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Podría pensarse en un primer momento que el relato Cervantes se muere del escritor colombiano, Philip Potdevin, propone, entre muchos elementos, una resistencia al tiempo, o bien, una nulidad del mismo al proponer una suerte de inmortalidad capaz de fundir continentes y siglos en una sola realidad que, más que creíble, se erige como evidente. Miguel de Cervantes, autor del Quijote, uno de los pilares de la lengua española, se encuentra en su lecho de muerte. Empobrecido a pesar de su gloria, solo tiene un último deseo: que aquel a quien considera el único heredero de su antorcha se siente al lado de su cama y le lea pasajes de Cien años de soledad. Antes de morir, Miguel de Cervantes quiere conocer a Gabriel García Márquez.
La relación de la lengua española como puente entre los siglos no es la única copa de la que ha bebido Potdevin; la creación de su Cervantes agónico ha tenido un modelo germánico, un personaje con el cual sostener un diálogo, no de tiempo a tiempo, sino de papel a papel: el escritor alemán Johan Wolfgang Goethe, tal y como lo propone el novelista austríaco Thomas Bernhard en su relato Goethe se muere. En la narración de Bernhard el genio alemán yace a punto de morir en Weimar. Antes de partir desea conocer al único hombre que ha podido considerar su heredero, el filósofo Ludwig Wittgenstein, autor del Tractatus y de Sobre la certeza. El genio de la lengua alemana ha encontrado a un pensador capaz de continuar con su legado y acaso superarlo. Poco importa que más de doscientos años separen a Goethe de Wittgenstein, pues el idioma ha servido como una barca sobre los mares del tiempo.
¿Qué es el tiempo? Para Henri Bergson todo intento de medirlo en espacios o divisiones puramente homogéneas terminaría en una falsación del mismo en tanto que la experiencia de lo temporal se inscribe desde lo subjetivo y aun desde lo intuitivo. Días, meses, años y siglos, medidas de tiempo que, aunque reales, no podrán ser jamás absolutas. En Cervantes se muere lo literario, o bien, la lengua en sí, está más allá del tiempo, encontrándose en la categoría de lo bello, de lo que no termina por decirse. En Goethe muere la lengua toma el matiz de lo filosófico, de las nociones analíticas y místicas que quizás el genio alemán quiso decir y no pudo, encontrándolas de cierta forma en el filósofo austríaco. La belleza y el pensamiento son, tanto para Potdevin como para Bernhard, elementos que no se subyugan a lo temporal, y es por esto por lo que la aparición de García Márquez y Wittgenstein, lejos de antojarse irracional, se muestra como apenas lógica, aun necesaria. Al igual que ocurre con el amor que encuentra a los amantes, el tiempo, una vez que se nombra bajo los movimientos del recuerdo o del arte, termina por unir sus líneas en un solo universo desde el hilo de Ariadna de lo poético y lo filosófico, las luces que se heredan de siglo a siglo.
El diálogo intertextual se inicia con la correspondencia de una primera persona que contempla al genio moribundo. Cervantes muere de hidropesía, rodeado por su esposa, amigos como el poeta Juan de Mestanza, y creaciones suyas que han tomado carne, piel y voz, como Sansón Carrasco, Sancho Panza y el infaltable Alonso Quijano, quien, ahora despojado de su armadura, busca en su biblioteca alguna pócima capaz de librar a su creador de la muerte. De nuevo, el autor propone una aparente irracionalidad que solo podría inscribirse en el ámbito de lo necesario. ¿Cómo podrían Carrasco, Sancho y el Quijote estar junto a él en sus últimos momentos? La pregunta que debiera hacerse de acuerdo al escenario del relato podría invertirse entonces. ¿Cómo podrían no estar? Góngora, Quevedo y Calderón de la Barca llevaron al idioma a una expresión de la que ya no hubo retorno, pero ninguno hizo del castellano lo que hizo Cervantes con su Quijote. Ante tanta vitalidad imbuida en su Ingenioso Hidalgo, es apenas esperable que lo creado tome vida y hable.
