La Universidad de Antioquia es el escudo heráldico de la familia trabajadora

El Alma Máter no es una masa abstracta ni el frío censo de una matrícula. Es la ética de la inteligencia en movimiento y la asamblea viva del conocimiento; un tejido de historias con nombre propio, una sociedad académica donde hierve el futuro. Desde hace más de dos siglos ayudó a construir el carácter de una región y a darle forma a una de las experiencias culturales más singulares del país. Y sigue haciéndolo.

Cuando Antioquia apenas despertaba a la modernidad, sus aulas albergaron a quienes fundaron industrias, organizaron la administración pública y participaron en la construcción material y moral del departamento. Aquellos hombres y mujeres no solo acumularon riqueza para la región; aprendieron allí una idea exigente de la ciudadanía, del servicio público y de la responsabilidad civil. Junto con la Escuela de Minas, en la otra orilla del río, la universidad protagonizó una de las alianzas fundacionales más fecundas de la inteligencia pública antioqueña. Humanismo y saber técnico y bien común avanzaron juntos. Sus egresados se cruzaban en las obras públicas, en los directorios empresariales, en los ministerios y en las calles de una Medellín que dejaba de ser una aldea entre montañas para convertirse en una capital industrial. Fue aquella inteligencia pública la que integró con puentes las regiones, abrió túneles en la montaña, proyectó carreteras, diseñó hidroeléctricas, construyó hospitales, planeó los servicios de bienestar para una ciudad en crecimiento, creó otras universidades y ayudó a transformar una provincia aislada en una sociedad moderna.

Pero la legitimidad del origen nunca bastó. Las instituciones verdaderamente vivas saben que la gloria heredada puede convertirse en una carga cuando deja de producir futuro. Una tradición no se conserva repitiéndola; se conserva renovándola. Y por eso cuando la sociedad se volvió más compleja, la Universidad de Antioquia tuvo la inteligencia de transformarse. Abrió sus puertas de par en par y comenzó una segunda epopeya. La investigación científica dejó de ser un privilegio reservado para unos pocos campos especializados y se convirtió en una misión institucional. La docencia dejó de ser repetición para convertirse en creación y búsqueda. La extensión universitaria salió al encuentro de municipios y comunidades. La universidad se expandió por toda la geografía del departamento sin abandonar jamás su vocación universal.

Hoy enfrenta un tercer acto de su historia. La inteligencia artificial, la revolución digital, las nuevas formas de producción del conocimiento y las exigencias de un mundo cada vez más interconectado le plantean desafíos inéditos. Debe responder a estándares universales sin perder el arraigo del lugar desde donde habla. Debe formar profesionales competentes y ciudadanos capaces de comprender la complejidad de su tiempo. Debe enseñar a pensar en una época que parece recompensar la reacción instantánea y castigar la reflexión paciente. De esa tarea depende, en buena medida, la calidad intelectual y moral de la vida pública futura.

Con toda esa historia construida y por construir, la verdadera grandeza de la Universidad de Antioquia no se encuentra, sin embargo, en los rankings, ni en los indicadores, ni siquiera en los reconocimientos que exhibe con justicia. Todo eso importa, pero no explica el fenómeno. Su grandeza consiste en haber conseguido algo mucho más difícil: formar élites intelectuales sin convertirse en una institución de élites.

Quienes atraviesan sus aulas constituyen una élite, pero de una naturaleza distinta a las élites tradicionales. No nace de la sangre, de la herencia ni del privilegio. Surge del estudio, de la disciplina intelectual y del esfuerzo sostenido. Es una élite ética y epistemológica: la aristocracia del saber. El conocimiento no reconoce apellidos ni militancias. No pregunta por el origen social de quien lo busca. Por sus salones han pasado hijos de campesinos y de industriales, de comerciantes y de hacendados, de obreros y de profesionales, de familias humildes y de familias acomodadas. Siguen pasando miles de muchachos y muchachas, bellos, bellas, que salen diario de sus casas, apenas sí con la bendición, a afanar sus sueños.

Y precisamente allí reside una de sus mayores virtudes democráticas. Durante unas horas cada día ocurre una pequeña suspensión de las jerarquías ordinarias. El hijo del campesino y la hija del industrial, el muchacho del barrio popular y la joven criada entre privilegios comparecen ante un juez que ignora genealogías. Ese juez se llama conocimiento. No pregunta por patrimonios ni por apellidos; ni por sexo ni por género. Pregunta por argumentos, por disciplina, por inteligencia y por trabajo.

