Lo fundamental y el fundamentalismo

Ilustración por Verónica Morales García)
Vinimos a dañar el mundo. Es decir, a dañarlo en la fallida pretensión de transformarlo a la medida de nuestras necesidades, después de haber recibido un legado maravilloso de la naturaleza, con muchas más cosas de que las que hubiéramos podido necesitar para una supervivencia con excesos.

Columnista invitado

Vinimos a dañar el mundo. Es decir, a dañarlo en la fallida pretensión de transformarlo a la medida de nuestras necesidades, después de haber recibido un legado maravilloso de la naturaleza, con muchas más cosas de que las que hubiéramos podido necesitar para una supervivencia con excesos.

Pero en alguna parte se nos truncó el camino. Se nos salió por la puerta trasera el criterio de responsabilidad y terminamos dando más valor al oro que a la comida, a la plata que al aire, al poder que a las personas, al petróleo que al agua. Respondimos en forma organizada a nuestros instintos más primitivos, pero tuvimos la astucia de disfrazarlo de civilización y contamos esta historia como si fuera toda la historia de la cultura, cuando en realidad eran capítulos consecutivos de una narrativa de poder y dominación.

Sólo algunos rebeldes, de cuando en cuando, han logrado mostrar una cara más amable y menos dañina de este híbrido de pasiones que hemos llamado seres humanos. Y nos acostumbramos tanto a su malvada condición dominante, que todo lo terminamos asumiendo en el ámbito cotidiano de la normalidad. Para que eso fuera de esa manera, se formaron las ideas, nos obligaron a creerlas, nos sedujeron con ellas como adeptos, y cuando no, nos las impusieron a sangre y fuego, como las religiones.

Los que terminan por creer en algo, creen más en las ideas que siguen que el mismo líder que las concibió. Al marxismo lo acabaron los marxistas; del socialismo solo quedan algunos socialistas ricos; del capitalismo los mismos con ropa más cara. Unas religiones van cayendo en el olvido víctimas de sus propios excesos, y otras renacen premiadas por el candor y la ingenuidad de aquellos que se ven forzados a creer en cualquier cosa, porque ya saben que no pueden transformar el resto.

Para lograr todo ese arsenal de apariencias que llaman la vida moderna, hemos despojado a la naturaleza de sus más preciados tesoros, y le hemos quitado a las personas sus valores más distintivos, por otros más fingidos, más cosméticos. Y aplausos generalizados por alcanzar esa medida del éxito, que no es otra cosa que fomentar en ciclos repetidos todas las formas para acabar con la tierra. Minería para extraer metales que al final solo sirven de valor de cambio; contaminación de mares y ríos solo para que algunos borrachos den rienda suelta a sus pasiones y de paso abandonen sus residuos en los paraísos que visitan.

En Colombia, y en Medellín de manera particular, hemos sido buenos y más que buenos para esas prácticas. El himno regional nos ha incitado a talar árboles para leña y muebles. Entregamos bosques y selvas a la minería, convirtiendo en pantanos contaminados con mercurio lugares que por millones de años demostraron una supervivencia a prueba de cataclismos. Y el aire es tóxico, el agua sucia, las basuras paisaje, la indiferencia terrible.

Y por fin sale quien nos defienda. Un grupo de personas importante, en todas las latitudes, eleva su voz para reclamar mayor responsabilidad con el planeta. Se erigen como los adalides de la nueva causa que todos necesitamos creer; asumen un liderazgo indispensable ante la complicidad gubernamental y la avaricia empresarial. Personas que generan respeto y confianza y que, por supuesto, enarbolan una causa que no tiene contradictores directos. Nadie osaría alzar su voz en contra de los defensores del planeta, porque en el fondo todos somos depositarios de esa obligación.

Los admiro y respeto. Esa es mi causa, mi diario vivir. Es mi obligación como ciudadano del mundo, como residente del planeta. Hago lo mío y apoyo a quien reclama tan nobles causas.

Pero no exageren muchachos. Después de siglos de presenciar los daños que hacemos al planeta y a la ciudad, no se puede pretender que por las alertas de una semana vamos a vivir, como proponen, a la manera de Oslo o de Amsterdam. Empecemos, sí, pero no por el punto de llegada, sino por la partida. Porque aquellos líderes que incluso parece que en la cédula tuvieran el título universitario antes del nombre, ya miran con recelo al del carro y al de la moto. Son como el culmen de la pulcritud y el resto de los mortales pecadores contaminantes.

Si no se va en bicicleta o a pie, perjurio; si va solo en un vehículo a gasolina, pecador. Y hay de aquel que no comulgue con el nuevo credo, que no avale el nuevo canon, porque ese es el nuevo apóstata. Y se vuelve a otro fundamentalismo. Por supuesto que a Medellín, a todas las ciudades, hay que prodigarle todos los cuidados para su ambiente, su aire, sus fuentes de agua, la disposición de sus basuras, y para rescatar esa gastada expresión de cultura ciudadana. Y empezamos ya o naufragamos en el mar de nuestras propias inmundicias, pero no como un retorno inmediato a los albores de la civilización. Un punto al medio, entre lo que hemos hecho y lo que debemos hacer; un deber de ahora con obligación a corto plazo. Y así, poco a poco, como la realidad impone.

Lo que no se ve bien es esa manera obsesiva con la cual se pretende la imposición de una idea, esa peculiar forma de conducta que hace ver al resto del mundo como ciudadanos de segunda. Nos sumamos a cualquier principio y actividad que vaya en defensa de la naturaleza, pero con un manejo paulatino y responsable, con acciones eficientes que conduzcan hacia un objeto de largo aliento. Pero de ninguna manera, con absoluto no, se puede dejar el debate del ambiente solo a los que se autopostulan como ambientalistas, los oráculos del nuevo fundamentalismo. Es una campaña universal que compromete todos los saberes y todas las responsabilidades.

Como dijo Clemenceau sobre otro asunto, la guerra es un asunto muy serio como para dejársela solo a los militares.

 

Alvaro Morales Ríos

Periodista y abogado. Experto en museos y gestión cultural. Director del Museo Pedro Nel Gómez. Curador General del Parque Temático Hacienda Nápoles. Asesor en derechos de autor.

5 Comments

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  • Estimado Álvaro,

    Totalmente de acuerdo. Solo nombrarlos fundamentalistas debería ser suficiente para descalificarlos. Desafortunadamente, este tipo de movimientos forman parte de una tendencia que ha venido creciendo y forma parte de los fundamentalismos encubiertos. Otero Novas en uno de sus ensayos, «Fundamentalismos enmascarados» da una definición que reza más o menos: Posición de aquellas personas que están tan convencidas de su verdad, que se consideran con el derecho, y muchas veces, con el sagrado deber de imponer su propia concepción a los demás.

    Podemos citar otros fundamentalismos encubiertos que ojalá se analizaran en otras entradas de este blog: El fundamentalismo científico, el fundamentalismo democrático y el fundamentalismo de la izquierda, por citar unos que, para mi, han sido muy evidentes y de actualidad.

    Pero volviendo al caso particular de los ambientalistas, el tema del calentamiento global, el rechazo a las vacunas y los alimentos transgénicos, pasan de ser empeños inocuos a tomar matices peligrosos en momentos en que se necesita controlar las epidemias y atender la problemática del hambre.

    Saludos

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