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Alejandro Reina
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¿Quién sigue reescribiendo 1984?

7 octubre, 2026 5:19 pm
Alejandro Reina

George Orwell falleció en 1950… pero, a juzgar por nuestro presente, el «Gran Hermano» sigue más vivo que nunca.

Quizá lo más inquietante de 1984 no sea que Orwell imaginó un mundo en el que el Estado vigila constantemente los movimientos de los ciudadanos, por más mínimos que sean. La perturbación surge al comprobar que, más de siete décadas después, esa distopía ha comenzado a desbordar la ficción y algunas de esas ideas ya no parecen tan lejanas.

En ocasiones da la impresión de que, en algún rincón del planeta y fuera de las páginas, existe nuestro propio «Ministerio de la Verdad». Uno lleno de trabajadores que toman la obra de Orwell, esperan que pase el tiempo y, cada cierto número de años, reescriben sus páginas. No para trastocar lo que dice, sino para que continúe diciendo la verdad. Ante cualquier hecho de alta relevancia en el mundo, el libro se acerca un poco más a la realidad.

En Oceanía, nadie sabe cuándo está siendo vigilado. Las telepantallas están ahí, encendidas a toda hora, y el Partido escucha, registra, corrige y vigila. La intimidad no tiene dónde resguardarse, porque incluso el silencio levanta sospechas. Winston Smith vive en un mundo donde el pasado se falsea, las palabras se eliminan o se comprimen y la verdad deja de ser aquello que ocurrió para transformarse en aquello que el Estado decide que ocurrió.

Orwell murió antes de conocer internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y los algoritmos. Nunca observó un sistema de reconocimiento facial ni tuvo que aceptar «términos y condiciones». Seguramente jamás habría previsto que las personas llevarían voluntariamente un aparato en sus bolsillos que conocería su ubicación, registraría sus conversaciones, identificaría sus gustos y acumularía información sobre buena parte de sus hábitos cotidianos. Mucho menos habría concebido un mundo que superara su ficción: uno en el que manipular una imagen tomara apenas unos segundos, un video fuera fácilmente sacado de contexto, una voz pudiera ser imitada o una plataforma de inteligencia artificial fabricara fotografías de escenas que ninguna cámara había capturado.

La vigilancia no es lo único que ha saltado de las páginas de 1984. También lo hizo la capacidad de alterar lo que las personas consideran verdadero. En la novela, el Partido no necesita destruir todos los hechos; le alcanza con modificar los registros, imponer una versión de lo sucedido y conseguir que el ciudadano dude de su propia memoria. Hoy, una noticia se pierde entre miles de publicaciones, una mentira adquiere fuerza a base de repetición hasta revestirse de verdad y dos personas contemplan un mismo episodio desde pantallas completamente distintas. Ya no hace falta quemar un periódico para borrarlo del horizonte: basta con mantenerlo fuera de nuestra vista.

Lo más extraño es que buena parte de este control no siempre requiere coerción. La aceptamos a cambio de comodidad, entretenimiento o del mero uso de una aplicación. Entregamos acceso total a nuestra información personal con una facilidad que probablemente habría resultado absurda a mediados del siglo XX. No hay una telepantalla obligándonos a permanecer frente a ella: con frecuencia somos nosotros mismos quienes decidimos encenderla.

Ahí es donde la distancia con 1984 empieza a quebrarse. Uno puede cerrar el libro y convencerse de que todo pertenece a otro tiempo, a una realidad exagerada y remota. Hasta que vuelve a abrirlo años después y encuentra una página que llevaba décadas presagiando nuestra llegada. La novela sigue siendo la misma; somos nosotros quienes continuamos acercándonos a ella, sin advertir cuánto nos cuesta dejar atrás el mundo que Orwell imaginó.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

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Alejandro Reina

Estudiante de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, con formación en inglés, francés y mandarín. Escribe sobre política, filosofía, literatura y relaciones internacionales, con especial interés en la libertad, las instituciones y el pensamiento latinoamericano. Es Staff Writer de El Insubordinado.

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