países y otros. Llegan dólares, se convierten en pesos y se invierten en activos colombianos que ofrecen mayores rendimientos. Una maravilla mientras llega; un riesgo cuando deciden marcharse. Los viejos “capitales golondrina” no desaparecieron.

El tercer elemento es político. Las elecciones producen incertidumbre y los mercados, por naturaleza, suelen llevarse bastante mal con ella. Una vez terminado el proceso electoral, desaparecieron algunos escenarios posibles y el cierre de este ciclo parece ser percibido favorablemente por una parte de los inversionistas.

Los números son llamativos: el primero de junio, un día después de la primera vuelta presidencial, la TRM estaba alrededor de $3.565. Este 24 de agosto se encuentra en $3.067. Son casi $500 de diferencia en menos de tres meses. Evidentemente, sería equivocado atribuir toda esa caída al resultado electoral, ignorando las tasas de interés y el contexto internacional, pero también es ingenuo pensar que la disminución de la incertidumbre política no juega ningún papel en las decisiones de inversión.

A esto se suma algo que solemos recordar u olvidar dependiendo de quién gobierne: Colombia ha sido históricamente un país con una institucionalidad macroeconómica relativamente sólida. Tenemos un banco central independiente, un régimen cambiario flexible, un mercado financiero desarrollado y una larga historia de cumplimiento de las obligaciones financieras del Estado.

Esto no significa que tengamos una economía particularmente exitosa. Podemos exhibir estabilidad macroeconómica mientras mantenemos resultados sociales absurdamente mediocres: pobreza persistente, alta informalidad y niveles de desempleo que históricamente han sobresalido, para mal, frente a buena parte de la región. La tranquilidad de los mercados financieros y el bienestar de toda la sociedad, en este caso no son sinónimos.

Por eso sería prudente no sobredimensionar lo que está ocurriendo. Si algo debiese habernos enseñado el dólar cercano a $5.000 es que los mercados también reaccionan a expectativas, miedos y coyunturas. Colombia no se convirtió en Venezuela cuando ganó Petro y el dólar rozó aquel nivel, como algunos pronosticaban. Tampoco nos hemos convertido en Suiza porque hoy esté cerca de $3.000.

Hay, además, otra discusión que vale la pena recuperar:

Hace algunos años, durante una capacitación sobre macroeconomía con trabajadores del sector bananero en Urabá, un dirigente sindical me hizo un comentario que todavía recuerdo: “los empresarios siempre están en crisis”. Su explicación era sencilla: cuando bajaba el dólar, decían que estaban en crisis porque recibían menos pesos por cada caja exportada; cuando subía, la crisis era porque se encarecían los insumos importados.

La frase tenía, por supuesto, algo de la vieja disputa entre trabajadores y empresarios del sector, pero detrás de la ironía había una discusión económica que resulta pertinente hoy. Ambas preocupaciones pueden ser ciertas. Una apreciación del peso reduce los ingresos en moneda local de quien exporta, mientras una depreciación encarece los insumos importados. Lo cuestionable aparece cuando cualquier movimiento del tipo de cambio termina presentado como una razón inevitable para hablar de crisis, reclamar alivios o trasladar los costos hacia otros actores.

Quizás el problema de fondo no sea encontrar un dólar suficientemente caro para vender y suficientemente barato para comprar -una tasa de cambio milagrosa que evidentemente no existe-, sino preguntarnos por qué buena parte de nuestra estructura productiva continúa dependiendo tanto de una moneda depreciada para competir y, al mismo tiempo, de bienes, tecnología e insumos extranjeros para producir.

El dólar podrá llegar a $3.000, quizá perforarlo o eventualmente volver a subir. Las tasas de interés bajarán en algún momento, los capitales internacionales encontrarán nuevos destinos y el entusiasmo político de hoy también puede encontrar sus límites. Por eso no descartaría que una parte importante de la apreciación actual tenga más de coyuntural que de estructural.

Tal vez deberíamos dejar de convertir cada movimiento del dólar en un plebiscito sobre el Gobierno de turno. A $5.000 no éramos Venezuela. A $3.000 tampoco somos Suiza. Y ni el éxito ni el fracaso de una economía pueden medirse simplemente mirando cuánto cuesta un dólar.

Gerónimo Suaza Gómez

Economista de la Universidad de Antioquia, magister en economía aplicada de la Universidad Eafit, con interés en los impactos económicos de los conflictos sociales y geopolíticos, la economía internacional y las economías alternativas.

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