Beneficencia bajo reflectores

[…] que un noticiero presente el Met Gala como un evento “benéfico” ya debería advertirnos sobre el uso vacío del término. Su propósito oficial parece quedarse en el empleo publicitario de una palabra socialmente aceptada. Por ello, existe una desconexión evidente entre el discurso y los hechos. Las causas sociales nacidas de la conjunción California-Nueva York se han convertido en vitrinas de un activismo atrapado en profundas contradicciones entre discurso y práctica.


El pasado 4 de mayo tuvo lugar en Nueva York un evento del cual, antes de ese día, no tenía la más remota idea de su existencia, pero que desde entonces permanece en mi mente: el Met Gala. Sin buscarlo, mientras preparaba una actividad sobre Heráclito, en uno de los noticieros, la noticia principal trataba sobre la ropa que llevaban distintas celebridades asistentes al evento. Esto me hizo pensar brevemente en las acepciones de la palabra noticia y en el verdadero compromiso social que muchos noticieros dicen tener, cuando, en realidad, gran parte de su contenido, aparte de chismes de famosos, se centra en fútbol, como si no existieran otras actividades deportivas.

Hasta ese momento, el informe sobre el Met Gala era simplemente una noticia más que validaba una crítica que desde hace tiempo tengo hacia el contenido de los noticieros, sumado a las típicas extravagancias de ese grupo de personajes venerados por la cultura popular llamados “famosos”. Sin embargo, todo habría quedado ahí de no ser porque en el mismo informe mencionaron que el evento buscaba recolectar fondos para ayudar al funcionamiento del Instituto del Vestido (Costume Institute), adscrito al Museum of Art de Nueva York. Acto seguido, se destacó que dicho instituto es un gran baluarte de investigación y preservación relacionadas con la moda. Es decir, que figuras que asistieron al evento y que parecen ser la antítesis de un libro o un laboratorio, como Kim Kardashian, Bad Bunny y, como cuota nacional, Maluma, estarían “financiando la protección de un patrimonio cultural”.

Al escuchar esto, algo en mí se disparó, como un breaker de luz ante una inconsistencia en el amperaje. Había en esa noticia algo que no terminaba de encajar en un sentido lógico y práctico. Una mezcla de ironía e hipocresía se manifestaba de manera tan evidente en la pantalla del televisor que mi sentido crítico respondió, atraído como hierro al imán. Así pues, lo que acababa de escuchar en el noticiero me dio la justificación para escribir sobre una serie de consideraciones que desde hace tiempo tengo respecto al concepto de moda, así como sobre algunas críticas comunes al Met Gala y a otros eventos similares.

En primera instancia, ver apartes de este evento me hizo pensar que la moda, entendida como diseño de prendas y culminada en la llamada Alta Costura, se halla en un limbo respecto a lo que por tradición es el conjunto de las artes. ¿Es arte la alta costura o solo una forma elitista de artesanía? ¿Cumple la moda el mismo fin de autorreconocimiento histórico que otras expresiones artísticas? Son dos preguntas de muchas que me surgieron cuando escuché los elogios que los presentadores de farándula usaron para describir esta ceremonia, porque si la moda representa una forma artística, entonces todo aquello decorativo, portable y destinado a convertirse en tendencia social también sería arte. Quizá ese sea tema para una futura columna.

A propósito de ello, recuerdo que hace algunos años leí un artículo que buscaba explicar la enorme distancia entre la moda de élite y el resto del común. Para responderlo, entrevistaron a un famoso diseñador que, tras varios devaneos, terminó señalando que los desfiles de alta costura no tienen la accesibilidad como principio; su objetivo es funcionar como vitrina para exhibir creatividad materializada en prendas y en el uso innovador de materiales. En consecuencia, no existe un interés genuino por hacer de la moda especializada un asunto cosmopolita.

