Presencié en el “honorable” Congreso de la República de Colombia una derecha raquítica que callaba mientras se votaba el monto del PGN: el proyecto más importante del año, el cual dicta el rumbo del país y sus limitantes. Los vi cómplices de los argumentos de la izquierda.
Observé una izquierda —hoy minoría— que dominó absolutamente el recinto: todos hablaron, y no precisamente porque sus intervenciones fueran máximas sin contraargumento o porque estuviera vacío el espacio de su contraparte. Muestra de la existencia de la irrelevante derecha es que, en medio de ese silencio sepulcral, intervino el senador del Centro Democrático Christian Garcés y, entre críticas a Petro, resumió su defensa del presupuesto en un ataque directo al «servicio de la deuda», que creció gracias a la emisión de deuda del final del gobierno Petro; pero, sin apoyo, pasó desapercibido.
Esa escena resume lo que quiero transmitir hoy: la derecha colombiana no está fallando en los votos; está fallando en el discurso, en la narrativa, y, a estas alturas, eso también es una forma de complicidad.
El mundo atraviesa un proceso de radicalización en tres direcciones: izquierda, derecha y liberalismo. Gradualmente, los países latinoamericanos y algunos europeos han empezado a girar hacia la derecha, aunque eso no significa que los más férreos seguidores de la izquierda empiecen a abandonar su camino: son los jóvenes quienes se alejan cada vez más de un pensamiento olvidado en el tiempo; no por un proceso natural en el que el conocimiento se esfuma por accidente, sino por las constantes muestras de inoperancia del colectivismo socialista y sus variantes.
La izquierda latinoamericana tuvo su luna de miel y pasó a ocupar el lugar del statu quo, lo que llevó a su contraparte a convertirse de nuevo en sinónimo de rebeldía y a recuperar, poco a poco, el pulso de la juventud.
En Colombia, a diferencia del resto de países, siempre hemos tenido una inclinación política que, a ojos de otros, representa tímidas ideas de centro. Con toda esta ola de transformación llegó a posicionarse un presidente, Abelardo de la Espriella, con ideas que podrían presentarse a nivel internacional dentro de una doctrina económica cercana a un «liberalismo de derecha»: un cambio que me tomó por sorpresa al igual que a muchos, ¡y con mucha expectativa!
Sabía que no todo sería color de rosa ni que la transición resultaría sencilla. Lo que jamás imaginé es que su peor enemigo fuera la “derecha” que ya gobernaba o estaba instalada en las esferas políticas de mi país.
Para contextualizar y entrar en materia, este es el punto de partida. La inflación anual llegó a 6,24 % en agosto. El gobierno Petro se endeudó internamente a tasas de hasta 14,79 % en la subasta de TES de mayo; la deuda neta ronda el 60 % del PIB y el déficit, sin ajustes, llegaría a 9,4 % del PIB, según el propio plan financiero del Ministerio de Hacienda y Crédito Público.
Debido al fuerte recurso al endeudamiento interno, el efecto crowding out empujó al alza las tasas del crédito de consumo. La perspectiva del mercado internacional llevó a S&P a bajar en abril la calificación a BB- en moneda extranjera y BB en moneda local: la más baja desde que califica a Colombia; esto, sin dejar de lado que un mes antes Petro había anunciado la salida de Colombia del CIADI, el principal organismo de arbitraje internacional de inversión, con el argumento de las condiciones desfavorables para el país.
Todo ello, producido durante el «gobierno de la vida», nos condujo a un presupuesto difícil de mirar y de explicar, en el que hace falta recortar para ir saneando las cuentas de la nación.
Regresando al recinto… con el posicionamiento de la «derecha colombiana», e inclusive con un “liberalismo de derecha” tomando las riendas del país, uno pensaría que llegarían al Congreso con todos los argumentos para defender ese saneamiento. Y, pese a que votaron —sí: el monto de 634,9 billones el 14 de septiembre y, el 23, el articulado—, casi sin cambios y con mayorías amplias, votar no es defender.
