Los jóvenes no son el futuro de la política, son su presente incómodo

Cada vez que un político veterano le dice a un joven “tú serás el futuro de este país”, le está diciendo, con mayor elegancia, que todavía no es el momento. Que espere.

EL ELOGIO QUE EXCLUYE

Hay frases que suenan a reconocimiento pero funcionan como aplazamiento. “Los jóvenes son el futuro” es una de ellas. Parece un cumplido; en el fondo, es una forma educada de decirles que hoy, aquí, en esta sala de decisiones, todavía no tienen sitio. Es el tipo de halago que no cuesta nada porque no entrega nada.

Conviene tomarse un momento para desmontar esta lógica con cuidado, porque no se trata de señalar malas intenciones —muchas veces no las hay— sino de identificar un patrón que produce efectos concretos: la infantilización sistemática de generaciones enteras que ya tienen propuestas, que ya tienen diagnósticos, y que, en muchos casos, ya tienen más información sobre ciertos problemas que quienes los gobiernan.

LO QUE LOS NÚMEROS DICEN (Y LO QUE CALLAN)

En América Latina, más de 30% de la población tiene entre 15 y 29 años. Son, en términos demográficos, una fuerza mayoritaria. Y sin embargo, su representación en cargos de elección popular rara vez supera el 8% en los parlamentos de la región. La brecha no es un accidente estadístico: es el resultado de estructuras de partido construidas sobre la lógica de la antigüedad, el capital político acumulado y la red de favores que, por definición, toma décadas tejer.

Dicho esto —y aquí conviene ser justos—, no todos los jóvenes son voces progresistas ni todos los adultos mayores son obstáculos conservadores. La política no funciona por grupos de edad. Lo que sí funciona por grupos de edad son los incentivos: quien lleva veinte años en un cargo diseña las reglas del juego para que alguien como él pueda quedarse veinte años más.

EL PROBLEMA NO ES LA EDAD. ES EL MONOPOLIO DEL CRITERIO. 

Sería ingenuo —y algo irritante— reducir esta discusión a un conflicto generacional. Los jóvenes no son mejores por ser jóvenes, del mismo modo que los experimentados no son más sabios por haber sobrevivido más elecciones. La cuestión central es otra: ¿quién tiene derecho a formular los problemas que afectan a todos?

Pensemos, por ejemplo, en la crisis climática, en la precariedad laboral de las nuevas generaciones, en la deuda pública que se acumula hoy y que alguien deberá pagar dentro de treinta años. Son problemas con consecuencias distribuidas de forma profundamente desigual a lo largo del tiempo. Y, sin embargo, las decisiones sobre esos problemas las toman mayoritariamente personas que, con toda probabilidad, no vivirán para ver sus efectos más graves. Esto no es una acusación moral. Es un problema de diseño institucional.

LA PARTICIPACIÓN QUE INCOMODA 

Cuando los jóvenes sí participan —en las calles, en las redes, en los movimientos sociales— suelen ser descritos como impulsivos, como ideológicamente ingenuos, como incapaces de comprender las complejidades del “mundo real”. Es un argumento circular de notable elegancia: se les impide participar institucionalmente y, cuando participan de otras formas, se les descalifica por no hacerlo institucionalmente.

Lo incómodo de la participación joven no es su forma. Es su contenido. Los movimientos estudiantiles, feministas, ambientalistas o de derechos digitales que han surgido en los últimos quince años no han pedido pequeñas reformas. Han señalado contradicciones estructurales que muchos sistemas políticos prefieren no discutir. Eso es lo que los hace incómodos. Y es precisamente por eso que merecen ser escuchados con más rigor, no con más condescendencia.

¿QUÉ SIGNIFICA, ENTONCES, TOMAR EN SERIO A LOS JÓVENES?

 No significa aplicar cuotas etarias como si la edad fuera una identidad política. No significa tampoco romantizar la juventud como sinónimo automático de rebeldía virtuosa. Significa algo más exigente: diseñar instituciones que no penalicen la inexperiencia con la exclusión, y que no confunda la acumulación de años con la acumulación de criterio.

Significa crear espacios de decisión donde una persona de veinticinco años pueda plantear una política de largo plazo sin que se le responda con una sonrisa paternalista y un “ya aprenderás”. Significa, también, que los propios jóvenes asuman la responsabilidad que viene con esa inclusión: la de argumentar con rigor, la de construir propuestas sostenibles, la de no confundir la indignación —que es legítima— con la estrategia —que es necesaria.

La democracia no envejece bien si no se renueva. No porque los mayores estén equivocados, sino porque ningún sistema puede sobrevivir si excluye sistemáticamente la perspectiva de quienes deberán vivir con sus consecuencias.

Los jóvenes no son el futuro de la política. Son el presente que la política todavía no sabe muy bien cómo integrar. Y esa incomodidad, bien gestionada, es exactamente el tipo de tensión que mantiene vivas a las democracias.

Juan David Amaya

Emprendedor social, activista y líder de opinión colombiano con experiencia en financiamiento climático y sustentabilidad. Fundador de Life of Pachamama y reconocido activista climático en América Latina. Fué nombrado cómo uno de los 100 latinos más influyentes y es parte de la prestigiosa lista 30 under 30 de Forbes para América Latina.

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