Adentro de un sistema de terror psicológico: un testimonio de El Helicoide

«Que este testimonio sirva para que no haya más testimonios.»
— María Oropeza

María Oropeza es una joven que nunca ha conocido una Venezuela libre y democrática. Por el contrario, creció escuchando discursos contra la libertad y presenciando las expropiaciones de terrenos, haciendas, casas, posadas y negocios perpetradas por el régimen de Hugo Chávez; básicamente, atestiguando el descenso gradual de su país hacia el deterioro económico, político y social. Ante la pobreza y los indignantes abusos de dicho régimen, decidió involucrarse políticamente, al punto de llegar a ser la jefa de campaña para el Estado Portuguesa del partido político Vente Venezuela, liderado por María Corina Machado (laureada con el Premio Nobel de la Paz 2026).

El activismo de María Oropeza —y el de su equipo— estuvo en peligro por años, mientras el régimen perseguía a líderes políticos y disidentes. Vivió largo tiempo bajo amenaza, aunque nunca flaqueó en su causa. El 6 de agosto de 2024 fue capturada injustificadamente y encerrada en un recinto aterrador: El Helicoide.

Hoy, El Helicoide es una de las prisiones más notorias y siniestras de Venezuela, pues alberga tanto a criminales como a presos políticos. El edificio no se construyó originalmente para ser una prisión; más bien, en la década de 1950 —cuando Venezuela todavía era un país rico con un futuro brillante—, estaba destinado a ser el primer centro comercial del mundo con servicios automotrices. En otras palabras, fue concebido como un símbolo de la grandeza de Venezuela, erigido en un emplazamiento prominente de la ciudad, visible desde distintos enclaves de Caracas. Sin embargo, se convirtió en un símbolo del declive del país: uno del que rara vez se habla y que muchos venezolanos temen.

Existen numerosos relatos documentados sobre el terror absoluto que padecen los prisioneros en su interior. Tristemente, a estos se suma la historia de María, quien fue trasladada de Portuguesa (el Estado donde vive) directamente a El Helicoide; allí, permaneció recluida durante 551 días. Lo que María atravesó resulta estremecedor: comprende su arresto (registrado en sus redes sociales), su posterior ingreso al penal y cuanto debió soportar en esa prisión.

Me contó que, en aquellas instalaciones, compartía el espacio con otras mujeres, hacinadas en pequeñas celdas de 3 metros × 4 metros. No había ventanas, de modo que perdían toda noción del día y la noche; tampoco podían llevar la cuenta de las fechas ni saber qué ocurría fuera de El Helicoide, pues se encontraban completamente aisladas del mundo exterior por períodos prolongados. Refirió además que buscaban diversas maneras de infundirles miedo. Por ejemplo, el 27 de diciembre de 2025, las sacaron a todas esposadas y las hicieron sentarse como si estuvieran en un campo de concentración; entonces, las marcaron con un número sin explicarles jamás el motivo. María cree que el objetivo era someterlas a una condición persistente de angustia y recordarles indirectamente: «eres una prisionera» y no tienes libertad.

A todo ello se añadían la insalubridad y el deplorable estado del recinto, producto de la falta de mantenimiento. María señala que su familia tenía que llevarle comida en los días que denominaban “paquetería” e incluso pagar por el agua. El panorama sanitario era igualmente indigno: había jornadas en las que se quedaban sin suministro y se veían obligadas a afrontar la humillación de hacer sus necesidades sin siquiera poder asearse después.

Los 551 días de cautiverio de María transcurrieron entre prácticas profundamente degradantes. Más allá de los terribles casos conocidos en El Helicoide —donde muchos prisioneros fueron víctimas de tortura y violencia física—, su historia deja al descubierto que el terror psicológico también constituye un mecanismo de control y poder. El régimen aprendió a sumir a los ciudadanos venezolanos en una atmósfera de terror constante, con el propósito de que no se quejaran, no protestaran y terminaran adaptándose al orden que les había sido impuesto.

Sobre Venezuela se han contado innumerables historias, pero aún quedan millones por narrar: alrededor de ocho millones corresponden a venezolanos que huyeron de su país, junto a tantas otras de ciudadanos perseguidos, censurados y torturados. Son historias difíciles de poner en palabras, por la delicadeza de su contenido y porque pueden desenterrar recuerdos traumáticos. María decidió confiarme la suya porque conoce de primera mano lo que significa sufrir esa tiranía en carne propia. Y conserva una esperanza: que su testimonio contribuya a que nunca más tenga que existir otro como el suyo.


Esta columna fue publicada originalmente en inglés en Blood of Tyrants, de Liberty International, y en su versión en español por El Insubordinado.

Sara Urquizu

Abogada y economista, con un enfoque principal en el activismo de las ideas pro libertad. Se desempeña como Senior Researcher en Liberty International y es educadora en la FEE (Foundation for Economic Education), donde contribuye a la formación de jóvenes en economía, libertad y pensamiento crítico.

Actualmente es Presidente de LOLA Bolivia (Ladies of Liberty Alliance) y Coordinadora Local Senior de SFL Bolivia (Students For Liberty), además de ser Founder Member de El Insubordinado.

En calidad de activista y conferencista, ha participado en programas y proyectos de organizaciones liberales a nivel nacional e internacional, con experiencia en investigación, gestión de proyectos y comunicación estratégica.

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