En parte, lo dicho por el diseñador entrevistado, valida lo que vemos en las pasarelas de alta costura: que son solo moda en el nombre, porque existe una discrepancia importante entre el significado colectivo y masivo de la palabra moda y la exclusividad que hoy implica la expresión “estar a la moda”. Si tomamos como referencia lo que se exhibe en una pasarela, la idea de lo colectivo prácticamente desaparece. De hecho, habría que tener una autoconfianza de acero para usar muchas de las prendas que aparecen allí y, además, la incomodidad evidente de esos atuendos, peinados y accesorios aleja la moda del propósito cotidiano que, a mi parecer, debería tener la ropa.

Ahora bien, entonces ¿Cómo sobrevive la alta costura si es algo ajeno a lo común? la respuesta está en el deseo de distinción social forjado a partir del binomio dinero-opulencia, que en muchas ocasiones tiene como criterio adquirir piezas de diseñadores famosos para seguir figurando en las discusiones de las secciones de farándula y en la inmediatez de las redes sociales. Lo irónico es que esa aparente exclusividad no ha impedido que un amplio sector de la clase popular se acerque cada vez más; un ejemplo es la dificultad que hoy existe para distinguir un producto original de una copia. En ese sentido, la piratería de marcas ha terminado siendo, con intención o sin ella, la democratización absoluta de las ideas de la élite de la extravagancia.

Como lo veía Walter Benjamin con la reproductividad técnica, la sucesión de copias de un original ha permitido que cualquier persona con un presupuesto mínimo pueda tener objetos que antes eran exclusivos. Un bolso de “Louis Vuitton”, una prenda de “Balenciaga” o un accesorio de “Christian Dior” ahora se puede encontrar en cualquier armario, aunque en algunos casos la diferencia entre el original y la copia sea apenas una variación ortográfica en la etiqueta. La industria del “navegante Morgan” funciona como un placebo accesible para el deseo popular de poseer algo que aparente estatus, porque parecer importa más que ser, incluso si la prenda es una materialización de la extravagancia.

De hecho, recuerdo que caminando por los Campos Elíseos de París me encontré con las tiendas de varios diseñadores famosos y, en una de ellas, vi exhibido un vestido con un gorro que parecía más un disfraz escolar de oveja que una prenda para usar durante la semana. Lo más absurdo era el precio: varios euros con demasiados ceros a la derecha. No sé si estaban cobrando la oveja completa o el arriendo del local en esa famosa calle parisina, pero si ese es el costo, significa que alguien estará dispuesto a pagar semejante cifra por vestirse como ganado ovino sin cuestionar la irracionalidad del precio.

Volviendo al más reciente Met Gala, en él aparece una tensión entre ideas y acciones que evidencia las profundas contradicciones de nuestro modelo cultural. Aunque grupos sociales opuestos pretendan tomar distancia desde la manera de vestir, la relación de dependencia mutua permanece intacta: las celebridades necesitan del voz a voz de la sociedad para mantenerse vigentes, especialmente en tiempos de redes sociales, mientras que buena parte del mundo disfruta imitando lo que ve en sus pantallas. En otras palabras, estamos frente a una simbiosis social enfermiza.

Del mismo modo, la conciencia social y altruista de estas reuniones de famosos suele derivar en una corrección política performativa que pretende solucionar problemas que ellos mismos han ayudado a sembrar y cultivar. Basta observar los criterios de ingreso al Met Gala para notar que pesa más el nombre del asistente que sus verdaderas acciones por la humanidad. En ese contexto, la presencia de Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y Sergey Brin evidencia la reciente apuesta del evento por convertirse en una vitrina de los juegos del poder, incorporando ahora al mundo tecnológico representado por los líderes de Amazon, Meta y Google. Hasta hace poco ellos no parecían interesados en la moda, pero comprendieron que les faltaba algo: el capital simbólico que es necesario para blindarse dentro de un topos uranus que diluye los graves problemas que sus empresas continúan causando a la sociedad.

