Las 99 antítesis de Philip Potdevin: el disenso como método

Hay libros que argumentan y libros que perforan. Las 99 antítesis: contrapensamiento a las ideas imperantes, del literato y ensayista Philip Potdevin, publicado por Ediciones Opus Magnum, pertenece sin duda al segundo grupo. No es un tratado que avance por acumulación paciente de premisas hacia una conclusión, sino un dispositivo pensado para abrir grietas en aquello que la cultura contemporánea ha vuelto evidencia incuestionable. Su materia prima no son las verdades, sino las certezas: esas creencias que circulan sin pedir permiso y que, de tanto repetirse, terminan administrando nuestra manera de mirar el mundo.

La arquitectura del libro es también su declaración de principios. Cada una de las noventa y nueve entradas parte de una idea imperante —que nuestra civilización es sólida y durará siglos, que el Estado garantiza la convivencia, que las fronteras protegen, que el progreso no se detiene, que las migraciones amenazan—. A esa tesis le sigue una refutación breve y, al cierre, la antítesis propiamente dicha, formulada con la mayor economía posible. El procedimiento se repite noventa y nueve veces, organizado en bloques que van de las grandes estructuras del dominio (la Civilización, el Estado) hasta los territorios más íntimos de la salud, la espiritualidad y la estética. El lector recorre así un mapa completo de lo que el autor considera el sistema de creencias que sostiene el orden vigente, y recibe, una a una, su contraimagen.

Lo que distingue este proyecto de un mero catálogo de contrarios es su método. Potdevin advierte desde la introducción que aquí no opera ninguna dialéctica hegeliana, que no se persigue síntesis alguna. La negatividad vale por sí misma, sin necesidad de resolverse en un tercer término conciliador. Es resistencia frente a lo que el libro nombra, con eco audible de Byung-Chul Han, la hegemonía de la positividad y el «infierno de lo igual». La operación es deliberadamente unilateral: destacar la idea contraria, afirmar su valor y dejarla obrar como una carga colocada en los cimientos. De ahí que el tono nunca sea derrotista. Donde un lector apresurado vería pesimismo, el autor insiste en que late una vitalidad pura, una confianza casi terca en la capacidad humana de rehacerse después del colapso.

El libro se inscribe en una genealogía que el propio Potdevin reconoce. Remite a su Manifiesto neoanarquista: la utopía impostergable y a una trayectoria previa de novelas y ensayos, y vuelve sobre Lucrecio para recordar que, antes de cualquier mundo nuevo, deben venirse abajo «las murallas del mundo inmenso». La etimología de la anarquía como no-gobierno organiza buena parte de las antítesis sobre el Estado, que el autor declara una entidad ya inviable, vaciada de soberanía y reemplazada por una trama de poderes multilaterales, corporaciones tecnológicas y medios controlados por las élites. Esa trama, sostiene, ejerce hoy la represión que antaño monopolizaba el aparato estatal, de modo que no basta con derribar el último bastión: hay que desmontar también los poderes opacos que ocupan su vacío. El concepto de plano de inmanencia, de estirpe deleuziana, le sirve para describir cómo estas ideas pueden estallar de manera simultánea en lugares dispersos, sin coordinación ni contubernio entre quienes las sostienen.

Algunas antítesis condensan con eficacia la apuesta del conjunto. La que invierte el binomio civilización y barbarie —para reivindicar a los «nuevos bárbaros», los migrantes, los movimientos de liberación, los ambientalistas, los hackers— o la que opone el nomadismo originario del ser humano al arraigo, entendido como una forma de ceguera ante el otro, muestran un pensamiento dispuesto a incomodar tanto al sentido común conservador como a ciertas certezas progresistas. No se trata de provocación gratuita. Se trata de un esfuerzo sostenido por desnaturalizar lo que parecía dado.

Conviene leer el libro sabiendo lo que ofrece y lo que no. Su fuerza reside en la radicalidad de las formulaciones: el fin de la civilización conocida, la disolución de las fronteras, la atomización de todo poder concentrado, la primacía de un derecho originario sobre el derecho positivo. Esa misma radicalidad es su punto de fricción más visible. Al renunciar por principio a la síntesis, el libro deja deliberadamente abierta la pregunta por el después. Qué se construye sobre las ruinas, con qué instituciones, bajo qué pacto. Potdevin no lo elude: anuncia que el camino hacia la utopía pasa por la distopía, y confía en que de los escombros emergerá un mundo más humano. Pero esa confianza es una apuesta, no una demostración, y el autor parece saberlo. Quien busque un programa político no lo hallará aquí. Quien busque un repertorio de incomodidades productivas tendrá noventa y nueve.

No es, en definitiva, un libro que pida adhesión. Es un libro que pide pensar a contracorriente, incluso contra el propio autor. En una conversación pública saturada de consensos perezosos y posiciones prefabricadas, esa exigencia tiene un valor que conviene no subestimar.

La obra llega acompañada de una lectura de Iván Darío Álvarez Escobar, director y dramaturgo del Teatro La Libélula Dorada, que celebra en estas páginas una pluma insumisa y disruptiva. Al Poniente las recibe con el mismo gesto que el libro reclama de su lector: el de la lectura que no se rinde, sino que discute.

Al Poniente

Al Poniente es un medio de comunicación independiente que tiene como fin la creación de espacios de opinión y de debate a través de los diferentes programas que se hacen para esto, como noticias de actualidad, cubrimientos en vivo, columnas de opinión, radio, investigaciones y demás actividades.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.