Se derrumba el castillo de naipes de la cultura Woke

La izquierda no puede sobrevivir sin conflicto. Siempre requiere de enemigos internos y externos para dirigir la atención del público hacia causas que consideran legítimas, basadas en los sentimientos más básicos del ser humano. Al principio, la falacia se vende como un apoyo a los oprimidos, cuando en realidad le están colocando cadenas a la sociedad.

La llamada Nueva Izquierda busca la fragmentación social en pequeños grupos —micromilitancias— que pretenden alcanzar beneficios exclusivos para su colectividad a expensas de todos los demás. Divide y reinarás, ese podría ser el lema del wokismo.

La cultura woke es la maximización del modelo clásico del marxismo, en donde la sociedad se dividía entre burgueses y proletarios. Ahora, toda causa de división es permitida: hombres vs. mujeres, heterosexuales vs. LGBTIQ+, blancos vs. minorías étnicas, ser humano vs. naturaleza, etc. Todo enmarcado en un factor común: la negación de la biología y el endiosamiento de la autopercepción.

Obviamente, ese discurso no es sostenible sin el poder represor del Estado. El wokismo solo logra establecerse de la mano de políticos que sacan provecho electoral del victimismo. Es allí donde comienza la expedición de decretos y leyes que destruyen la base de la sociedad —la igualdad ante la ley— otorgando privilegios a ciertas colectividades, como ocurre con las cuotas de género.

Luego de obtener el respaldo estatal, inicia la censura hacia quienes no están alineados con ese modelo de pensamiento. Si como mujer dices que te gustan los hombres, se interpreta como una agresión a la comunidad LGBTIQ+; si dices que una persona debe hacer ejercicio, te tildan de gordofóbico; si no estás de acuerdo con los indígenas, eres un opresor. Y así hasta llegar a la cúspide del wokismo: la “cultura de la cancelación”, donde los mismos ciudadanos se autocensuran para no ofender a nadie, destruyendo el derecho fundamental a la libre expresión.

Sin embargo, este tipo de discursos alejados de la realidad, la biología, la ciencia y la tecnología tienen puntos débiles que al desnudar la fragilidad de sus argumentos, bastan para generar caos. Un simple hecho tiene hoy en jaque a toda la comunidad woke en los Estados Unidos.

La estrella de la WNBA, Sophie Cunningham, expresó abiertamente que el baloncesto femenino y las ligas de mujeres deberían reservarse exclusivamente para mujeres biológicas. Esa simple declaración la convirtió en la enemiga pública número uno del wokismo estadounidense. La calificaron de ignorante y retrógrada, afirmando que una mujer no tiene por qué ser biológica. Incluso la entrenadora del equipo de Minnesota, Cheryl Reeve, salió a dirigir un partido con una camiseta que decía: “Trans Kids Belong”.

La declaración de Cunningham no agradó a la mayoría de la liga y, a partir de ese momento, las faltas contra ella subieron de intensidad hasta casi dejarla fuera de la temporada por una agresión flagrante cometida por DiJonai Carrington, quien, tras ser expulsada, protestó en sus redes sociales contra el árbitro escribiendo: “White privilege”.

La batalla traspasó la cancha cuando la número uno del tenis femenino, Aryna Sabalenka, apoyó las declaraciones de Sophie afirmando que los hombres biológicos no deberían competir en ligas femeninas.

Sin embargo, el golpe maestro lo dieron los exjugadores de la NBA Enes Kanter Freedom y Royce White. Ambos, con más de dos metros de estatura y 120 kilos de peso, señalaron en sus redes sociales que el reglamento de la WNBA no define en ninguno de sus artículos qué es ser mujer. Aprovechando ese vacío, se declararon elegibles para ser contratados por los equipos de la liga el próximo mes de abril, argumentando que se “sienten mujeres trans” a la hora de jugar al baloncesto.

La colectividad woke explotó y la WNBA no sabe cómo reaccionar. Según su propio modelo de desnaturalización de la mujer, ese par de hombres heterosexuales, sin hormonación y con cualidades excepcionales para el deporte, podrían formar parte de la liga profesional femenina. Si se abre esa puerta, otros jugadores que no alcanzan el nivel de la NBA podrían optar por competir en la categoría femenina, destruyendo por completo el espacio de las mujeres biológicas en el deporte.

Ya se sabe lo que ocurre cuando se permite que hombres biológicos compitan contra mujeres. Basta recordar a Lia Thomas, nadador profesional ubicado en el puesto 430 del ranking masculino, quien tras declararse mujer trans comenzó a competir en la liga femenina, rompió récords y se volvió imbatible hasta que otro atleta trans logró vencerlo. Este tipo de situaciones llevó a la FINA a decretar que los hombres biológicos no pueden participar en eventos femeninos.
La nueva inquisición del wokismo debe llegar a su fin; la división solo genera resentimiento y odio en la población. La Nueva Izquierda prospera en medio de ese ambiente y, con el respaldo de políticos que buscan relevancia mediante falsos discursos, está socavando las bases sobre las cuales se edificó la cultura occidental. Ha llegado el momento de poner fin a estos movimientos y retornar a la sensatez.

Refresquemos la política desde Antioquia para Colombia.

Carlos Echavarría

Ingeniero Civil con especialización en Gestión para el Desarrollo empresarial. Análisis político desde otros puntos de vista que te invitará a pensar diferente.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.