La Universidad de Antioquia tiene valor precisamente porque suspende, al menos durante unas horas cada día, muchas de las diferencias de origen que organizan el resto de la sociedad y somete a todos a una misma exigencia: el conocimiento.

Más de ciento cincuenta mil egresados constituyen hoy la huella visible de esa transformación. Sus diplomas cuelgan en consultorios, oficinas, laboratorios, escuelas y empresas como discretos retratos de vidas modificadas por el estudio. Detrás de cada uno hay una historia familiar, un esfuerzo acumulado, muchas veces una primera ruptura con un destino incierto que parecía escrito de antemano. Pero lo más vivo de los diplomas no es el papel que certifica un logro pasado, sino el futuro que anuncian. Cada uno contiene la memoria de un esfuerzo y la promesa de nuevas posibilidades.

En sus salones y pasillos y parques se vive con la mirada puesta en el porvenir. Allí la estrechez económica no desaparece, pero deja de ocupar todo el horizonte. El cansancio de estudiar y trabajar, las preocupaciones familiares y las limitaciones del origen encuentran un contrapeso en la posibilidad de imaginar una vida diferente. Cada generación llega con sus dificultades y sus sueños, y cada generación vuelve a descubrir que el estudio puede abrir puertas que parecían cerradas para siempre.

Para miles de hogares la universidad representa mucho más que una oportunidad educativa. Representa una promesa. Es la posibilidad de que el esfuerzo encuentre un camino distinto al de la resignación.

Cuando hablamos de la familia trabajadora no nos referimos a una clase social determinada ni a una condición económica específica. La palabra trabajador tiene aquí un sentido más profundo: expresa una actitud frente a la vida. Incluye a quien trabaja con sus manos y a quien trabaja con sus ideas, a quien construye una empresa y a quien consagra años al estudio, a quien aprende un oficio y a quien investiga en un laboratorio. Es la unión entre esfuerzo, disciplina, conocimiento y voluntad de superación.

Esa antigua idea antioqueña del trabajo nunca significó solamente fuerza física o acumulación material. También significó dedicación, responsabilidad y la convicción de que el talento debe cultivarse mediante el esfuerzo. Por eso el verdadero escudo heráldico de la familia trabajadora no está hecho de apellidos ilustres ni de títulos heredados. Está hecho de perseverancia, de aprendizaje y de la esperanza de quienes descubren que el conocimiento puede ampliar el horizonte de una vida. Por eso cada generación reta a la universidad a que los forme, pero también a la sociedad a que los acoja laboralmente. Reta a sus gobernantes.

Nada de lo dicho aquí pretende idealizar la universidad ni justificar a quienes la degradan. Reconocer una obra en su conjunto no obliga a absolver cada una de sus faltas; del mismo modo que señalar sus faltas no autoriza a desconocer la magnitud de la obra.

Negar los problemas de la universidad sería una forma de desamor. El verdadero afecto no convierte aquello que ama en una imagen perfecta. Las instituciones humanas, precisamente porque están hechas por personas, contienen grandeza y contradicción, generosidad y egoísmo, inteligencia y mezquindad.

Por sus pasillos transitan todos los géneros morales de la comedia y de la tragedia humanas. Allí conviven la excelencia académica y el sacrificio silencioso de miles de empleados, estudiantes y profesores con las debilidades que acompañan toda obra colectiva de gran escala. La Universidad de Antioquia no ha estado exenta de ellas. Ha conocido épocas de lucidez y épocas de extravío; administraciones memorables y administraciones olvidables; momentos en que prevaleció la inteligencia pública y momentos en que intereses más estrechos intentaron ocupar su lugar. También ha padecido violencias políticas irresponsables, instrumentalizaciones ideológicas, rezagos pedagógicos y el uso indebido de espacios concebidos para una misión distinta.

Existen intereses particulares, economías ilegales, vicios oprobiosos y prácticas oportunistas que deben ser enfrentadas con decisión.

Nada de ello puede negarse. Pero tampoco puede confundirse una herida con el cuerpo entero.

 

 

La responsabilidad de criticar no viene solo de afuera. Una institución que forma ciudadanos debe tener la capacidad de examinarse a sí misma con la misma severidad con la que observa la sociedad que la rodea. La rutina puede instalarse donde antes existía vocación; la burocracia puede desplazar el propósito; la libertad puede confundirse con la irresponsabilidad y el espíritu crítico con la simple indisciplina. Como toda institución duradera, la universidad genera también sus propias formas de desgaste. Reconocerlo no la debilita. Es una de las condiciones de su permanencia.

