
¡Colombia se terminó de enloquecer! Nos hemos acostumbrado a la mentira. Nos hemos convencido de que para combatir la propaganda y las formas antidemocráticas basta con hacer uso de estas para ser igual de exitosos. Nos hemos degradado hasta el punto de que parece casi obligatorio congraciarse con las masas y decirles exactamente lo que quieren oír para alcanzar efectividad política.
NOTA: Esta es la tercera y última entrega de la serie. Puedes leer la primera y la segunda AQUÍ y AQUÍ, respectivamente.
Capítulo III: populismo antiizquierda — ¡me declaro apátrida!
Esa hiperdemocracia de la que alguna vez habló José Ortega y Gasset nos está conduciendo hacia un abismo: uno hondo y muy oscuro, donde habitan las imposturas más despreciables y los fanatismos más delirantes. Un lugar en el que cada vez abundan más los espíritus vesánicos, radicalizados por la emoción, el resentimiento y la propaganda.
Valdría la pena reflexionar sobre de dónde proviene esta locura y por qué el ejercicio político pasó a convertirse en un juego hiperdemocrático, donde lo importante parece ser convalidar a las masas o al “hombre-masa”, según lo denominaba Ortega y Gasset. También habría que preguntarse por qué muchos autoproclamados liberales hoy incitan la expresión “batalla cultural”, que no es más que la excusa para permitirse copiar las formas autoritarias y vergonzosas de aquello que ellos mismos llaman “izquierda”.
No hay que olvidar el origen socialista de ese concepto. Antonio Gramsci, comunista italiano que padeció la represión fascista, consideraba que las ideas debían permear la sociedad mediante la cooptación de las instituciones culturales y sociales. El problema es que los socialistas rara vez pensaron en propalar ideas en el sentido genuino del debate racional, sino en imponerlas con el uso inescrupuloso de la propaganda política. Y, por supuesto, es mucho más sencillo movilizar emociones con propaganda que persuadir a través de argumentos. La propaganda es, de hecho, una característica intrínseca de toda vocación política tiránica, pues solo gracias a ella ideas totalitarias pueden ser inoculadas socialmente.
La tal “batalla cultural” define además un enemigo claro: “la izquierda”, entendida como un bloque homogéneo frente al cual se opone “la derecha”. El problema es que en toda “batalla” suelen establecerse exclusivamente dos bandos, y en ese juego los matices ideológicos desaparecen.
Contra la “izquierda” puede combatir desde el liberal institucionalista más celoso —Milton Friedman, por ejemplo— hasta el falangista más radical. Seguramente el primero, por su naturaleza antiarbitraria, recurrirá al debate y a la disuasión pacífica para promover sus ideas; mientras el segundo, debido al carácter iliberal del nacionalismo extremo, hará uso de las mismas tácticas propagandísticas y emocionales que en su momento defendió Gramsci.
La “batalla cultural” ha eliminado entonces los matices ideológicos y ha erigido en objetivo único ese engranaje sinuoso al que llaman “izquierda”. El absurdo resulta todavía más evidente cuando pensamos que, para el falangista, incluso un liberal institucionalista puede ser tildado de “izquierda”. Para un nacionalista católico, un liberal no pasa de ser simplemente otro agente de las presuntas conspiraciones globalistas.
Colombia ha vivido en carne propia las consecuencias de este discurso ideológico, que en la práctica política se traduce en la reproducción de formas autoritarias, en el desprecio por las instituciones democráticas y en la entronización emocional de las mayorías frente al relegamiento de las minorías especializadas descritas de nuevo por Ortega y Gasset.
Por eso, al amparo de la “batalla cultural”, hoy se habla del “fervor popular”, de la destrucción moral del adversario, del odio por la libertad de prensa o, peor aún, de reducirla a un instrumento propagandístico. A ello se suma la glorificación de aquello que Antonio Escohotado denominó la cuartelización de la sociedad: llevarse la mano a la frente y gritar “patria” a modo de mecanismo de uniformidad política. Todas esas son formas profundamente autoritarias. Y mientras más autoritarias sean las formas, más autoritario será también el fondo.
Después de escribir estas tres columnas, he decidido apartarme de este juego pendenciero y decir “¡No más!”. No podemos vivir del engaño ni de la impostura. Si en segunda vuelta los candidatos terminan siendo fieles representantes de las formas autoritarias que he señalado y de pulsiones dictatoriales, esa no será mi batalla, porque ya la habremos perdido: la libertad habrá sido derrotada.
Y bajo esa premisa debo señalar algo más: no ha existido en la historia de la humanidad una elección política que se pierda por un voto aislado. La derrota electoral es siempre la sucesión de múltiples eventos que ameritan una enorme complejidad. Por ello, culpar moralmente al ciudadano que se abstiene es tan arbitrario como las formas que hemos venido denunciando acá.
No ha existido en la historia de la humanidad elección alguna que se pierda por la objeción moral de un votante desatendido. Aunque sí puede perderse por la apatía y la repugnancia que genera un candidato.
Quizá ese sea precisamente el síntoma más elocuente de nuestra degradación política: haber reemplazado la persuasión por el fanatismo, el debate por la propaganda y la convivencia nacional por la adoración emocional de figuras políticas convertidas en símbolos absolutos.
La palabra patria ha sido víctima de un atropello espiritual y semántico digno de un régimen bananero. Hoy se pretende circunscribirla a la voluntad de un hombre en particular: “la patria soy yo”, y todo aquello que quede fuera de esa figura deja entonces de representar la patria. Pero no. Para un individuo libre, la patria no es un pedazo de tierra, ni unas fronteras, ni siquiera un idioma: la verdadera patria es la consciencia.
Y si no es así, ¡me declaro apátrida!
Apartarse de esta locura puede constituir, de hecho, un imperativo moral para un individuo libre: un acto de rebeldía frente a un país que solo parece ofrecer la opción entre la desidia y la vergüenza. Y haberlo denunciado me libra de toda culpa. Mi libertad no reside en las posibilidades de una nación, sino en la tranquilidad de la consciencia.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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