Los amores que no tuve

Todos tenemos una historia de amor. La mía está compuesta, justamente, por los amores que nunca lograron serlo.

Durante años creí que aquello era una anomalía. Un error en el sistema preestablecido de la vida. Mientras amigos, conocidos y familiares cercanos acumulaban noviazgos, aventuras y rupturas (algunas muy memorables), yo permanecía inmóvil en ese aspecto de mi vida, observando desde la distancia una experiencia que, según gran parte de la sociedad, debía vivirse por obligación.

¿No existe acaso cierta expectativa de que, llegados a una determinada edad, a todos nos tocará experimentar ciertas interacciones románticas?

He de confesar que durante muchos años compartí ese pensamiento y, en consecuencia, me pregunté si habría algo errado en mí. Por supuesto que di respuesta a ese interrogante muy rápido; en la adolescencia, la autocrítica es una de las habilidades más desarrolladas. No obstante, mientras el tiempo pasaba, percibí algunos hechos con mayor claridad.

No se trataba de falta de oportunidades. Hubo personas a las que les gusté y otras que despertaron mi interés; su inteligencia, arrojo, sensibilidad o belleza me resultaron, en cierta medida, singulares. Mas, casi siempre ocurría lo mismo: a medida que el conocimiento sustituía a la fascinación inicial, la impresión comenzaba a desvanecerse, ya fuese de parte suya o mía. Ahí fue cuando comprendí que admirar rasgos aislados no equivalía a admirar la totalidad de una persona y que ningún rasgo sería tan sobresaliente como para opacar todo el conjunto.

A pesar de tener la respuesta tan cerca, tardé un poco en entender la equiparación entre admirar y amar, y por qué empaparme en ese sentimiento me era tan esquivo.

El enamoramiento inicial es fácil. Casi siempre lo es. La vida está llena de destellos: una conversación que se prolonga más de la cuenta, el magnetismo de oír a alguien entusiasmado con un tema del que conoce bastante, una sonrisa que merece ser fotografiada desde todos los ángulos posibles… Pero la fascinación suele ser efímera. Es la admiración, el profundo reconocimiento del otro, la que perdura en la mente y no requiere del endulzamiento de la nostalgia para verse mejor.

Me ocurrió una y otra vez. Y yo no buscaba, ni busco, la simple compañía.

Buscaba a alguien cuya presencia hiciera más vasto el mundo; alguien a quien pudiera contemplar, no con la idealización de mi fructífera imaginación, sino con la serena certeza de haber encontrado a una persona con principios, carácter y un modo de habitar la vida que suscitaran en mí esa rara y preciosa emoción que llamamos admiración.

Ahí fue cuando comprendí cómo esas emociones convergen y me batí de frente con la constatación de la época extraña en la que vivimos.

El amor ha llegado a confundirse hoy con el miedo a la soledad. Se nos exhorta a experimentar, a rebajar nuestras exigencias, a dar oportunidades, a cuestionarnos y —si eres mujer— a no dejar que se pase el tren. Todo apunta a que, ante la perspectiva de transitar la vida en soledad, cualquier mano sosteniendo la tuya fuese una opción más recomendable.

Siempre he considerado profundamente triste elegir una compañía que no admiramos: renunciar al criterio propio para no permanecer solos es una forma silenciosa de traicionarse a uno mismo.

Recuerdo haber expresado mi opinión a algunos amigos; la respuesta era casi siempre la misma y sospecho que fuertemente influenciada por las comedias románticas: “El amor no entiende razones, solamente aparece, no siempre tiene una explicación, no deberías cerrarte a experiencias”. A esta plática solía seguirle una serie de anécdotas de relaciones (casualmente fallidas) y de cosas que ellos habían aprendido a “obviar” de sus parejas.

Esta idea de que el amor era igual al sacrificio perpetuo se me antojaba tortuosa, como una suerte de advertencia de los riesgos que una emoción tan intensa significaba. El amor no podía ser eso. No debía ser eso, si habían escrito tantas novelas, poesías y cantos preciosos inspirados en él. Debía ser más.

Tiempo después descubrí formulada esa intuición con notable lucidez en la obra de Ayn Rand. Ella defendía una visión del amor desapegada de la tradicional idea del sacrificio, o de una respuesta a la necesidad natural de aparearse o no morir solo. El amor, para ella, era una reacción eminentemente personal ante nuestros valores más elevados encarnados en otra persona. Amamos, plantea Rand, no por carencia, sino por admiración; no porque necesitemos un complemento, sino porque reconocemos en el otro una grandeza digna de ser celebrada.

No se trataba, para Rand, ni para mí en este caso, de exigir perfección. Nadie puede poseerla. Se trataba, sin embargo, de algo igualmente extraordinario: encontrar a alguien cuya totalidad armonice con la visión más elevada que tenemos de la vida y del ser humano.

Su definición tuvo para mí la virtud de las nubes disipándose en un día soleado: claridad.

Entendí por qué las relaciones basadas en características aisladas a mi alrededor no llegaban a buen puerto y, aún menos, conferían paz a sus integrantes, pese a que algunas parecían ser intensas. Y por qué, en cambio, otras que parecían no ser compatibles llevaban vínculos perfectamente balanceados y en los que el amor era perceptible para los espectadores cercanos.

Por ello nunca logré concebir el amor reducido a un simple experimento social. Nunca pude aceptar la idea de salir con alguien únicamente para acumular anécdotas o llenar silencios satisfaciendo expectativas ajenas.

Antes consideraba los amores que no tuve meras ausencias. Historias inconclusas, oportunidades perdidas… Hoy los contemplo de manera distinta.

Cada relación que no inicié, cada sentimiento que se desvaneció antes de comenzar y cada decisión de no continuar me dejaron una enseñanza valiosa: el amor romántico no es una meta que deba alcanzarse a cualquier precio.

Hay cierto mérito en saber esperar. No es una espera pasiva ni idealizada: es la decisión consciente de no renunciar al criterio propio a causa del miedo, la costumbre o la presión social.

Mi historia amorosa ya no me genera vacío. Está hecha, precisamente, del reconocimiento de mi valor y del valor del resto. De todo aquello que considero esencial. Y si el amor romántico ha de ser, bajo la concepción de Rand, la respuesta emocional a nuestros valores más profundos encarnados en otra persona, entonces comprendo que jamás he esperado a alguien perfecto.

He estado esperando, sencillamente, a alguien cuya existencia haga del amor una celebración y no una renuncia.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Paola Piotti

Abogada boliviana y libertaria. Staff Writer de El Insubordinado y Líder de LOLA Tarija (Ladies of Liberty Alliance). Escribe sobre filosofía, política y cultura desde una perspectiva individualista. Interesada en las ideas que moldean las instituciones, con especial énfasis en la defensa de la propiedad privada y en el papel de la mujer en la causa de la libertad.

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