La profecía de Heine

“Donde se queman libros, al final también se queman seres humanos”, escribió el poeta Heinrich Heine en el siglo XIX. Y no lo dijo como una metáfora exaltada, sino como quien intuye una costumbre oscura que atraviesa la historia.

Y la historia, cuando se la mira con cuidado, parece darle la razón.

Basta con asomarse a algunos episodios.

En la China antigua, entre el 213 y el 206 a. C., el emperador Qin Shi Huang ordenó la quema de textos históricos y filosóficos —muchos de ellos asociados a Confucio— y la ejecución de cientos de eruditos. No se trataba solo de imponer una doctrina, sino de borrar la posibilidad misma de pensar por fuera de ella.

Siglos después, en 1242, en París, por orden de Luis IX, miles de manuscritos del Talmud fueron cargados en carretas y reducidos a cenizas. No fue un gesto aislado, sino parte de una insistencia: debilitar una tradición desde su palabra escrita, como si al destruir el libro pudiera erosionarse la memoria que lo sostiene.

La escena se repitió en 1553, en Venecia y en otras ciudades italianas, cuando fueron incautadas y quemadas, en la bella Piazza San Marco, miles de copias del Talmud, y se prohibieron los libros hebreos. Cambian los siglos, cambian los actores, pero el gesto se repite: destruir el libro como quien intenta silenciar una voz.

Luego viene Alemania, en 1933. Ahí ya no hay disimulo. En Berlín, en la Plaza de la Ópera, estudiantes, profesores y autoridades, reunidos y aplaudiendo alrededor de montones de libros ardiendo, mientras denunciaban el “espíritu no alemán”. Pero no era solo papel lo que se quemaba: eran Freud, Marx, Zweig, Thomas Mann. Era, en el fondo, la posibilidad de pensar distinto.

Ahí la frase de Heine deja de ser metáfora y empieza a parecer diagnóstico.

Pero no hace falta irse tan lejos para que la quema de libros me haya chamuscado mis barbas.

Ocurrió que, durante un trasteo, uno más, de esos en los que la vida se mete en cajas de cartón, contraté a un transportista y, por pura confianza de barrio y algo de solidaridad, le pedí que se ayudara de dos muchachos de esos que pegan a la pared el pie encorvado, marihuaneros de oficio, mandaderos de ocasión, que cargaron muebles y apilaron cajas.

En una de esas cajas, que recuerdo a medio cerrar, iban mis libros. Muchos de epistemología y ciencias políticas —esos que uno conserva casi como herramientas—, y otros de literatura, que son otra cosa: compañía, memoria, refugio. También iba una Biblia. Algunas de esas obras estaban y están aún editadas en tomos  de estilo clásico y en esa clase de papel suave y fino que recuerda el “papel de arroz” y que, para un marihuanero, es puro “cuero cachesudo”.

Ya en la casa nueva, hice lo de siempre: antes de colocarlos ordenados en su sitial nuevo, acaricié los libros con curiosidad ilustrada y con la emoción avariciosa del acumulador; los abrí, los hojeé sin prisa, acaricié el papel con la yema de los dedos, leí al garete algún pedazo, me detuve en alguna frase, recordé episodios, reconocí subrayados viejos, busqué la ruta que anuncian los pliegues, limpié alguna cagarruta.

Fue ahí cuando algo no encajó. Porque, para el dueño, el pelín propio que otro no ve es su tesoro.

En las obras completas de Dovstoievsky a Crimen y castigo le faltaban hojas. Pensé que era un caso aislado, pero no. De  Así habló Zaratustra en uno de los tomos de la obra de Nietzche también habían arrancado páginas. Revisé otros libros, ya con  inquietud y zozobra.

Cuando le pregunté al del acarreo, dudó un momento antes de contarme. En uno de los viajes, dijo, encontró a los dos muchachos en el suelo, “enturrados”, alelados, absortos, abstrusos, casi metafísicos, y con los libros abiertos. Habían arrancado páginas para liar puchos. La literatura universal les sirvió de “cuero”. Se habían fumado a Dostoievski y a Zaratustra. Supongo que todavía están desvariando con ese cóctel cerebral, como algunos de nuestros bastos gobernantes que repelen los libros con agua bendita.

Tiempo después, seguro por azar, abrí la Biblia. Y ahí estaba la confirmación final: también faltaban hojas. Se habían fumado algunas epístolas y uno que otro salmo, sin que por fortuna para su supervivencia, se alcanzaran a inhalar el apocalipsis.

En este caso no hubo hogueras, no hubo consignas, no hubo multitudes. Pero, de algún modo, el gesto era inquietantemente parecido.

Y uno no puede evitar pensar —con una mezcla de ironía y desasosiego— que entre las grandes quemas de la historia y estas pequeñas destrucciones domésticas hay algo en común: una forma de relación con el libro que prescinde de lo que contiene (lo vuelve desechable), otra que prescinde del libro por lo que contiene (lo vuelve peligroso), y otra que prescinde de ambas cosas: lo desecha y lo teme.

Uno no tiene que irse a la antigüedad, ni a la Edad Media ni a la Alemania nazi para entenderlo. Tal vez por eso Heine no hablaba solo de su tiempo; ni lo hizo Bradbury en Fahrenheit 451.

No hace falta una plaza llena, ni un discurso, ni una ideología bien armada. A veces basta con dejar de ver el libro como algo que importa. Basta con que deje de significar algo.

Porque el problema no empieza cuando los libros arden. Empieza cuando ya da lo mismo que ardan.

Y cuando eso pasa… lo que viene después nunca es solo papel. Puede ser la voz… y el cuerpo que la emite… y el alma que la modula.

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.