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Cuando Julio César regresó a Roma después de una de sus campañas victoriosas, la ciudad dejó de parecerse a una ciudad y comenzó a parecerse a una feria. Sonaban trompetas, tambores y flautas. Un mezcla del incienso de los sacerdotes en mezcla con perfumes, vino derramado, sudor, estiércol, especias y comida callejera hería el aire. Los vendedores ofrecían amuletos, artesanías, bebidas, bisutería, reliquias, telas traídas de quién sabe dónde, ropa usada y algunas prendas cuya procedencia resultaba prudentemente imprecisa. Los tahúres prometían fortuna. Los adivinos prometían futuro. Los sacerdotes prometían la protección de los dioses. Las prostitutas prometían lo único que nunca ha necesitado publicidad. Los poetas prometían inmortalidad. Los políticos prometían gloria. Y los militares lo de siempre: «lo que diga el jefe».
Desfilaban leopardos, panteras, monos, camellos, elefantes, leones y tigres llegados de tierras tan lejanas que la mayoría de los romanos jamás habría podido encontrarlas en un mapa. Los leones añadían majestad al espectáculo. Los elefantes potencia. Los tigres algo menos tranquilizador.
Avanzaban soldados cargados de botín. Avanzaban esclavos cargados de tesoros. Avanzaban músicos, comerciantes, buscavidas, fabricantes de milagros y profesionales de la adulación. Roma entera parecía haberse convertido en un inmenso bazar humano donde se compraban objetos, se vendían ilusiones y se alquilaban emociones. También perfumes, fritanga, bisutería, telas, reliquias, bebidas, promesas, salvaciones, milagros de ocasión y algunas mentiras al por mayor. Todo bazar digno de tal nombre termina comerciando con la esperanza.
Entonces aparecía César. Pero César no era solamente un hombre. Era el centro de gravedad de aquella multitud. El punto hacia donde convergían las miradas. Durante unos instantes parecía que toda Roma estuviera mirando hacia el mismo lugar.
A veces imaginamos que el espectáculo político nació con la televisión y alcanzó la mayoría de edad en las redes sociales. La escena romana, descrita por cronistas e historiadores de la antigüedad, sugiere otra cosa. Pero conviene distinguir dos asuntos que suelen confundirse.
Los griegos habían comprendido que la política necesitaba ser vista. La vida pública no podía ocurrir en la oscuridad. Necesitaba plazas, asambleas y ciudadanos reunidos para escuchar, deliberar y juzgar. En eso se parecía al teatro. Ambos pertenecían al mismo reino de las cosas visibles. La política comparecía ante los ciudadanos para ser observada, discutida y juzgada.
Los romanos añadieron algo más. Descubrieron que aquello que debía ser visto muy seriamente también podía convertirse en espectáculo.
Los griegos habían construido el ágora, un espacio para la palabra. Los romanos conservaron el foro apar discutir los asuntos públicos, pero poco a poco comenzaron a enamorarse de otra arquitectura: la del espectáculo. El escenario creció. Crecieron las tribunas. Crecieron los desfiles. Crecieron las ceremonias. Crecieron los animales exóticos, las fanfarrias y las entradas triunfales. Lo que al comienzo había sido un espacio para deliberar fue convirtiéndose también en un espacio para deslumbrar. Agregaron el circo.
La diferencia parece pequeña, pero contiene medio mundo. Una cosa es acudir a la plaza para discutir los asuntos de la ciudad. Otra muy distinta acudir para contemplar el desfile. En algún punto de ese recorrido el ciudadano comenzó a transformarse en espectador.
Y entre una cosa y otra caben César, los elefantes, los tigres, las fanfarrias, los vendedores de fritanga, los fabricantes de gloria y buena parte de la historia política de Occidente.