Los que intervinieron con cifras en mano fueron, en particular, los petristas David Racero y Wilson Arias. Ambos esgrimieron cifras con evidente hipocresía, teniendo en cuenta el gobierno que defendían; los demás solamente profirieron trivialidades. Racero dijo que el ministro se equivoca en las prioridades «al reducir la inversión y ampliar el presupuesto del país a través de la deuda», y Arias mostró cómo el «servicio de la deuda» pasa de unos 100 a 155 billones: ambas situaciones orquestadas por la administración Petro.
La hipocresía estaba servida. Para sostener el funcionamiento que ellos comprometieron contractualmente y que llevaron a más del 60 % del presupuesto, hay que financiarlo con deuda. Su ponencia alternativa fijaba el «servicio de la deuda» en 118 billones, «ni un peso más», como si incumplir el pago de las deudas fuera una opción.
O, aún peor, como si recalcular las deudas de la nación entre el día en que Hacienda entregó las cuentas para armar el proyecto que Petro radicó el 29 de julio y el momento en que se radicó el nuevo, a finales de agosto, no terminara aumentando el «servicio de la deuda». Petro siguió endeudándose en TCO —corto plazo— hasta el 7 de agosto, obligaciones que finalmente trasladaron su tasa y el total de la deuda a 2027.
De ahí salen, de acuerdo con Hacienda, los 37,4 billones que separan esos 118 de los 155,4 del presupuesto actual: en su mayoría, vencimientos de corto plazo con tasas elevadas que la versión anterior no incluyó. Aun así, su fatal hipocresía los hizo afirmar que los de la derecha, que todavía no habían tomado un solo préstamo al 14 %, tenían un negocio para beneficiar a los bancos y que, por eso, querían endeudar a la nación.
El silencio de la bancada mayoritaria fue abrumador, y no lo digo por exagerar, sino por proporción: una minoría que intervino casi en pleno frente a una mayoría en la que apenas uno tomó la palabra, mientras el público aplaudía la hipocresía de la izquierda.
Ante ese panorama, ¿cómo no entender a los jóvenes y adolescentes del público si todo lo que escucharon fue a socialistas abanderando argumentos que los de “nuestro bando” duraron cuatro años señalando? Y es que hasta a mí me dieron ganas de votar por ellos: eran los que realmente parecían existir en el recinto. Ahora bien, aquí surge la pregunta más grande: ¿qué pasó?
Se trata de una hipótesis justificada y aún no confirmada, aunque con amplio respaldo periodístico.
En los medios reportan que el presidente ordenó renunciar a la «mermelada» y que los ministros se han negado a las conversaciones individuales con los congresistas. El ministro del Interior ha dicho, en privado, que presentará un proyecto de ley para que esas relaciones se hagan a la luz pública. En otras palabras, el Legislativo hace su trabajo y el Ejecutivo el suyo, sin el «te dejo pasar esto si tú me das esto». O podríamos pensar bien de un político —cosa que no recomiendo— y suponer que solo callaron porque ya habían votado a favor del monto global del presupuesto.
El 14 de septiembre avalaron el monto global y, el miércoles 23, no tenían ganas de defender su voto positivo al articulado y a la regionalización de la inversión ni su voto negativo a las proposiciones de traslados presupuestales de la izquierda. Como quien sabe lo que se debe hacer, mas no está dispuesto a defender sus actos coherentes con esa idea.
Esa es la lectura generosa… honestamente, ¡es peor!
La de alguien que vota una cosa y no se atreve a explicarla. No vale la excusa de que defender deuda contradice el discurso. Esto era un sinceramiento de lo que dejó Petro, y el argumento se lo sirvió en bandeja el ministro de Hacienda cuando dijo que el déficit que el gobierno anterior maquillaba para situarlo en 5,7 % era, en realidad, de 8,2 %. Lo único que tenían que hacer era repetirlo con convicción, pero, para eso, primero hay que tener principios y una pizca de congruencia.
Rebajarlo a una pataleta me hace un cómplice más, y no estoy dispuesto a renunciar a mis ideales por una cuota de poder de negociación. Prefiero describir lo que vi: un silencio complaciente defendiendo que la deuda no fue culpa de una izquierda irresponsable que despilfarró en el crecimiento del Estado; el mismo silencio que permitió que los estudiantes que presenciaban el debate se dejaran llevar por la falta de discusión.
El debate no lo ganó la izquierda: la derecha se lo regaló.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














Comentar