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Uno puede medir la fortaleza real de los gobernantes por su propensión a perder los estribos o a desesperarse. El político que se siente seguro, protegido, no manifiesta públicamente amenaza ni enojo frente a los desafíos de la vida cotidiana. Si un gobernante deja de administrar sus emociones y estas lo desbordan, uno debe empezar a preocuparse.
Resulta muy desconcertante la obsesión de Donald Trump por pelearse con el primer Papa estadounidense. Uno supondría que, ante las críticas de la Santa Sede, la Casa Blanca tendría mejores recursos diplomáticos para responder, en lugar de rebajar al presidente norteamericano a un pleito de cantina con otro jefe de Estado. Se me dirá que es el sello inapelable del trumpismo; aun así, no es lo mismo entrar en disputa con un gobernante folclórico como lo es Gustavo Petro que con León XIV: líder de más de mil millones de católicos en el planeta.
Se multiplican los reportes en la prensa de que las organizaciones políticas de los católicos en Estados Unidos se muestran cada vez más molestas con su mandatario. Hablamos de grupos conservadores que apoyaron sus campañas presidenciales y que tienden a identificarse con la agenda trumpista.
¿Qué necesidad tiene, pues, de hostilizarlos? Parece más bien que ha perdido el control de sus impulsos y no advierte que ataca a quienes podrían suavizar su derrota en las elecciones intermedias de este año. Sería un cierre inesperado para su segunda presidencia: a merced de sus enemigos “wokes”, progres y el Partido Demócrata, y, sobre todo, abandonado por los mismos grupos conservadores que lo llevaron al poder.
Cabe insistir: el Papa es estadounidense y eso unifica las simpatías de los católicos norteamericanos a su favor. Trump, sin embargo, tiende a asumir que al medirse con el Pontífice trata con un argentino populista, como Francisco, mientras que en realidad tiene enfrente a un sofisticado intelectual y estratega eclesiástico estadounidense.
La batalla
Dice mucho de la política contemporánea que el interlocutor que preocupa al jefe de la Casa Blanca no sea un gobernador o legislador del Partido Demócrata, sino un heredero de San Pedro. Si algo reveló la elección de Hungría del pasado 12 de abril es que la batalla se está dando entre distintas modalidades de conservadurismo.
Finalmente, el motivo del choque entre estas dos personalidades fue Irán: una intervención militar similar a las que el mandatario estadounidense prometió que ya no habría. Eso quiere decir que los reclamos nacen del propio discurso trumpista. Se demanda consistencia con las promesas de campaña, no un cambio de ruta. De tal manera que lleva todas las de perder en este pleito, pero vivimos una época de vértigo y las cosas cambian de un día para otro, ya no se diga en semanas o meses.
Por ahora se percibe desesperación porque el operativo en Irán no fue tan simple como prometieron aliados y allegados de la Casa Blanca. Mal síntoma cuando un presidente no sabe leer su momento histórico y termina culpando a otros intérpretes.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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