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Sin enemigo no hay guerra. Sea real, ficticio o a medio hacer entre ambos, el enemigo no solo es conveniente: es indispensable. El núcleo de la guerra es el enemigo. Es el material fisionable —uranio-235 o plutonio-239— que, comprimido por el miedo y el odio hasta su punto crítico, desencadena una reacción imparable y libera una energía destructiva que todo lo arrasa. Pero, como en las bombas de fisión, hace falta un mecanismo de detonación: algo que comprima, que active, que vuelva inevitable lo que hasta entonces era latente.
A veces ese detonante es mínimo.
Un gesto mal interpretado, una descortesía, una grosería, un objeto que se pierde, una murmuración que alguien decide tomarse en serio, un artilugio bien urdido: todo eso ha servido como casus belli, motivo suficiente para empezar una guerra. Pero la causa no es el hecho aislado; es el hecho en contexto, los modos en que circula, cómo se cuenta, cómo se exagera, porque las guerras suelen nacer más del relato que de los hechos.
En la Italia medieval, en 1325, el robo de un balde para sacar agua del pozo —más por el insulto que por el botín— terminó detonando una guerra entre Bolonia y Módena, en un clima ya cargado por la disputa entre el Papa y el Emperador.
A mediados del siglo XIX, en las islas San Juan, un granjero estadounidense mató el cerdo de un colono británico que se comía las papas de su huerta. El episodio encendió una tensión latente entre Estados Unidos y Gran Bretaña y, por fortuna, aunque se movilizaron tropas, el único muerto fue el cerdo.
En 1810, en la Nueva Granada, la negativa a prestar un florero sirvió como chispa para una revuelta cuidadosamente provocada en medio de las resistencias contra el poder español sobre las colonias americanas. Hubo insultos, empujones y un objeto roto. Alcanzó para poner en marcha un proceso que desembocaría en la independencia.
A veces ni siquiera hace falta un objeto, sino una historia que se instala. En Colombia, durante los años en que se gestaban las guerrillas campesinas, se cuenta que todo pudo empezar por una gallina en Marquetalia. Tal vez no ocurrió así, o no exactamente. Pero la historia persiste. Y en esa persistencia dice algo: la violencia también se vuelve comprensible cuando se la narra desde lo cercano.
Otras veces, el detonante adopta forma de agravio. En 1838, un pastelero francés reclamó indemnización por fiados impagos y por daños sufridos en México. Su queja escaló hasta convertirse en excusa para una intervención militar: la llamada Guerra de los Pasteles.
Algo similar ocurrió con la llamada guerra de la oreja de Jenkins: un marino británico exhibió su oreja cercenada, enviada en salmuera como advertencia, y ese gesto sirvió para consolidar un enemigo ya bosquejado por las disputas sobre el control de los mares del Caribe.
El patrón se repite: no es el hecho, es cómo circula, cómo se narra, cómo se amplifica.
Pero no todo es ridículo en apariencia. A veces es algo tan básico como el pan. En la Francia previa a la Revolución, el problema no era simbólico: era hambre. El pan faltaba, se encarecía, y la bronca dejaba de ser individual para volverse colectiva. Después llegan las frases, como la que se le atribuye a María Antonieta —dicha o inventada—, que condensan todo en una línea perfecta: “Si no tienen pan, que coman pasteles”. Y ahí ya no hay vuelta atrás. Adelante estaba la guillotina.
Y cuando el relato prende, la verdad importa cada vez menos. Una explosión confusa se convierte en certeza. Un ataque dudoso, en justificación. Motivos reales inconfesables, como la codicia por las materias primas; agresiones inventadas; amenazas paranoicas; distracciones de la opinión pública, como en la guerra de las Malvinas; armas que no aparecen, como en la guerra de Irak: todo sirve para avanzar. Nadie se detiene a verificar demasiado cuando ya decidió hacerlo.
Después están los casos que rozan lo absurdo: guerras de 45 minutos, como la de Gran Bretaña contra el Sultanato de Zanzíbar en 1896; o guerras que se extienden por 335 años sin un solo disparo, como la de los Países Bajos y un pequeño territorio británico, como si se hubieran olvidado de cerrarlas. Escenas surrealistas: soldados persiguiendo aves que no entienden nada de estrategias ni banderas, solo correr. Como ocurrió cuando, en 1932, el gobierno australiano envió soldados con ametralladoras para controlar una plaga de emús que afectaba cultivos.
Decir que son “guerras tontas” simplifica demasiado. Para quienes estuvieron ahí no tenía nada de tonto. Lo incómodo es otra cosa: darse cuenta de lo fácil que es empezar.
No hace falta una gran razón. A veces alcanza con un chisme, un cachivache, un cubo, un cerdo, un pedazo de pan… o una gallina. O, incluso, con una historia mal contada.
Lo demás ya estaba listo.













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