Precisamente porque merece ser defendida, sus problemas internos no pueden convertirse en coartada para quienes la dañan desde dentro. La autonomía universitaria no es una licencia para el abuso; la libertad académica no es una autorización para la irresponsabilidad; el pensamiento crítico no puede transformarse en excusa para afectar la convivencia, la seguridad o la misión esencial de la institución.

Quienes convierten los espacios universitarios en territorios privados, quienes aprovechan la complejidad institucional para imponer intereses particulares o quienes sustituyen la protesta legítima por la intimidación no representan el espíritu universitario: lo contradicen.

Una universidad pública pertenece a todos y por eso exige una responsabilidad mayor. Defenderla implica también exigir respeto por las reglas de convivencia que hacen posible la libertad que protege. La crítica severa a esas conductas no debilita la institución; la fortalece.

Pero tampoco puede permitirse que esas heridas sean utilizadas para mutilar su historia. Reducir la Universidad de Antioquia a sus problemas sería tan absurdo como juzgar una ciudad únicamente por sus delincuentes o una familia exclusivamente por sus fracasos. La inmensa mayoría de quienes la habitan estudian, investigan, enseñan, trabajan y construyen. Quienes dañan el espacio universitario constituyen una minoría que debe ser enfrentada sin vacilaciones, pero no pueden convertirse en la definición de una institución cuya historia es infinitamente más amplia que sus sombras.

La universidad no habita una república de ángeles. Respira el mismo aire de la ciudad y por eso hereda sus virtudes y también sus miserias. Pretender que una comunidad humana de esta magnitud permanezca inmune a todas las patologías colectivas sería tan ingenuo como exigirle a un espejo que reflejara únicamente aquello que deseamos contemplar.

Existe además un riesgo particularmente grave en los tiempos que corren: convertir la universidad en botín de la polarización política defenestrando su historia para que una de las facciones parezca salvadora.

Ninguna institución que aspire a servir a la sociedad entera puede quedar reducida a la condición de bandera de una facción.

La Universidad de Antioquia pertenece al debate público, pero no a los partidos; pertenece a la sociedad, pero no a los sectarismos. Necesita crítica cuando se equivoca, vigilancia cuando se desvía y reformas cuando las requiere. Lo que no necesita es convertirse en trofeo ideológico de los vencedores ocasionales ni en campo de batalla de ambiciones electorales.

El peligro es más profundo de lo que parece. Cuando la polarización invade la vida académica, la ciencia corre el riesgo de convertirse en ideología y el conocimiento en instrumento de facción. Entonces las teorías empiezan a juzgarse por su utilidad política, antes que por su capacidad explicativa, y el debate intelectual termina subordinado a lealtades que nada tienen que ver con la búsqueda de la verdad. Terminaríamos seleccionando estudiantes y profesores por su ideología. Una universidad puede sobrevivir a muchas dificultades; difícilmente sobrevive a la renuncia de su independencia intelectual.

En fin, la Universidad de Antioquia no es admirable porque sea perfecta. Ninguna institución que haya vivido más de dos siglos entre los conflictos, las esperanzas y las contradicciones de una sociedad real podría aspirar a semejante condición. Es admirable porque ha perdurado.

Ha atravesado guerras civiles, violencias partidistas, crisis fiscales, intolerancias ideológicas, transformaciones tecnológicas y mutaciones profundas de la vida social. Ha conocido épocas de esplendor y temporadas de incertidumbre. Ha cargado con errores propios y con heridas que llegaron desde afuera. Ha sobrevivido a administraciones mejores y peores, a entusiasmos pasajeros y a decepciones colectivas. Y, sin embargo, permanece.

Las instituciones comunes pueden funcionar. Las instituciones civilizatorias perduran. Y perduran porque descansan sobre una convicción extraordinaria: que el conocimiento importa.

La Universidad de Antioquia ha desempeñado un papel singular en esa tarea. Durante generaciones ha sido el instrumento mediante el cual la familia trabajadora ha podido acceder a una tradición intelectual que pertenece a toda la sociedad. Gracias a ella, bienes que durante siglos estuvieron reservados para minorías —la ciencia, la reflexión crítica, la cultura, el debate ilustrado y la creación intelectual— dejaron de ser patrimonio exclusivo de unos pocos para convertirse en una posibilidad abierta para miles de ciudadanos.

Esa es una de las tareas más nobles de una universidad pública en una sociedad democrática. No consiste únicamente en otorgar títulos profesionales ni en preparar trabajadores competentes, sino también en ampliar el acceso a los bienes de la inteligencia y hacer posible que personas de orígenes distintos participen de una conversación que comenzó mucho antes de ellas y continuará después de su paso por el mundo.

