Honores para un gran luchador por la libertad: Plinio Apuleyo Mendoza

«Si no eres un idealista cuando eres joven, no tienes corazón. Si no eres un realista cuando eres viejo, no tienes cabeza».

John Adams, 2.º presidente de los EE. UU.

Esta frase retrata a la perfección la trayectoria de una de las plumas más agudas que tuvo la Colombia del siglo XX. El propio Gabriel García Márquez, refiriéndose a su entrañable compadre y amigo, llegó a decir de él que era «un narrador de raza al que el periodismo le robó el tiempo».

La vida de Plinio Apuleyo Mendoza fue vertiginosa y atravesada de principio a fin por la pasión política. Su padre, Plinio Mendoza Neira —un destacado líder liberal—, era el amigo más cercano de Jorge Eliécer Gaitán. La tarde del 9 de abril de 1948 caminaban juntos al salir de la oficina cuando sonaron los disparos. Por escasos centímetros, Mendoza Neira no cayó al lado del caudillo. Desde aquel «Bogotazo», la familia Mendoza llevó consigo el luto de un país que no pudo ser.

Como muchos jóvenes de su época, el inquieto Plinio Apuleyo sucumbió al encanto de las ideas de moda. Durante años fue un socialista ferviente y convencido, compartiendo el universo ideológico de la deslumbrante élite intelectual de izquierda latinoamericana del momento: figuras de la talla de Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa fueron parte de ese Boom.

Buscando vivir de cerca la utopía de las «democracias populares socialistas», en el verano de 1957 se embarcó junto a Gabriel García Márquez en una aventura que les mostraría la realidad de vivir dentro de los regímenes comunistas: recorrieron los países detrás de la Cortina de Hierro a bordo de un desvencijado Renault 4CV de segunda mano. Al chocar de frente con la cruda realidad del régimen de Nikita Jruschov y los escándalos debidos a los abusos durante el régimen de Iosif Stalin, el camino de los dos amigos comenzó a bifurcarse. García Márquez prefirió cerrar los ojos; Plinio Apuleyo comenzó a dudar.

Los años sesenta fueron convulsos. Su militancia en la izquierda lo llevó a apoyar causas revolucionarias y a entablar puentes con la insurgencia naciente. Sin embargo, como bien solía ocurrir y sigue ocurriendo, el destino de los intelectuales no estaba en las trincheras del monte, sino en las máquinas de escribir. Así llegó a La Habana para trabajar en la agencia Prensa Latina, compartiendo redacción con Gabo y con el argentino Rodolfo Walsh.

Pero la ilusión no duraría para siempre. Tras más de una década de atestiguar la burocratización, el espionaje interno y el ahogo a la disidencia, el quiebre definitivo llegó en 1971 con el célebre «Caso Padilla».

Heberto Padilla, un reconocido poeta cubano, fue encarcelado por el régimen de Fidel Castro bajo el cargo de «actividades contrarrevolucionarias» a raíz de sus críticas literarias. Tras semanas de interrogatorios y prisión, Padilla reapareció forzado a realizar una humillante autocrítica pública. El hecho indignó a la intelectualidad mundial. Mario Vargas Llosa y Plinio Apuleyo redactaron y promovieron una carta de protesta abierta, respaldada por mentes como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Cortázar y Fuentes. La respuesta de Castro fue fulminante: los tildó de «agentes del imperialismo» y les prohibió pisar la isla para siempre.

En ese momento decisivo, Gabriel García Márquez —quien compartía redacción con Plinio en la revista Libre en París— optó por no firmar y mantenerse leal a Fidel. Aquella decisión fracturó de manera irreversible la legendaria amistad entre ambos.

A partir de entonces, el desencanto con el comunismo unió aún más a Vargas Llosa y a Plinio Apuleyo. Juntos emprendieron un largo viaje de evolución ideológica que los llevó de la socialdemocracia en los ochenta a un liberalismo defensor del libre mercado en los noventa. Fue justamente en esa etapa de evolución final cuando Plinio, al lado de Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa (hijo de Mario Vargas Llosa), publicaron una obra de culto: Manual del perfecto idiota latinoamericano, -prólogo de Mario Vargas Llosa-, un dardo certero e irónico contra los dogmas de la izquierda continental. 

Perlas imperdibles del Manual del perfecto idiota latinoamericano

Sobre el victimismo ideológico:

  • «El idiota latinoamericano no es un tonto de nacimiento, sino de convicción. Es alguien que ha decidido sustituir el pensamiento crítico por un dogma confortador».
  • «Nuestra tragedia no es haber tenido dictadores, sino haber creado una cultura política que los justifica, los aplaude y los echa de menos cuando no están».
  • «Para el idiota, la culpa de nuestros males nunca es nuestra; siempre está afuera: en Washington, en el FMI o en el pasado colonial».

Sobre el populismo y el atraso:

  • «Latinoamérica prefiere ser pobre con la conciencia tranquila que próspera con la duda ideológica».
  • «El verdadero drama de América Latina es que el estatismo nos quebró, pero la gente sigue buscando la solución en las mismas manos del Estado que la arruinó».

Sobre la miopía de los intelectuales:

  • «La izquierda latinoamericana ha demostrado una capacidad asombrosa para equivocarse en todo, conservando siempre la superioridad moral».
  • «El idiota no busca la verdad; busca tener la razón para no admitir el fracaso de sus utopías».

Sobre la visión del mundo:

  • «Considere que Estados Unidos tiene la culpa de todo, desde la inflación hasta el clima de su país».
  • «El idiota está convencido de que la riqueza es una suma fija: si unos tienen más, es porque a otros se la han quitado».

 

Si no lo han leído, dense el gusto de recorrer esas páginas lúcidas y mordaces de esta obra maestra.

Paz en la tumba de Plinio Apuleyo Mendoza, un hombre que tuvo el valor de dudar y la lucidez de pensar por cuenta propia.

Carlos Echavarría

Ingeniero Civil con especialización en Gestión para el Desarrollo empresarial. Análisis político desde otros puntos de vista que te invitará a pensar diferente.

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