Basta observar durante unos minutos cualquier campaña electoral contemporánea para descubrir que el viejo desfile romano sigue avanzando. Los sacerdotes siguen cumpliendo el mismo papel de alcahuetas. Pero los filósofos se llaman expertos. Los heraldos se llaman comentaristas. Los pregoneros se llaman influenciadores. Los fabricantes de augurios se llaman encuestadores. Los poetas cortesanos se llaman estrategas de comunicación. Las trompetas se llaman plataformas.
Y el gran amplificador de nuestra época ya no es el foro romano. Es el algoritmo. El algoritmo decide qué debe verse. Qué debe ocultarse. Qué merece aplausos. Qué merece indignación. Qué debe repetirse hasta adquirir apariencia de verdad.
Durante siglos el poder necesitó escenarios. Hoy dispone de máquinas capaces de construir escenarios personalizados para millones de espectadores simultáneamente. Mañana dispondrá de herramientas todavía más sofisticadas. La tecnología cambia. La representación permanece.
Pero aquí conviene distinguir dos cosas. La teatralidad no es necesariamente un defecto.
Toda comunidad necesita símbolos, ceremonias y relatos. Liturgias y rituales. Ninguna sociedad puede organizarse únicamente mediante estadísticas. La política necesita cierta dosis de dramaturgia porque los seres humanos necesitamos historias para comprender lo que hacemos juntos.
El problema aparece cuando la representación sustituye aquello que debía representar. Cuando el decorado reemplaza al edificio. Cuando el vestuario reemplaza al personaje. Cuando el maquillaje reemplaza al rostro.
Y vivimos precisamente en una época extraordinariamente dotada para el maquillaje. La sociedad de consumo se ha convertido en el salón de belleza más grande que haya conocido la historia. Maquilla mercancías. Pero también maquilla empresas, celebridades, ideologías, biografías, identidades. Maquilla la realidad.
Es capaz de transformar en cuestión de segundos a un improvisado en estadista, a un necio en experto, a un fanático en pensador, a un aventurero en salvador nacional.
Puede incluso convertir un tigre de papel en un tigre auténtico. O al menos producir la ilusión suficiente para que millones crean estar viéndolo rugir.
Entonces la política comienza a parecerse cada vez más a la farsa. Aunque quizá la palabra farsa tampoco sea suficiente porque basta observar durante unos minutos cualquier campaña para descubrir una colección completa de géneros dramáticos: tragedia, comedia y tragicomedia.
La tragedia aparece cuando el candidato anuncia la inminente destrucción de la patria si triunfa su adversario. La comedia surge cuando el mismo candidato promete resolver en seis meses problemas que llevan medio siglo resistiendo gobiernos, ideologías y revoluciones. La tragicomedia llega después de las elecciones, cuando ambas cosas resultan exageradas.
Los personajes corren de un lado a otro. Gritan. Gesticulan. Se insultan. Prometen prodigios. Anuncian catástrofes. Descubren enemigos. Inventan traidores. Convocan salvaciones.
Todo parece urgente. Todo parece decisivo. Todo parece histórico. Caen centellas y retumban truenos en el escenario, se van las luces, se oyen gritos de espanto, risas nerviosas, llantos histéricos, carcajadas de ultratumba, música de apocalipsis, trompetas del fin del mundo.
Y sin embargo nada envejece tan rápido como una urgencia política.
Pero quizá la observación más incómoda sea otra. Tendemos a imaginar que el espectáculo es producido por quienes ocupan el escenario. No siempre es así. Las grandes funciones necesitan público.
La guillotina durante la Revolución Francesa convocaba multitudes. Acudían curiosos, familias enteras, vendedores ambulantes, fritanga y venta de ropa usada por el sentenciado, su gorro de dormir, algún libro suyo, alguna hebilla de correa, su bacinilla, una cuchara, una sortija. Corrían comentarios. Circulaban bromas. Estallaban risas. La tragedia también podía consumirse como entretenimiento. Como ventorrillo. La multitud no asistía únicamente para condenar. Asistía para mirar. Y acaso para disfrutar.
Tal vez por eso el problema de la política contemporánea no consista únicamente en que abundan los actores.
