La publicidad aspiracional no existe

Desde algunos círculos académicos y del entorno de las comunicaciones se ha repetido, casi como un dogma, que existe una categoría denominada “publicidad aspiracional”, aplicada en la mayoría de los casos a productos o servicios asociados al estatus y al prestigio.

​A pesar de la insistencia con la que se replica esta afirmación, el concepto es teóricamente erróneo. Lo aspiracional no constituye una clasificación propia de la publicidad, puesto que esta se categoriza de manera rigurosa a partir de tres criterios fundamentales: su qué (tipo), su para qué (finalidad) y su cómo (enfoque creativo).

​​Para entender la inconsistencia del término, basta con revisar la estructura taxonómica de la disciplina:

  • Según su tipo (el qué): Marca, producto, servicio, corporativa o social/de ideas.
  • ​Según su finalidad (el para qué): Informativa, persuasiva, recordatoria, de llamada a la acción (CTA) o comparativa.
  • ​Según su enfoque creativo (el cómo): Storytelling, emocional, humorística, docustyle, demostrativa, testimonial, argumentativa, clip musical o estética.

​Existen, por supuesto, otros ejes de análisis vinculados a los medios y canales de difusión (ATL, BTL, digital, TTL). Sin embargo, al rotular a una pauta como “aspiracional”, se suelen confundir los recursos creativos con la arquitectura del negocio.

​Utilizar códigos visuales de lujo, luces tenues o narrativas de éxito social en un anuncio constituye una elección de enfoque creativo (el cómo); pero pretender que eso crea una categoría autónoma es un despropósito. Del mismo modo que vestir a un actor con bata blanca en un comercial no convierte a la pieza en “publicidad médica”, usar estética sofisticada no la convierte en “publicidad aspiracional”.

​El verdadero origen de la aspiración

​Afirmar categóricamente que una publicidad es aspiracional nos desplaza de forma directa al posicionamiento mental que un producto o servicio ocupa en el consumidor. En ese ecosistema, la publicidad es solo un componente comunicativo; por sí sola, carece de la capacidad de generar aspiracionalidad.

​Pensemos, por ejemplo, en una marca tradicional como Rolex. Si redujéramos su precio a un nivel asequible para la mayoría de la población y multiplicáramos sus puntos de venta en cualquier cadena minorista, el producto perdería de inmediato su aura de exclusividad. Sería, sencillamente, un reloj más.

​Lo que convierte a un bien en un objeto de deseo o estatus no es el anuncio publicitario, sino la articulación estratégica de su marketing mix:

  • ​Canales de distribución altamente selectivos.
  • ​Precios fijados por encima de la media del mercado (precio de fricción).
  • ​Atributos diferenciadores e intangibles frente a la competencia.

​Incluso en los mercados contemporáneos e hiper, el hype inicial se desmorona rápidamente si el precio, la escasez controlada y la experiencia del producto no respaldan la promesa. Sin esta arquitectura de negocio, por más que una campaña intente revestirse de tonos pretenciosos, jamás logrará posicionar el producto como aspiracional.

​Decodificar no es categorizar

​Es innegable que un producto o servicio aspiracional, sin la comunicación publicitaria, difícilmente alcanzaría su propósito. Si bien la publicidad no crea la realidad del negocio, sí altera y moldea las percepciones, convirtiendo los atributos tangibles en símbolos de estatus en la mente del público.

​Sin embargo, que la publicidad sea el vehículo indispensable para visibilizar, traducir y proyectar ese deseo no es condición sine qua non para inventarle una categoría teórica que no le pertenece.

​La “aspiracionalidad” no es un tipo de pauta ni una técnica de redacción; es una consecuencia del branding y una decisión estratégica del marketing mix.

La publicidad simplemente hace su trabajo: traducir esa realidad estratégica en percepciones memorables.

César Augusto Betancourt Restrepo

Soy profesional en Comunicación y Relaciones Corporativas, Máster en Comunicación Política y Empresarial. Defensor del sentido común, activista político y ciclista amateur enamorado de Medellín.

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