Goethe también es narrado desde una primera persona, pero aquí Bernhard no hizo nacer a Fausto para que acompañase a su hacedor en sus últimos días. Al igual que Mestanza en Cervantes se muere, aparece Eckermann como discípulo del gran alemán y heredero aparente de su obra y pensamiento. No obstante, Mestanza, el poeta olvidado, y Eckermann, el alumno, no podrán heredar la grandeza de sus maestros por el hecho de que su obra los ha paralizado tanto a ellos como a sus lenguas, en tanto que todos los que los leyeron se quedaron sin habla durante siglos. Goethe afirma que le ha hecho daño a Alemania con la inmensidad de Fausto y el Manco de Lepanto no encontraría más caballero del castellano que el indiano Gabriel García Márquez.
Philip Potdevin es preciso al manejar de forma sutil, pero determinante en todos los casos, la premisa de que las lenguas se construyen, no solo desde los hablantes, sino de qué tanto se escriba y se piense en ellas. El eco con Goethe y la parálisis del alemán encuentra para Potdevin un reflejo en nuestra lengua española que solo volvería a encontrar un movimiento similar al del Siglo de Oro en el encuentro con el Boom Latinoamericano, puntualmente en Cien años de soledad, llamado por Pablo Neruda el Quijote de nuestro tiempo. No obstante, el autor colombiano señala una diferencia que podría pasar desapercibida, pero que denota el destino de ambas lenguas y por ende de ambas culturas. Bernhard pone en palabras de Goethe que ya no es la poesía lo que importa, sino la filosofía, y por ello la exaltación de Wittgenstein; Cervantes, al que la historia no reconoció como poeta, buscaría siempre la poesía, y haría del español un eterno lenguaje de versos cuya antorcha solo volvería a sostener otro novelista que tampoco nunca fue reconocido como poeta.

Si las obras han superado a los autores, si su grandeza ha causado mudez en cada lengua, es apenas comprensible que Juan de Mestanza y Eckermann se sientan agredidos, indignos, a pesar de sus talentos, de portar con el destino de todo un idioma.
Para Potdevin y Bernhard ambos genios duermen con las obras de sus ídolos bajo las almohadas. Goethe tiene al Tractatus, pues cree que el destino del alemán es ahora el filosófico-analítico después de la incomprensión beligerante nacida del idealismo. Miguel de Cervantes duerme con Cien años de soledad pues la lengua española solo se permitirá el idealismo del amor y lo demás será entonces poesía. Ambos duermen el sueño de la muerte y bajo sus almohadas descansa el futuro. En cuanto a la lengua española Cervantes se muere va más allá al explicar la completud de lo que buscó Cervantes y que solo podría encontrar en Gabo, la fusión de lo verdadero y lo maravilloso, la realidad y la ficción, el pasado y el futuro en un tiempo que solo puede ser presente, tal y como lo logra Potdevin en su obra, quien además rescata el tono literario de Cervantes para combinarlo con la ironía triste de García Márquez, para así darle paso a la unión de los territorios y de los tiempos.
Hemos dicho con anterioridad que el tiempo que se nombra termina por fundirse en líneas. Si el siglo XVII se funde con el XXI o el siglo XVIII con el XX es porque el idioma se ha levantado como una patria en común que no conoce de temporalidades, sino que las domina, y en este sentido Philip Potdevin termina por ser más ambicioso que Thomas Bernhard al convocar, desde la agonía de Cervantes, a todos los escritores de todos los tiempos en lengua española a hacer fila bajo la casa de Cervantes, ubicada entre las calles de Francos y del León en Madrid. Desde España, en un primer llamado del Manco de Lepanto llegan Unamuno, Alberti, Machado y Lorca entre muchos otros; después los del Nuevo Mundo atendiendo al llamado del indiano: Borges, Cortázar, Vargas Llosa, Gabriela Mistral y Carpentier entre muchos más. Toda la lengua castellana espera la venia de Cervantes y la llegada de Gabo.
¿Podría Gabo llegar a tiempo? Mientras han ido a llamarlo, otros, además de Mestanza, buscan la eternidad pronunciada por los labios de Miguel de Cervantes. No obstante, aunque la lengua alemana pueda haberse heredado en Thomas Mann o en Musil por sobre Wittgenstein, la historia ya nos ha dicho que la lengua española solo volvería a heredarse desde Cervantes a Gabo De esta forma, Gabriel García Márquez levanta el fuego del idioma. Esperemos entonces que llegue a tiempo.














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