El título de la columna de la filósofa y columnista Leticia García en El País: La gala de los ricos, la moda de los pobres resume bastante bien una opinión que en gran medida comparto. Con cada año que pasa, el evento confirma que se concentra más en quién asiste y cómo va vestido que en el porqué. Se trata de un problema cultural que descansa en una falacia de autoridad donde importa más el prestigio del individuo que el valor real de sus acciones. Como consecuencia de ello, las afectaciones siguen siendo silenciosas, pero graves, especialmente para quienes durante años han sostenido la industria de la moda. El aporte de operarios, sastres, mensajeros y diseñadores junior continúa siendo invisibilizado bajo la luz artificial de famosos deseosos de figurar a cualquier costo.

Pero si miramos más a fondo, el Met Gala es apenas la punta del iceberg de un fenómeno cultural sostenido por el poder económico y el deseo de mantener divisiones sociales incluso desde algo tan esencial como el vestido. La exclusividad pretendida por la alta moda, traducida en costos desproporcionados y diseños imposibles de usar, refleja el fetiche capitalista de vendernos la idea de ser distintos del resto de la humanidad. Para cierta mentalidad arribista, vestirse con prendas genéricas equivale a acercarse demasiado a la figura del obrero uniformado, obligado a ceder su individualidad en nombre de un salario.

Muchos compradores de alta costura sienten que adquirir una prenda exclusiva representa el triunfo de la libertad económica sobre una cultura popularizada que produce individuos masivos. El trabajador promedio solo puede acceder a ropa surgida de líneas de producción, mientras que el comprador adinerado o con un futuro de deudas, cree adquirir piezas excepcionales, aunque buena parte de esa ropa también provenga de China o de países vecinos. Así, tanto el comprador de élite como el consumidor común, como es mi caso, creen decidir libremente al comprar, cuando en realidad reproducen un engaño capitalista basado en una falsa idea de autenticidad.

En ese sentido, que un noticiero presente el Met Gala como un evento “benéfico” ya debería advertirnos sobre el uso vacío del término. Su propósito oficial parece quedarse en el empleo publicitario de una palabra socialmente aceptada. Por ello, existe una desconexión evidente entre el discurso y los hechos. Las causas sociales nacidas de la conjunción California-Nueva York se han convertido en vitrinas de un activismo atrapado en profundas contradicciones entre discurso y práctica.

De manera paradójica, el Met Gala y otros eventos como los Oscar, los Grammy o los Emmy se utilizan para denunciar injusticias e imponer agendas progresistas simbólicas que rara vez resuelven los problemas estructurales que originan muchas de las penurias humanas. Se habla de discriminación y violencia, pero quienes asisten representan, en muchos casos, la máxima expresión de una opulencia capitalista asociada a explotación laboral y desmedido uso de recursos naturales.

El excesivo costo de las entradas al Met Gala, que han llegado a valer miles de dólares por persona y cientos de miles por mesa, refleja más una voluntad de exclusividad que un sincero interés de archivo histórico. Conservar prendas de hace quinientos años, como lo hace el Instituto del Vestido, puede ser importante como registro, pero difícilmente responde al interés artístico de la mayoría de las sociedades humanas, que desde tiempos ancestrales han invertido su energía creativa en expresiones más trascendentes como la música, la pintura o la literatura.

En conclusión, la principal contradicción del Met Gala no reside únicamente en la extravagancia de sus asistentes o en el carácter elitista de la alta costura, sino en la distancia cada vez más evidente entre el discurso de beneficencia que proclama y las dinámicas de poder que realmente reproduce. Mientras el evento se presenta como una celebración cultural y filantrópica, termina funcionando como un escaparate de prestigio para celebridades, empresarios y figuras públicas que buscan reforzar su capital simbólico bajo una apariencia de compromiso social. Así, la beneficencia deja de ser un acto auténtico para convertirse en una estrategia estética y mediática donde importa más parecer consciente que transformar de manera concreta las desigualdades que el mismo sistema ayuda a perpetuar.

Andrés Camilo Atehortúa Sequeda

Soy filósofo, docente y músico. Soy magíster en filosofía egresado de la Pontificia Universidad Javeriana y licenciado de la Universidad Pedagógica Nacional. Dentro de mis intereses están la filosofía de la música, el arte en general y asuntos de tipo bioético.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.