Por eso la universidad no enseña la verdad como quien entrega una propiedad definitiva. Enseña la disciplina paciente para buscarla. La verdad no se posee; se persigue mediante el estudio, la discusión, la crítica y la disposición permanente a corregir aquello que parecía seguro. La verdad es un método y es el método el que se enseña y se prende en la universidad.

Quien cree haber llegado definitivamente a ella suele dejar de pensar. Y no pocas veces termina confundiendo la certeza con el poder.

La universidad enseña una de las tareas más difíciles de la inteligencia: aprender a distinguir. A diferenciar las opiniones de los argumentos, las convicciones de las evidencias y las identidades de las heridas. Esa capacidad constituye una de sus mayores contribuciones a la vida pública, porque una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de comprender que no todo desacuerdo es una enemistad ni toda afirmación merece el mismo peso.

Allí siguen presentes las preguntas que acompañan a la humanidad desde sus orígenes: la justicia, la verdad, la belleza y la bondad. No son preguntas reservadas a filósofos o académicos. Son preguntas humanas.

La familia trabajadora quizá no las formula con el vocabulario de la filosofía, pero las vive.

Una madre que espera que su hijo llegue más lejos que ella quizá nunca pronuncie la expresión justicia distributiva, pero conoce perfectamente su significado. Está preguntando si una vida debe quedar determinada por el lugar donde comienza.

Un padre que trabaja durante años para que sus hijos tengan oportunidades que él no tuvo está construyendo una forma silenciosa de trascendencia. Un joven que llega desde una vereda y descubre otros mundos está ampliando la frontera de aquello que imaginaba posible. Una persona que se conmueve ante una canción, una pintura o un poema participa de la experiencia de la belleza. Y quien enseña, cuida o ayuda a otro está practicando la bondad antes de convertirla en un concepto.

La universidad no inventa esas grandes aspiraciones humanas. Las encuentra ya presentes en la vida de las personas, les ofrece un lenguaje para comprenderlas y crea un espacio donde pueden transformarse en conocimiento compartido.

Quizá por eso los recuerdos más profundos de una universidad no aparecen en sus informes institucionales ni en sus estadísticas. Permanecen en el profesor que despertó una vocación, en el libro que llegó en el momento preciso, en la conversación de un corredor que abrió una pregunta nueva, en la amistad nacida entre personas que venían de mundos distintos y descubrieron que podían aprender juntas.

Por eso quienes aman la Universidad de Antioquia la defienden no por lo que tiene de cemento, de edificios o de ceremonias, sino por lo que tiene de espíritu. La defienden porque saben que una institución puede contener errores y, aun así, representar una de las mejores posibilidades de una sociedad.

La gratitud hacia la Universidad de Antioquia resuena mucho más allá de sus aulas. Resuena en los salones de belleza de los barrios y de los pueblos, en la tienda de abarrotes, en la cafetería de la esquina, en las manos del carpintero y del panadero, en el corazón de una madre soltera, en el conductor que trabaja jornadas interminables para sostener a sus hijos, en el comerciante, en el campesino de la vereda profunda y aun en quienes nunca tuvieron la oportunidad de estudiar, pero siguen viendo en ella una promesa para los suyos.

Es el orgullo de los abuelos que vieron graduarse al primer profesional de la familia. Es la emoción de quienes descubrieron que sus hijos podían llegar más lejos de lo que ellos mismos llegaron. Es la certeza de los trabajadores que reconocen en la universidad uno de los pilares invisibles que sostienen la esperanza colectiva.

Porque la Universidad de Antioquia vive mucho más allá de sus edificios. Vive en los hospitales y en las escuelas, en los juzgados y en los laboratorios, en las empresas y en las bibliotecas, en las ciudades y en las veredas. Vive allí donde un hombre o una mujer descubren que el conocimiento puede ampliar el horizonte de una vida.

Esa es la herencia que la Universidad de Antioquia ha recibido y renovado durante generaciones: la convicción de que el talento, cuando encuentra disciplina y oportunidad, puede transformar un destino individual y enriquecer una sociedad entera.

Con sus heridas expuestas y su gloria intacta, la Universidad de Antioquia sigue siendo el lugar donde la inteligencia se reúne para iluminar los caminos de la patria. De esa patria que pertenece a todos y a nadie en particular.

Madre y padre de innumerables destinos. Invicta en su fecundidad.

El verdadero escudo heráldico de la familia trabajadora.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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