También abundan los espectadores. Los espectadores indignados. Los espectadores fanáticos. Los espectadores que exigen una nueva función cada mañana. Los espectadores que ya no soportan el silencio entre dos escándalos.
Y los venteros de ocasión. Emprendedores. Porque la política nunca fue solamente teatro. Fue también mercado. Fue feria. Fue carnaval. Fue religión. Fue circo. Fue bazar. Fue plaza de mercado.
Un inmenso bazar humano del poder donde se compran esperanzas, se venden temores, se intercambian prestigios y se fabrican apariencias.
¿Por qué una actividad nacida para representar a los ciudadanos termina tantas veces representándose a sí misma?
Quizá porque los escenarios poseen una fuerza de gravedad que rara vez aparece en los tratados de ciencia política. Uno sube a ellos para hablar de la ciudad y termina hablando de sí mismo. Va a representar intereses, necesidades, demandas colectivas, y poco a poco descubre otra cosa: el placer de ser mirado. Los antiguos conocían bien ese mecanismo. Lo conocían los actores y los tribunos, los sofistas y los sacerdotes, los generales victoriosos y los vendedores de elixires capaces de curar simultáneamente la calvicie, la impotencia, la tusa, la depresión, la fealdad y la pobreza. Todos habían aprendido que una multitud mirando en la misma dirección es una de las experiencias más embriagadoras que puede ofrecer la vida pública.
El problema comienza cuando la representación adquiere gustos propios. Cuando deja de conformarse con ser un puente y decide convertirse en destino. Entonces la ciudad empieza a retirarse discretamente de la escena. El decorado crece. Las luces se multiplican. Los vestuarios mejoran. Los músicos tocan más fuerte. Los pregoneros perfeccionan sus trucos. Los fabricantes de prestigio trabajan horas extras. Y mientras tanto aquello que debía ser representado —el país, la ciudad, los ciudadanos, sus problemas, sus conflictos, sus esperanzas— va quedando oculto detrás de la tramoya como uno de esos obreros que levantan el escenario y después desaparecen para que otros reciban los aplausos.
La ciudad desaparece detrás del decorado, el gobierno detrás de la actuación y la verdad detrás de los aplausos.
Pero tampoco conviene exagerar la inocencia del público. Las grandes representaciones nunca han sido un negocio de una sola parte. El actor necesita espectadores tanto como los espectadores necesitan actores. El primero aporta el espectáculo. Los segundos aportan la fe. Y la fe, como saben los comerciantes de reliquias, los fabricantes de milagros y los estrategas de campaña, es una mercancía extraordinariamente valiosa. Coltán refinado.
Quizá por eso la historia política se parece tantas veces a un carnaval que ha olvidado su motivo. La música continúa sonando. Las luces permanecen encendidas. Los vendedores siguen ofreciendo amuletos, fritanga, perfumes, esperanzas y salvaciones de temporada. El público continúa llegando. Los actores continúan actuando. Y en algún momento, casi siempre imposible de precisar, todos terminan olvidando dónde estaba la ciudad y dónde comenzaba el espectáculo.
Es una confusión antigua. Tan antigua como Roma. Tan antigua como la plaza griega.
Tan antigua como el primer gobernante que descubrió que los aplausos podían resultar más agradables que la verdad.
Y quizá por eso la política conserva todavía algo del carnaval. No del carnaval alegre que celebra una efeméride, una cosecha o una victoria. Sino del carnaval que se prolonga demasiado. Del carnaval que ya olvidó su motivo. Del carnaval donde la música sigue sonando, las luces siguen encendidas, los vendedores continúan ofreciendo fritanga, perfumes, amuletos, bisutería, milagros y esperanzas, los jíbaros siguen expendiendo, los alambiques produciendo, los elefantes siguen marchando, los tigres siguen rugiendo, los pregoneros siguen gritando y el público continúa aplaudiendo, aunque hace mucho tiempo nadie recuerde exactamente qué era lo que se estaba celebrando.













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